En el espejo de Washington

Tucídides en Pekín: advertencia, no destino

Xi intenta convertir el concepto de Tucídides en un aviso para evitar el choque, no en una profecía que obligue a pelear.

En Pekín, Xi Jinping no citó a Tucídides como ornamento cultural. Lo usó como señal estratégica. La llamada “trampa de Tucídides” parte de una idea simple: cuando una potencia emergente crece tan rápido que amenaza con desplazar a la potencia dominante, el miedo del que manda —más que la ambición del que sube— puede empujar a ambos hacia la guerra.

En la historia clásica, el ascenso de Atenas encendió el temor de Esparta; ese temor fue combustible. Xi toma esa lección y la reencuadra: no es una ley inevitable, es una advertencia para no caer en esa trampa.

Todo tratado serio de estrategia insiste en que la ventaja decisiva no es el poderío militar, sino la capacidad de alinear el rumbo interno y ejecutar con consistencia, frente a un competidor dividido, reactivo y sin brújula.

En el encuentro en Pekín vimos un fuerte contraste entre el atribulado y errático Trump y el sereno y hermético XI. Hay datos duros detrás de esa confianza. China es el caso más impresionante de aceleración estratégica de la era moderna.

En 1978 —con el giro de Deng Xiaoping hacia “reforma y apertura”— la economía china era alrededor del 2% del PIB global; hoy ronda el 17%. En ese periodo, Estados Unidos se mantuvo casi idéntico, alrededor del 26 y 27%.

En una generación, China pasó de actor periférico a pilar del sistema. No fue magia: fue dirección sostenida, un proyecto nacional que alineó Estado, industria, infraestructura, educación y tecnología durante décadas.

Ese salto explica una parte central del mensaje de Xi: China no pide permiso para estar en la mesa; exige reconocimiento. Y desde esa posición quiere redefinir el riesgo: no es “China sube y por eso habrá guerra”, sino “si el otro actúa por temor y sin disciplina, puede empujar a ambos a un lugar extremadamente peligroso”.

Xi intenta convertir el concepto de Tucídides en un aviso para evitar el choque, no en una profecía que obligue a pelear.

Hablando de superpotencias, Timothy Snyder formula un diagnóstico severo sobre lo que está haciendo Estados Unidos al hablar del “suicidio de la superpotencia” a la vista de todos cuando el poder se gasta en decisiones que empobrecen, rompen alianzas, alimentan corrupción y fortalecen adversarios.

Evidente en el desastre con Irán: una guerra mal planteada —sin objetivos claros y con alto costo de credibilidad— que acelera la destrucción desde dentro.

En contraste, China juega un libreto distinto: proyecta previsibilidad, evita estridencias, se presenta como socio “serio”, profundiza acuerdos comerciales y financieros, amplía presencia tecnológica e industrial y teje redes que reducen dependencias.

Al mismo tiempo, invierte en capacidades críticas —chips, baterías, IA, manufactura avanzada— y en infraestructura logística que le da ventaja en cadenas de suministro. Es un avance por acumulación: sin golpes espectaculares, va cerrando brechas.

Tendremos un mundo mejor si, en lugar de una guerra en el horizonte, las superpotencias se ponen a enfrentar los problemas comunes. Aquí aparece un punto que Thomas L. Friedman ha repetido con insistencia: en el siglo XXI ya no basta con competir; las dos potencias con mayor capacidad tienen que construir reglas mínimas de cooperación porque los riesgos son planetarios y se aceleran.

Riesgos serios no solo en IA —donde el uso malicioso puede desestabilizar infraestructura, finanzas y seguridad—, también en clima (transición energética y eventos extremos), pandemias (vigilancia y respuesta), migraciones masivas (presiones demográficas y colapsos regionales) y pacificación de conflictos que hoy se multiplican.

Así como ciertos acuerdos estabilizaron la Guerra Fría, hoy hace falta un marco de confianza mínima y verificación práctica. Sin eso, la competencia se vuelve suicida: cada avance aumenta el riesgo sistémico para todos.

Y aquí, paradójicamente, Xi se acerca más al manual de la amenaza eficaz. Trump suele comunicar geopolítica como bravuconería: amenaza en público, usa las redes como ametralladora, abre varios frentes y usa el sobresalto como herramienta.

Xi, en cambio, fija marcos (“trampas”, “líneas rojas”), habla en clave de estabilidad y deja que la presión sea más implícita que estridente, respaldada por estrategia sostenida.

En “El Padrino”, la gran novela de Mario Puzo, la amenaza eficaz es la que no necesita gritarse: todos saben que puede cumplirse. En ese sentido, quien está más cerca de esa enseñanza es Xi: menos ruido, más disciplina, más control del mensaje y de la credibilidad.

La rivalidad, pues, no desaparece. Lo que se define es quién llega más completo al tablero: la potencia que se coordina y sostiene un rumbo, o la que se pelea consigo misma, sus “amigos” y apuesta al golpe improvisado.

Xi invoca a Tucídides para decir que la tragedia no es inevitable. Pero también para recordar, con frialdad, que la trampa existe: el miedo puede gobernar al imperio y llevarnos a todos entre las patas.

Guido Lara

Guido Lara

CEO Founder LEXIA Insights & Solutions.

COLUMNAS ANTERIORES

Cuando los propagandistas se hartan
Cuando el apoyo baja el reflejo es torcer la elección

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.