Mark Carney llegó a Davos con una frase que debería perseguirnos: “Vivimos una ruptura, no una transición”. No estamos afinando un sistema. Estamos viendo cómo se fractura el orden internacional basado en reglas.
La señal es evidente. Regresa la ley del más fuerte. Aranceles como garrote. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como punto débil. Y detrás, el retorno de las esferas de influencia, ese mapa viejo donde el tamaño decide y la moral estorba.
Carney agrega algo peor que la fuerza ajena: nuestra negación. “Vivir dentro de la mentira”, cuando seguimos hablando de “mutuo beneficio”, mientras la integración se convierte en subordinación. Su llamado es quitar el letrero mental de que el mundo sigue operando “como antes”. No. Ese modelo está hecho trizas. Hay que nombrar la realidad para actuar sobre ella.
Canadá, en ese marco, se asume como middle power. Y convoca a las potencias medias a hacer lo que las superpotencias ya no quieren: defender un orden mínimo de reglas y respeto para los países con menos poder. Pide una respuesta ni ingenua ni cínica: principios y pragmatismo. Principios para no perder el norte. Pragmatismo para no perder capacidad de incidir. No es romanticismo multilateral. Es supervivencia.
Ahora veamos a México. Estamos pagando el costo de años de aislamiento internacional y miopía frente al juego real del poder. El lema simplón —y debilitante— de que “la mejor política exterior es la política interior” sirvió como coartada para ausentarnos, para no construir coaliciones, para no invertir en influencia. Hoy lo estamos pagando con vulnerabilidad.
El costo aparece cuando llegan las presiones. México tiene una dependencia económica brutal de Estados Unidos: más de 80% de nuestras exportaciones van allá. Es integración, sí. Pero también vulnerabilidad cuando la política comercial se vuelve instrumento de extorsión.
La dependencia energética completa la pinza. En gas natural —clave para la generación eléctrica— México se abastece en gran medida desde Estados Unidos; se habla de una dependencia cercana a tres cuartas partes. Eso no se corrige con discursos. Se corrige con inversión, red eléctrica, almacenamiento y reglas que atraigan capacidad en vez de espantarla.
Y luego está la vulnerabilidad interna: bajo crecimiento y expansión del crimen organizado. Sin crecimiento sostenido no hay músculo fiscal ni confianza social. Con violencia persistente no hay reputación-país que aguante. Una potencia media no puede reclamar influencia externa si su territorio se percibe frágil.
A pesar de todo, por peso demográfico, potencial económico y posición geopolítica, nuestro país tiene lo suficiente para aspirar a ser una potencia media.
Sin embargo, en el contexto actual, la posición de Claudia Sheinbaum es brutalmente difícil: entre la espada de Trump y la pared de AMLO. Trump presiona por seguridad, migración y cooperación contra cárteles, y lo mezcla con comercio y T-MEC. Al mismo tiempo, la herencia política y la lealtad a su mentor exigen continuidad narrativa y disciplina de coalición. Gobernar en ese callejón es gobernar con poco margen.
Dentro de ese remolino, la salida no es pelearse con el mundo ni doblarse ante el más fuerte. Es algo más sofisticado: actuar como potencia media. Pero para serlo hay que aspirar a ello. Por inercia, olvídense.
Eso exige revisar una pieza central de nuestra tradición diplomática. La Doctrina Estrada, entendida como no intervención, hoy funciona como coartada para la indiferencia. Nos impide defender valores democráticos cuando más importan. En un mundo de esferas de influencia, esa neutralidad no es prudencia: es desarme.
Reformular dicha doctrina no significa jugar a policía moral. Significa algo básico: no alinearnos por omisión con gobiernos que oprimen a sus pueblos. Venezuela, Cuba y Nicaragua son el ejemplo más evidente. Por una obligación elemental con la dignidad y los derechos humanos, México no puede seguir confundiendo “respeto a la soberanía” con tolerancia al autoritarismo.
Implica para la actual administración dejar atrás simpatías de compañeros de ruta. La política exterior no es un álbum de afectos ideológicos. Es visión de Estado. Se diseña para fortalecer al país y a su gente, no para respaldar gobiernos con afinidad doctrinaria. La lealtad debe ser con México.
Ese giro requiere músculo real. Fortalecer la economía es política exterior. Lo mismo la seguridad, la energía, la infraestructura y la certeza regulatoria. Y hay un punto decisivo: México tiene que estar donde se fijan los estándares —inteligencia artificial, datos, reglas laborales y ambientales, carbono, tecnología—. Si solo cumplimos, llegamos tarde. Si coescribimos, ganamos margen. Porque la frase se vuelve ley práctica: quien no está en la mesa está en el menú.
De ahí la última tarea: diversificar alianzas políticas y comerciales sin fantasías. No para un suicida alejamiento de Estados Unidos, sino para reducir vulnerabilidades, construir opciones y negociar con más inteligencia. Coaliciones por tema. Socios distintos para objetivos distintos. Principios democráticos como brújula. Pragmatismo como método. Esa es la ruta de un middle power.
