En el espejo de Washington

El nuevo perímetro de Trump: de la frontera a los mares

Donald Trump gobierna desde Tánatos. Cada decisión suya destruye algo: instituciones, alianzas, normas. Su energía proviene de desestructurar. No busca ordenar el mundo, sino demostrar que puede desordenarlo.

Donald Trump ha llevado su método de la sorpresa a una escala geopolítica. El reciente ataque a una lancha en el Pacífico, frente a Colombia, confirma que Estados Unidos, bajo Trump, transforma las aguas internacionales en un teatro (nunca mejor dicho) de guerra sin reglas ni legitimidad.

Lo que empezó en el Caribe, con el pretexto de frenar el tráfico de drogas y castigar a Venezuela, ahora se extiende al Pacífico, abarcando rutas de Colombia, Ecuador y Perú.

En el universo trumpista, las leyes son obstáculos y la fuerza una virtud. Al declarar que Estados Unidos está “en guerra” contra los cárteles, Trump se otorga licencia para matar. La política exterior se vuelve un reality de guerra preventiva.

El paso del Caribe al Pacífico no es solo geográfico, sino simbólico: ya no se trata de Venezuela, enemigo útil, sino de Colombia, otrora aliado histórico. Atacar embarcaciones con muertos colombianos muestra que ni los socios están a salvo.

Si Estados Unidos puede atacar en aguas internacionales con base en “inteligencia propia”, sin compartir pruebas ni cooperación, cualquier país costero es vulnerable. Lo que hoy ocurre frente a Colombia podría mañana pasar frente a Ecuador, Perú o Centroamérica. Y aunque México no es aún objetivo, no sería extraño que algún día lo fuera.

Con esto Trump no levanta un muro físico, sino uno militar y simbólico que sigue el croquis del continente. Cada ataque es también una escena producida para redes sociales: videos de drones, explosiones, mensajes moralizantes. El secretario de “Guerra”, Pete Hegseth, más comunicador que militar, encarna esa mezcla de espectáculo y poder.

Detrás del show se oculta la vieja agresión militar disfrazada de cruzada moral. Lo que se persigue no es un delito, sino imponer una idea: “somos poderosos y lo van a sentir”.

Frente a esta dinámica, América Latina aparece fragmentada. Colombia denuncia, Ecuador se distancia, México observa en silencio. Cada país reacciona según su circunstancia, sin advertir que la expansión del perímetro de seguridad estadounidense no distingue ideologías ni fronteras. Hoy es Colombia; mañana podría ser cualquiera.

México, por su cercanía y su papel en el tráfico de fentanilo —tema convertido por Trump en bandera electoral—, tiene motivos para inquietarse. Por ahora, Washington no lo incluye en la campaña, quizá por la cooperación en seguridad con la actual administración. Estemos atentos; el gran destructor puede decidir en cualquier momento dirigir los reflectores hacia nosotros. Trump gobierna desde la sorpresa. Y la sorpresa, en su método, siempre es destructiva.

¿Cómo responder a una potencia que redefine las reglas mientras exige cooperación? Callar equivale a convalidar la violación del derecho internacional; protestar, a exponerse a represalias. Aunque a la larga el silencio puede ser más costoso: legitima una política que normaliza la ejecución extrajudicial y el desprecio por la ley.

La respuesta no debe ser militar, sino política y narrativa. América Latina necesitaría una voz común que reafirme principios básicos: respeto entre países, derecho internacional y cooperación antes que confrontación. No se trata de negar el problema del narcotráfico, sino de impedir que sirva de excusa para militarizar el hemisferio.

Trump sigue siendo, literalmente, una wrecking ball. En días recientes ordenó derruir un ala histórica de la Casa Blanca para construir un salón de baile a la medida de su ego y mal gusto. No es gratuito, es un gesto simbólico: destruir la historia para erigir su vanidad.

Freud hablaba de dos pulsiones: Eros, fuerza de creación, y Tánatos, pulsión de destrucción. Trump gobierna desde Tánatos. Cada decisión suya destruye algo: instituciones, alianzas, normas. Su energía proviene de desestructurar. No busca ordenar el mundo, sino demostrar que puede desordenarlo. Por eso Trump 2.0 no marca solo un cambio de gobierno, sino un cambio de época.

Los ataques en el mar son la traducción literal de esa pulsión destructiva en política exterior: el trumpismo en su forma más pura, sin mediaciones ni límites. Es la guerra convertida en espectáculo y el enemigo en justificación permanente.

La expansión del perímetro de seguridad estadounidense plantea una pregunta urgente: ¿hasta dónde está dispuesta América Latina a tolerar el uso de la fuerza sin rendición de cuentas? Cada vez que se acepta una excepción —una lancha hundida, un muerto sin nombre, un “narcoterrorista” sin juicio—, se erosiona un principio.

Y sin principios compartidos, la región se convierte en un archipiélago de vulnerabilidades, disponible para la extorsión y la intervención. No se trata de antiamericanismo ni de ingenuidad soberanista. Se trata de defender la civilización frente a la barbarie de la ley del más fuerte.

Por ahora México no está en la mira. Pero con Trump no hay distancia segura.

Guido Lara

Guido Lara

CEO Founder LEXIA Insights & Solutions.

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