En el espejo de Washington

¿Amigos de Rusia?

¿Qué historia se contaron los integrantes del grupo de legisladores de Morena y del Partido del Trabajo para ‘instalar’ el grupo de amistad México–Rusia?

La invasión de Ucrania empezó hace ya más un mes. Decenas de miles de civiles muertos o heridos. Millones de desplazados.

Vladimir Putin decidió hacer la guerra en Ucrania, aunque no quiera nombrarla así y prefiera llamarla una “operación militar especial”.

Rusia atacó y está atacando a Ucrania, ese es un hecho que la maquinaria de propaganda de Putin no puede ocultar, al menos en Occidente y en aquellos países no sujetos a regímenes totalitarios expertos en controlar el flujo de información en sus sociedades.

Sin embargo, no todo el mundo está en contra de Rusia. Países como China, India o Serbia, por mencionar algunos, no se han sumado a las condenas de Occidente a la invasión militar. No lo hacen porque están persiguiendo sus propios objetivos de fuerza y poder.

Qué equivocada suena hoy la afirmación de Francis Fukuyama sobre El Fin de la Historia emitida tras la caída del muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética y con ello el fin de la Guerra Fría.

Escalofriante un juego de palabras que pone la frase al revés: ‘La Historia del Fin’. Sin jugar a las visiones apocalípticas, lo que es cierto es que estamos viviendo una crisis profunda de la globalización y la versión neoliberal del capitalismo donde cada potencia geopolítica cuenta su cuento.

Los analistas internacionales están regresando a escudriñar de nuevo las tesis de Samuel Huntington relacionadas con El Choque de Civilizaciones que destacan la importancia de los valores y las identidades culturales como la materia prima para modelar los conflictos geopolíticos del futuro.

Eso es exactamente lo que está haciendo Vladimir Putin con sus llamados a defender y crear un imperio ruso en el que reinen la autoridad de un líder fuerte, los valores eslavos y la religiosidad ortodoxa, un mundo particular con reglas y valores propios.

Al guiso de la cultura y los valores se le añade un ingrediente más intenso y picante: la mentira.

Vivimos en la era de la posverdad, la cual ampara la arbitrariedad y el dominio. Vivimos el auge de un “relativismo historicista” donde los liderazgos crean su propia versión de los hechos –sus otros datos, sus hechos alternativos– y la utilizan para respaldar sus proyectos.

Ante nuestros ojos, en las pantallas de nuestros teléfonos ‘inteligentes’ vemos cómo emerge un mundo sin una verdad universal basada en hechos, sino confeccionada con ‘verdades culturales’ delineadas a la medida de los intereses de los líderes autoritarios que ya se han aprendido la receta.

Escuchemos lo que ha dicho Alexander Dugin, el filósofo de cabecera de Putin. “La posmodernidad muestra que toda supuesta verdad es cuestión de creer. Así que creemos en lo que hacemos, creemos en lo que decimos. Y esa es la única manera de definir la verdad. Así que tenemos nuestra verdad rusa especial que debes aceptar... Si Estados Unidos no quiere iniciar una guerra, debe reconocer que Estados Unidos ya no es un amo único. Y (con) la situación en Siria y Ucrania, Rusia dice: ‘No, ya no eres el jefe’. Esa es la cuestión de quién gobierna el mundo. Solo la guerra podría decidir realmente”.

Es decir, algo así como ‘la verdad es de quien la trabaja’, o se la inventa, pues, donde la pérdida del análisis factual nos deja al descubierto y a merced de los aparatos de propaganda y control de la información. Recordemos que inmediatamente después de iniciadas las hostilidades, el régimen de Putin pasó una ley con castigos de hasta 15 años de cárcel para quien cuestione la verdad oficial.

Si Dugin habla de una ‘verdad rusa’, entonces ¿Zelenski podría hablar de una ‘verdad ucraniana’? o ¿López Obrador de una “verdad mexicana”?

¿Qué historia se contaron los integrantes del grupo de legisladores de Morena y del Partido del Trabajo para ‘instalar’ el grupo de amistad México–Rusia?

En medio del rechazo formal a la invasión manifestada por el gobierno mexicano, este grupo de políticos mostró esencialmente su código postal. Es decir, uno que se identifica con la visión contraria al ‘imperialismo yanqui’, esa que consiste en oponerse sistemáticamente a Estados Unidos, basada en el supuesto de que hacerlo así es la mejor forma de defender nuestra soberanía como nación.

Vale la pena preguntarse si una verdadera amistad con los rusos debiera ir mucho más allá de convertirse en un peón en la estratega propagandística del Kremlin y, por el contrario, mostrar solidaridad con quienes se manifiestan en las calles de Moscú, San Petesburgo o Vladivostok. Con los periodistas asesinados o censurados o con presos políticos como Navalny.

En esta contemporánea versión de la guerra de las civilizaciones es importante que tengamos una definición sobre nuestra situación como nación y sociedad frente a los valores occidentales de libertad, democracia, transparencia, respeto a los derechos humanos.

¿De quién queremos ser amigos? Nos alineamos con Occidente –dentro del cual hay un amplio margen para la autodeterminación– o nos compramos nociones más propias de la supuestamente superada Guerra Fría del siglo XX.

El autor es CEO Founder LEXIA Insights & Solutions.

Guido Lara

Guido Lara

CEO Founder LEXIA Insights & Solutions.

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