El encono es manifiesto, la confrontación entre “adversarios” adquiere proporciones inusitadas que superan la simple descalificación o el improperio y se trasladan al nivel de amenaza con expresiones nada sutiles de violencia.
Pese a los deslindes y el anonimato aparente de los promotores, los hechos hablan por sí solos y apuntan en una misma dirección con respecto, tanto al origen, como a los destinatarios que, con togada elocuencia, son exhibidos con fotografías y acrónimos en simulados estuches mortuorios.
Lo sucedido el pasado fin de semana frente a las instalaciones del máximo tribunal del país no puede pasar inadvertido ni menospreciado, mucho menos ser considerado como una mera expresión popular espontánea. Le preceden una serie de eventos y manifestaciones verbales, abiertas y directas, antagónicas a las determinaciones adoptadas por el colegiado, con relación a las reformas impulsadas desde el Ejecutivo.
La propaganda contra el Poder Judicial se alimenta con nuevos ingredientes, como las determinaciones de jueces para liberar de algunos cargos a personajes destacados de la delincuencia, aún en prisión, señalando corrupción o connivencia con el crimen, como un recurso justificante para la ya anunciada intención de reformar el Poder Judicial y promover la elección de sus integrantes por la vía popular.
Evidentemente, la Corte Suprema se ha erigido como un valladar a las pretensiones reformadoras del movimiento en el poder, lo que ha llevado a un rompimiento abierto entre las máximas estructuras que, constitucionalmente, conforman, en su conjunto, el Supremo Poder de la Federación.
Esta circunstancia anuncia escenarios complejos para los meses que restan de la administración, por la premura con que habrá de actuarse, que ya es manifiesta, para lograr, al máximo, las pretendidas transformaciones y, sobre todo, la continuidad del movimiento que acusa también sus vulnerabilidades y fragilidad interna, por los antagonismos inherentes a las facciones que se han formado en busca de la designación sucesoria.
Lo más preocupante, sin embargo, es la ruptura de los equilibrios en el ejercicio del poder público y la neutralización de los contrapesos establecidos en la Carta Magna para evitar la tentación de su concentración y su ejercicio omnímodo.
Pero, como se aprecia, todo apunta a que la denostación contra todos aquellos que se consideren adversarios continuará, no solo desde la matinal comunicación cotidiana que transforma nuestra realidad, sino mediante el empleo de un recurso tradicional y largamente experimentado: la movilización de masas como soporte activo del discurso.
La experiencia se tiene, la intencionalidad... también.
El autor es catedrático, analista político, consultor en estrategia, seguridad nacional y administración pública.