El horno no está para bollos, señala el refrán, la temperatura se eleva minuto a minuto y se abren frentes que incentivan la conflictividad política y social dentro y fuera de nuestras fronteras.
La violencia verbal y física se expande y se exacerba tanto en el ámbito político como en el social. La descalificación y la diatriba se han tornado cotidianas con decibeles cada día más altos y con destinatarios perfectamente identificados.
El enrarecido ambiente plagado de demandas sociales y señalamientos cada vez más enardecidos, han sido catalizados por la vocación reformadora del movimiento en el poder y por las expectativas de los diversos sectores de cara a las elecciones de 2024, cuya carrera fue arrancada prematuramente dando pie, como ya se había previsto, a desencuentros y confrontaciones internas.
A la compleja situación política interna y al ambiente de inseguridad que campea en diversas regiones del territorio por la actividad creciente de las bandas criminales cada vez más robustas, se vienen a sumar las tensiones con nuestro vecino y principal socio comercial a causa de las amables sugerencias de un sector de la clase política estadounidense de usar su fuerza militar para combatir a los cárteles de la droga mexicanos.
La pretensión lleva implícito el señalamiento de que las autoridades mexicanas son ineficaces o tolerantes con la criminalidad y es imperioso detener el flujo de drogas, en particular el fentanilo, que causa la muerte de cientos de miles de personas anualmente en ese país.
La propuesta de los congresistas republicanos encontró una respuesta airada y pública por parte del jefe del Ejecutivo mexicano, elevando el tono del discurso con evidente molestia y enfado, señalando la postura intervencionista y exigiendo respeto para México.
La estridencia se apodera del discurso y también de las calles. Los escándalos se reproducen copiosamente en diversos segmentos de la administración y las demandas sociales crecen, todo en medio de la confrontación interna, soterrada o abierta y un sintomático descontento social.
Es evidente que el país no pasa por su mejor momento y los escenarios futuros no son nada optimistas. No se percibe cómo pueda detenerse la violencia inusitada de los grupos criminales. Las desapariciones y feminicidios continúan en aumento. La demanda social en diversos frentes se agudiza. La lucha por el poder recurre a todo lo que esté a su alcance y las relaciones bilaterales, al menos, se fragilizan.
Las cosas no pintan bien para lo que resta de la administración y, de seguir por ese derrotero, podemos advertir la crisis que se avecina.
El autor es catedrático, analista político, consultor en estratégica, seguridad nacional y administración pública.