Gerardo Herrera Huizar

Sangre, sudor y lágrimas

Los hechos violentos de las últimas semanas en diversas partes de la geografía nacional sustentan la tesis de un orden estatal rebasado.

No es el nombre de una famosa banda de rock ni el mensaje central del discurso de líderes prominentes que se han ganado su espacio en la historia, sino una realidad patente y trágica que se vive en México.

Formalmente somos un país sin guerra, no existe una amenaza externa y los riesgos domésticos son un problema menor que no transgrede los límites de la convivencia interna, pero la muestra, aunque no se reconozca, señala lo contrario. Los hechos violentos de las últimas semanas en diversas partes de la geografía nacional, aparentemente coordinados y bajo patrones recurrentes que han tenido repercusión internacional, sustentan la tesis de un orden estatal rebasado.

Se ha especulado sobre la naturaleza y el origen, desde la capacidad de reacción de poderosas bandas delictivas ante actos estatales para la detención de delincuentes, hasta escenarios justificantes de reorganización de las estructuras administrativas o la preparación del terreno con fines sucesorios. Ambas interpretaciones tienen lógica y argumentación válida, pero lo trágico son las expresiones de violencia que cobran vidas inocentes y siembran el terror cotidiano.

La zozobra se apodera del ambiente colectivo; el miedo y la angustia son el pan diario, cualquier cosa puede suceder, en cualquier lugar y en cualquier momento con absoluta impunidad, sin que se advierta solución razonable a la crisis de seguridad que se vive y alcanza niveles inusitados.

La violencia criminal ha adquirido un carácter sistémico. Los patrones se reproducen con actos incendiarios en ciudades y carreteras con evidente regularidad: Chihuahua, Baja California, Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Zacatecas han sido escenarios de violencia durante las últimas semanas con acciones que sugieren una coordinación orientada a la captura de territorios específicos.

La narrativa oficial minimiza los acontecimientos y se enfoca al mantenimiento de la estrategia que se resume en no enfrentar el fuego con el fuego, pero la realidad, caprichosa como siempre, da muestras recurrentes de un panorama adverso preocupante que impacta todos los ámbitos de la vida nacional.

Se asuman o no como actos de terrorismo los hechos de violencia protagonizados por grupos armados, lo cierto es que la inseguridad se extiende y amenaza la paz social de manera determinante.

Sangre y lágrimas fluyen a torrentes por nuestra geografía, el luto envuelve a cientos o miles de familias que claman justicia y protección a un Estado que parece absorto en la sucesión como prioridad máxima.

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