Gerardo Herrera Huizar

Discordia y acción política

La confrontación con sectores sociales y personajes específicos desde la más alta tribuna del país se ha vuelto cotidiano y sistémico, enrareciendo el ambiente y polarizando la opinión pública.

Un nuevo elemento de discordia se ha sumado durante la semana al ya de por sí complejo panorama que ha venido enfrentando nuestro país al menos los últimos dos años, en que la discordia ha sido el eje del intercambio social y la acción política.

En lo interno, la pretensión de consolidar el proyecto de gobierno tras el triunfo del Movimiento de Regeneración Nacional, con su muy particular estilo concentrador, no ha sido fácil y ha incidido de manera determinante en la mediana estabilidad social, en las estructuras políticas, incluida la del propio movimiento y en la eficacia institucional y administrativa, severamente cuestionada ante los continuos escándalos que involucran a personalidades de alto nivel.

La confrontación y el señalamiento hacia sectores sociales y personajes específicos (comunicadores, intelectuales, empresarios, ONG...) desde la más alta tribuna se ha vuelto cotidiano y sistémico, enrareciendo el ambiente y polarizando la opinión pública.

En lo externo, primero fueron las exigencias de disculpas al Estado Vaticano y al gobierno de la ‘madre patria’ por las atrocidades de la Conquista. Más recientemente, la sugerencia de pausar las relaciones con España y ahora la enardecida respuesta al Parlamento europeo en virtud de la resolución aprobada el jueves pasado para pedir al gobierno mexicano frenar la retórica populista contra la prensa.

Los calificativos contenidos en el documento de respuesta, redactado por el primer mandatario, según su propia aceptación, vuelven a poner en aprietos a la diplomacia mexicana que tendrá que hacer malabares para resarcir los daños a su imagen, credibilidad y eficacia.

Quien dirige los destinos nacionales desde el emblemático Palacio de la capital de la república, ha reiterado que la mejor política exterior es la política interior, de lo que puede interpretarse que las airadas manifestaciones exigiendo al extranjero disculpas y respeto al derecho ajeno, tienen como real destinatario al consumidor doméstico, cuyo paladín se erige como fiero defensor de su herencia histórica y su soberanía.

Como es natural, el texto enviado a los eurodiputados ha sido motivo de debate y controversia, rechazo por amplios sectores y especialistas y, desde luego, respaldo por correligionarios, atrayendo la atención ante los problemas de fondo que son el centro de la agenda y las innegables preocupaciones sociales: corrupción, conflictos de interés, pleitos políticos internos, desempleo, pobreza, estancamiento económico y violencia, todo un cocktail de tribulaciones que se ponen en juego y que serán determinantes para la ya desatada carrera presidencial.

Todo sugiere que los fuegos artificiales seguirán siendo el centro de atención y las culpas y culpables del pasado los adversarios favoritos, responsables. Mucho hay de razón, de los males que padecemos como país, pero no debe obviarse que fueron precisamente los erráticos desempeños del pasado los que motivaron en el electorado la exigencia de cambio y el saneamiento de la vida pública, que fue la principal promesa de campaña y el real factor de triunfo del actual gobierno.

Seguir el derrotero de la discordia y el enfrentamiento, sutil o directo, difícilmente augura un panorama de bonanza a la solución de los muy complejos problemas de México y mucho menos de la real transformación a la que aspiramos como sociedad.

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