Gerardo Herrera Huizar

Michoacán a sangre y fuego

El síndrome de violencia inaudita se va extendiendo por todo el país con diferentes grados de intensidad y con una desfachatez creciente por parte de grupos delictivos.

Ya no es privativo de una entidad o una región, el síndrome de violencia inaudita se va extendiendo por todo el país con diferentes grados de intensidad, pero con una desfachatez creciente por parte de grupos delictivos que pretenden hacerse con el control territorial total para el desarrollo de sus ilegales pero lucrativas actividades a cualquier costo.

Las evidencias sugieren que la delincuencia no tiene freno ni empacho en organizar contingentes fuertemente pertrechados y evidentemente adiestrados para llevar a cabo operaciones coordinadas con las que siembran repentinamente caos y muerte.

Michoacán se ha convertido en los últimos sexenios en un apetecible objetivo para el crimen, debido a su estratégica ubicación y la riqueza que puede generar. Grupos delictivos de diferentes denominaciones se han querido hacer de los negocios, lícitos e ilícitos, a sangre y fuego y ante la pobre respuesta gubernamental, se ha dado origen a las flamantes autodefensas y a gobiernos paralelos para tratar de contener la candente situación, ya por vía del despliegue de fuerzas de la federación, ya mediante estrategias de negociación política y hasta la oficialización de grupos armados como fuerzas de seguridad locales.

Ninguna de las medidas adoptadas por los gobiernos de los tres órdenes durante las últimas administraciones han logrado la desarticulación de las bandas, antes bien, la situación se ha tornado más compleja con la formación de grupúsculos que buscan mantener el control local por la vía de las armas y se enfrentan a contingentes externos que amenazan a las comunidades y retan abiertamente al Estado ante la tibia reacción de las autoridades y en no pocos casos con una notoria inferioridad numérica, de armamento y de recursos, frente a los grupos que exhiben una composición casi beligerante, con organización, logística, comunicaciones y amplia libertad de acción pero, sobre todo, con una intensa motivación económica.

Lo sucedido los últimos días en poblaciones de ese estado, particularmente Tepalcatepec, debe ser considerado con seriedad y preocupación. El ataque a la población, a fuerzas federales como la muy socorrida Guardia Nacional, con saldo de muertos y heridos, el tiempo de duración de los enfrentamientos, la dimensión del contingente agresor y la potencia de fuego mostrada por los delincuentes, evidencia una abierta amenaza a la seguridad de la población, al Estado de derecho y a la gobernabilidad, habida cuenta de que estas organizaciones criminales no tienen ningún interés en hacer caso de los consejos de la abuela ni de los llamados a la cordura y sí aprovechan la política de abrazos para fortalecerse y consolidarse.

La situación de violencia generada por grupos del crimen organizado no se detendrá mientras el incentivo económico esté presente, los controles oficiales sean frágiles y las estrategias gubernamentales les parezcan favorables para continuar generando ingentes recursos y penetrando el ambiente político, económico y social de manera abierta.

Todo ello les facilita, de manera recurrente y continua, la adquisición de armas, medios de movilidad y comunicación, para generar estructuras activas con la suficiente fuerza para controlar toda clase de actividades en regiones geográficas extensas, no solo para la producción y trasiego de drogas, sino para la comisión de otros delitos que les son inherentes y les reditúan cuantiosas ganancias, como la extorsión (incluso sobre autoridades locales), el secuestro o el tráfico de personas, que llevan de manera obligada a la intimidación, al uso de la fuerza y al homicidio, como medios para obtener y mantener el control territorial.

La actividad criminal adquiere ya características de enfrentamiento bélico en México que debe ser observado estrechamente en su evolución y contenido en sus centros de gravedad más relevantes, antes de que la bola de nieve rebase las capacidades institucionales para brindar las condiciones mínimas de estabilidad y protección a que está obligado el Estado.

Se debe hacer hoy lo que sea necesario, antes de que las mil cabezas del monstruo se reproduzcan y lleven a consecuencias de mayores dimensiones.

No miremos la paja en el vecino y omitamos la viga en el seno propio.

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