Nos encontramos en un momento de muy alta volatilidad en los mercados financieros internacionales. No solo veníamos de un año de gran incertidumbre sobre la política comercial del gobierno de los Estados Unidos, que se agregaba a los conflictos de Rusia-Ucrania y Medio Oriente, sino que los participantes de los mercados estaban tratando de encontrar la manera de afrontar tres riesgos muy relevantes: (1) El debilitamiento institucional de los Estados Unidos, que incluía una afrenta a la autonomía del Banco de la Reserva Federal (Fed); (2) un crecimiento exponencial en los precios de las acciones de empresas tecnológicas, incluyendo las de semiconductores, inteligencia artificial (IA) y criptoactivos; y (3) algunas quiebras asiladas de empresas financieras no bancarias –denominadas de ‘crédito privado’–, que otorgan préstamos como First Brands y Tricolor en septiembre del año pasado. Recordemos que históricamente las empresas que se han dedicado a operaciones financieras y que no están adecuadamente reguladas y supervisadas pueden representar un riesgo muy relevante para el sistema financiero y la economía global (Minsky, 1986).
El punto (1) había generado un rebalanceo de portafolios de inversión hacia activos que no estuvieran denominados en dólares. El punto (2) ya estaba generando mucha preocupación debido a las altísimas valuaciones, que implicaban rendimientos futuros muy difíciles de visualizar, máxime con las dudas sobre si las inversiones en IA se van a convertir en incrementos substanciales y rápidos en la productividad y por lo tanto en los márgenes de las empresas. A esto se le agregó el punto (3) en donde una parte importante del financiamiento de las inversiones de las empresas de IA, llamados hyperscalers –que están enfocados en la construcción de centros de datos para incrementar la capacidad y velocidad de los algoritmos de IA–, justo viene de estas empresas de crédito privado. No había duda que se estaban gestando fuertes cuestionamientos en torno a la rentabilidad de los proyectos de IA cuando justo se anunció el colapso de una empresa de este rubro a finales del mes pasado: Market Financial Solutions (MFS), una empresa británica no bancaria dedicada al crédito hipotecario.
En este mundo hipercomplicado –antes del colapso de MFS–, comenzó el año con una disrupción geopolítica muy relevante: La incursión de las fuerzas armadas de EU en territorio venezolano para extraer al ahora expresidente Maduro. Ahora los ataques a Irán de parte de las fuerzas armadas de los Estados Unidos al lado de las de Israel están poniendo a prueba una vez más la estructura geopolítica de nuestro planeta. Si bien considero que existen muchos ángulos desde los que puede tratarse este tema, me quiero enfocar en el económico y financiero. El tema principal es poder dar una respuesta sensata a cuáles son los problemas relevantes que ocasiona este evento en la estructura económica mundial y de ahí, partir a las reacciones de los mercados financieros. En mi opinión, el problema tiene tres vertientes: (1) Imposibilidad de transitar en el “Estrecho de Ormuz”, por donde se transporta alrededor de un 20 por ciento del petróleo y gas natural que se consume en el mundo, así como cerca de un tercio del consumo de fertilizantes a nivel global; (2) la distracción de recursos económicos tanto por la atención de los mercados financieros a este tema bélico, como de los gobiernos, incluyendo reasignación de gasto en defensa; y (3) los costos en los que están incurriendo las personas, empresas y gobiernos al no poder llevar a cabo viajes y otras actividades en Medio Oriente. Por todo esto, la duración del conflicto se vuelve la variable más relevante.
No es lo mismo algunos días, que algunas semanas y mucho menos algunos meses. Mucho tiempo con altos precios del petróleo pueden llevar a la economía global primero a un episodio de alta inflación y después a una recesión, de manera similar a episodios del siglo pasado. En el siglo XXI los picos que hemos observado en los precios del petróleo no han provocado recesiones, pero cabe señalar que tampoco han durado mucho. Asimismo, también existen circunstancias muy distintas a las que el mundo enfrentaba el siglo pasado, como el hecho de que hoy por hoy, los Estados Unidos sea un exportador neto de petróleo. Sin embargo, considero que esto no implica necesariamente que no se pueda terminar con una recesión si este episodio de altos precios de la energía es de larga duración.
Juzgando por las tácticas descritas en el libro del presidente Trump “The art of the deal” (1987), así como la incursión militar en Venezuela, el gobierno de los Estados Unidos no desea llevar a cabo una ofensiva terrestre con despliegue de tropas. La experiencia de EU después de la Segunda Guerra Mundial con ofensivas terrestres ha sido muy deficiente y la forma de terminar conflictos para el presidente Trump es negociando con quienes quieren (y quedan para) negociar (e.g. Delcy Rodríguez en Venezuela). Lo que no queda claro es si con el asesinato del ayatolá Alí Jamanei y la dura estructura político-religiosa de Irán, en donde se designó a uno de los hijos del ayatolá como nuevo “Líder Supremo”, vamos a poder observar una actitud negociadora para un cese al fuego, así como para un mapa de ruta para transitar a elecciones libres. En este sentido, los participantes de los mercados financieros han estado repensando la situación hacia un conflicto de mayor duración. No por nada los mercados ayer reaccionaron violentamente ante la declaración del presidente Trump de que es posible que la guerra ya no dure mucho más. Esperemos que así sea, en todos los sentidos.
Referencias
Minsky, Hyman (1986). Stabilizing an unstable economy. New Haven, CT: Yale University Press.
Trump, Donald J. y Tony Schwartz (1987). The art of the deal. New York, NY: Random House.