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Nosotros somos el problema

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Nosotros somos el problema

30/11/2020
Actualización 30/11/2020 - 14:48

Asistimos a una justificada rebelión de las mujeres. Una rebelión que comenzó en México en agosto del año pasado con una marcha airada, violenta, en contra de un Estado que permite que se asesine a diez mujeres al día; que tolera que se les golpeé, se les acose y discrimine, se les insulte y se les desaparezca.

El siglo XX fue el siglo de las revoluciones, casi todas ellas fallidas. La revolución socialista terminó en una pesadilla carcelaria. Es casi un lugar común afirmar que la única revolución triunfante fue la de las mujeres que consiguieron el voto, una libertad relativa para sus cuerpos con la píldora, que accedieron al mundo laboral y a la política, antes cotos reservados a los hombres. Se trata, sin embargo, de una revolución inconclusa. De ahí las rebeliones feministas que irán en aumento.

Es cierto que cada vez hay más mujeres en las escuelas y más mujeres graduadas. Como también es cierto que en México se ejerce más violencia (72.6 por ciento de las mujeres maltratadas) contra las mujeres que tienen una escolaridad superior. Es cierto que cada vez hay más mujeres en espacios políticos, pero esto no significa mejores políticas públicas en favor de las mujeres. El Congreso mexicano ocupa el segundo lugar en el mundo con mayor participación femenina. Pero este año se aprobó el Presupuesto 2021 con un enorme autoengaño: el gobierno afirma que aumentó más de un 80 por ciento el presupuesto destinado a promover políticas de igualdad de género, pero esa cifra la inflaron incorporando a ella programas sociales que no tienen qué ver con la paridad (como el programa de ayuda a los adultos mayores o el de Sembrando Vida). Ese engaño a la población lo consintieron las mujeres en la Cámara.

Mary Beard, la gran historiadora y feminista inglesa, ha mostrado que muchas mujeres al incorporarse a la política lo hacen adoptando las posturas de los hombres. ¿Por qué ocurre esto? Maite Azuela en El Universal ha publicado en estos días una serie de entrevistas con mujeres legisladoras. Se les margina, no se les concede la palabra, se les acosa, reciben burlas de los hombres, se piensa que detrás de ellas hay hombres dictándoles una postura. Esa presión hace que muchas veces adopten el punto de vista masculino.

Hay más mujeres en el Congreso, pero de poco sirve si en ese espacio se reproducen las conductas machistas que privan en la sociedad. ¿Y cómo no iba a ser así si el Congreso es una representación de lo que sucede en el ámbito social? El pueblo elige a los políticos que se le parecen. Por eso tenemos un presidente machista. Incluye a mujeres en su gabinete, pero no las escucha. La semana pasada el presidente afirmó que las causas de los homicidios son las mismas que las de los feminicidios. No se trata de ignorancia, porque se lo han explicado muchas veces. Simplemente se niega a escuchar lo que va en contra de lo que él piensa. Y lo que piensa es un reflejo de la cultura machista que impera en la sociedad.

La rebelión feminista que presenciamos (algunos con emoción, otros con franco rechazo, amparándose en el 'respeto' a los monumentos y a los cristales) es contra las instituciones del Estado. Contra los aparatos de procuración de justicia: policías, fiscalías y jueces. Por ello las ocupaciones de las fallidas organizaciones de derechos humanos y las agresiones a las procuradurías. Por ello las tomas de instituciones educativas: por el acoso impune de los maestros y de los alumnos contra las mujeres.

Se ejerce en nuestro país una violencia institucional, económica, social y familiar contra las mujeres, a las que se les pide que se manifiesten como Gandhi. Cuatro de cada 10 mujeres asesinadas lo son por agresiones de su pareja. Cuatro de cada 10 mexicanas han sufrido algún tipo de violencia de parte de sus novios o conyuges. En 2015 se registraron 411 feminicidios, en 2019 esa cifra aumentó a 937. Este año, hasta octubre, se han registrado 777 muertes por el delito de ser mujer. Pero el horror no acaba ahí: se tiene registro de 35 mil 968 mujeres desaparecidas, 55 por ciento menores de 18 años. Con la pandemia y el encierro la situación se agravó. Se quintuplicaron las llamadas de auxilio al 911, aunque el presidente, con la insensibilidad machista que lo caracteriza, desestimó esta cifra aduciendo que la mayoría eran llamadas falsas.

Se trata de una rebelión contra el Estado y sus instituciones, pero no debemos perder de vista que éstas son reflejo de lo que ocurre en la sociedad. No podemos engañarnos, el problema no es el neoliberalismo (la excusa favorita del presidente), el problema son (somos) los hombres. Los hombres somos los que violentamos y discriminamos. Es un asunto de poder. Maltratamos porque queremos seguir ejerciendo el privilegio de ganar más que nuestras pares mujeres, violentamos para que nos sigan sirviendo en casa (las mujeres trabajan 2.5 veces más que los hombres en labores domésticas), agredimos para saciar nuestras inseguridades y miedos. Nosotros somos el problema y no queremos asumirlo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.