Leer es poder

La teoría del péndulo

El columnista plantea preguntas como: ¿Cómo van a reaccionar los afectados por las reformas de fondo que piensa implementar López Obrador?

¿Existe un movimiento pendular en la política? ¿A un gobierno populista le sigue un gobierno liberal y viceversa?

Si afirmamos que el gobierno populista que está por venir es consecuencia de los desaciertos y lagunas de los gobiernos liberales de las últimas tres décadas, ¿quiere decir que en unos cuantos años –cuando se agote (por ineficacia, corrupción o por falta de expectativas) el modelo populista– volverá por sus fueros el proyecto liberal? Eso demostraría que existe una fuerza que impulsa a las sociedades, una dialéctica histórica, pendular. No es así. No existe esa dialéctica, esa fuerza. Si algo determina los movimientos históricos es el accidente, el azar, lo imprevisto.

Hace algunos años cuando Peña Nieto, y con él la generación del "nuevo PRI", ascendió al poder, era común escuchar voces que presagiaban que el priismo detentaría el poder veinte o treinta años, por lo menos. Voces muy parecidas a las que hoy afirman que el obradorismo (porque Morena no se ha consolidado aún como partido, pese a su triunfo contundente en las urnas) se enquistará décadas en el poder.

La tragedia de Iguala, el reportaje sobre la "casa blanca", el temblor del 19 de septiembre, no estaban considerados en el proyecto peñista. No faltará quien diga que esos "accidentes" fueron producto de deficiencias estructurales; que el nuevo gobierno pretende transformar las estructuras de poder para que no ocurran (o para que sean manejables) ese tipo de sucesos. Tal vez. Pero eso no incluye los verdaderos accidentes: las muertes, los percances provocados por fenómenos naturales, los descuidos. El reino de mil años que pronosticaban los nacionalsocialistas alemanes duró sólo, y por fortuna, doce años. El proyecto transexenal salinista (José Ángel Gurría, director del Banco de Comercio Exterior durante el gobierno de Salinas, habló ante inversionistas japoneses de que se quedarían décadas en el poder) lo frustró el desquiciado Aburto, que se creía Caballero Águila y vengador del sistema.

La historia no sigue un guion preestablecido. Los aviones se caen: dos secretarios de Gobernación de Calderón murieron en accidentes aeronáuticos. Los temblores ocurren. Un proyecto sólido puede resquebrajarse por una crisis que viene de fuera. ¿Qué certezas nos ofrece el futuro si la Casa Blanca está habitada por un presidente cuya característica es su total imprevisibilidad?

Volvamos a la teoría del péndulo. Hay quienes la sustentan incluso en leyes naturales, específicamente en la tercera Ley de Newton, que dice que a toda acción corresponde una reacción en igual magnitud y dirección pero de sentido contrario. Sin embargo, la historia es un fenómeno complejo que nunca resuelve las cosas de la misma manera. Solemos decir, siguiendo a Santayana, que hay que conocer la historia para evitar que se repita, pero lo cierto es que la historia no se repite, da saltos, retrocede, de pronto avanza vertiginosamente y luego se pasma.

Es un ejercicio común, y quizá inevitable, hacer predicciones. Las altas expectativas que ha generado el próximo gobierno, se comenta estos días, provocarán una gran decepción cuando no puedan cumplirse. O también: las contradicciones en el seno del nuevo gobierno (por ejemplo, entre el neoliberal Romo, jefe de la Oficina de la Presidencia, y la chavista Yeidckol Polevnsky, presidenta del partido) terminarán por dinamitar el proyecto desde dentro. Otros apuestan a la avanzada edad de algunos miembros del nuevo gabinete para presagiar el caos por venir. Lo cierto es que la predicción del futuro es tarea de adivinos. Siempre fallan.

A fin de paliar el caos del futuro se crearon los seguros: de vida, contra accidentes, contra los vaivenes del mercado, etcétera. No pocos sinsabores nos ahorramos gracias a que Agustín Carstens contrató en su momento seguros para hacer frente a las caídas en los precios del petróleo. Los seguros amortiguan el golpe, pero no pueden evitar el accidente. De hecho, nadie puede evitarlo, aunque una buena planeación ayuda.

Los vastos intereses afectados por las reformas salinistas crearon el caos en 1994, "el año que vivimos en peligro". Es más que probable que las reformas de Peña Nieto y los intereses que afectaron hayan tenido que ver con el descrédito del gobierno actual. ¿O debemos pensar que las televisoras perjudicadas por la reforma de telecomunicaciones no utilizaron sus medios para desprestigiar al gobierno al maximizar sus errores? ¿Cómo van a reaccionar los afectados por las reformas de fondo que piensa implementar López Obrador? Esto viene a cuento por la frivolidad (porque se trata de proyectar una imagen de un presidente cercano a la gente) de prescindir del Estado Mayor Presidencial para cuidar al presidente. Aunque, como se vio en el atentado mortal contra Anwar el-Sadat, asesinado por sus propios guardias, esto tampoco es garantía. El futuro lo escribimos nosotros y el azar. La historia es imprevisible.

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