Leer es poder

El regreso de los Dioses

Llegó el ‘rayo de esperanza’ y con él aumentaron los pobres y nos azotó el COVID. La corrupción y la militarización del país van en ascenso, al igual que la violencia criminal.

Terminada la Segunda Guerra, los edificios y los grandes ideales yacían por los suelos. Más de cien millones de personas habían muerto entre 1914 y 1945 en la salvaje Europa. El desencanto y la desilusión de ese momento los reflejó como ningún otro Samuel Beckett en Esperando a Godot (1952). Dos hombres sobre el escenario. Aguardan. No pasa nada. Nunca llega. ¿Quién es Godot? ¿Por qué lo esperan? No se sabe. Tras la devastación, que llegue Godot con la solución de todos los problemas. Pasan las horas y nada. Godot nos salvará. Pero se dilata y no llega nunca. Desesperanza, miedo. Esperando a Godot o el dios que no llega.

En El Hacedor (1960), Borges refiere un sueño. Ocurrió al atardecer. Platicaba Borges con Pedro Henríquez Ureña cuando de súbito escucharon un gran clamor de manifestación. Alaridos humanos y animales. “Una voz gritó: ¡Ahí vienen! y después ¡Los Dioses! ¡Los Dioses! Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima. Todos aplaudimos, llorando; eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos”. Desde lo alto recibieron los Dioses con desdén el homenaje. Por fin volvieron. Hablaban pero no con lenguaje humano sino animal, gruñidos y gritos. Su apariencia dejaba qué desear. “Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica”. Regresaron los Dioses, pero su lenguaje era animal y su apariencia monstruosa. En sus rostros se advertían las huellas de todos los vicios. La gente les dio la espalda y algún alma piadosa disparó sobre ellos. Ragnarök o el desencanto de los Dioses.

Julio Torri, gran amigo de Alfonso Reyes, durante la Revolución escribió algunos cuentos extraordinarios. En uno se imagina a Ulises camino a la isla de las terribles sirenas, cuyo canto atrae a los navegantes que terminan sin falta estrellándose contra los arrecifes. Pide el héroe, según Torri, que no lo amarren al mástil: quiere perderse con las sirenas. “Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.” A Circe o la decepción de las sirenas.

En 2005 se autodesignó “un rayo de esperanza”. El Salvador, el hombre providencial. Se le llamó Mesías Tropical. Llegó al poder en 2018. Trajo consigo no la paz sino la espada. Con él llegó el Nuevo Tiempo, la Cuarta Trasformación. El día que tomó protesta como presidente, frente al Palacio, un chamán lo roció de oraciones y de incienso. Es indudable el componente religioso en su discurso y entre sus seguidores, que deponen la razón en favor de la fe. Ningún presidente mexicano en los últimos cien años había puesto a circular el lenguaje de la Biblia en el discurso público. El Sermón de la Mañana.

Luego de un ataque cardíaco en 2007, resucitó para guiar al pueblo mexicano hacia la redención. El bíblico “los últimos serán los primeros” se convirtió en “primero los pobres”. La otra mejilla se volvió política pública con los abrazos y no balazos. Su modelo de vida pobre. Sus sermones contra los ricos y el dinero. Para él la oposición son “sepulcros blanqueados”. A él, como a Jesús, lo atacan por defender a los pobres. Tiene un pastor que lo confiesa en Palacio, el mismo que exorcizó la silla presidencial (parece fantasía de García Márquez pero el presidente mismo lo contó.) López Obrador o el Mesías que la corrupción nos trajo.

El Mesías. El hombre que quiere traer el cielo a la tierra. La peligrosa mezcla de religión y política. Los mexicanos deberíamos ser muy sensibles a ese tema, ya que sufrimos el siglo pasado una terrible guerra civil religiosa. El nacionalismo revolucionario se encargó de borrar esa huella de religión y guerra de la memoria colectiva. Llegó el Mesías y con él aumentaron los pobres y nos azotó el COVID. La corrupción y la militarización del país van en ascenso, al igual que la violencia criminal. Llegó el Mesías.

A mediados del siglo XVII nació en Esmirna, provincia del Imperio otomano, Shabtai Tzvi, el más famoso de los Mesías judíos después de Jesús, según refiere Gershom Scholem. Por todo el mundo corrió la voz de que por fin había llegado. Los judíos diseminados por el mundo abandonaron todo y comenzaron una peregrinación para adorarlo. Las leyes y costumbres dejaron de operar: había llegado el Mesías y él traería una nueva Ley. Pero el Mesías cayó preso del islam, muy pronto terminó cediendo y se convirtió a la fe musulmana. La conversión de Shabtai Tzvi causó conmoción absoluta en el mundo judío. Muchas familias se suicidaron en los cementerios. Shabtai Tzvi o el Mesías converso, que deja de ser lo que era.

Finalmente, luego de una larguísima espera, llegó Godot, el rayo de esperanza. Caminó hacia lo alto de la pirámide de cartón colocada en el Zócalo en medio de nubes de incienso. Pero el rey iba desnudo. Sus grandes proyectos se revelarían enanos y anacrónicos. Regresaron los Dioses. No eran lo que la gente esperaba. El Mesías desencantó. No era este. Nos falló. Qué pena. Va a ser duro el despertar. Porque está visto que en este sexenio las sirenas no volvieron a cantar para nosotros.

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