Una secretaria de Goebbels
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Una secretaria de Goebbels

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Una secretaria de Goebbels

13/11/2018

Uno. ¿Puede enloquecer un país? Puede. La Italia del Duce. La Alemania nazi. El Japón del Eje. Los Estados Unidos de “Bóreas” Trump. Cosas distintas son el grado y el alcance del trastorno mental.

Dos. Si un tema reanima a la tragedia griega, es el desenlace de los alucinados, paranoicos Mussolini, Hitler, Hiroito y el posible de Trump; esto en el contexto de sus sociedades hundidas en un desastroso “break down”.

Tres. Tragedia griega moderna, enfermizamente fascinante, es cierto, es el final del Tercer Reich. Un “bunker” hediondo a detritus, sin luz eléctrica, en el que Hitler, pestilente, oscuro, dispone movimientos tácticos de tropas inexistentes; un Berlín día a día devastado.

Cuatro. Su galería de asesinos, Himmler, Von Schirach. Goering, Goebbels, Külcher, Berger, Eichmann y demás caterva, enfilados a los Juicios de Nüremberg.

Cinco. Por citar dos monstruos más, a Röhm se lo había despachado el propio Hitler “la Noche de los Cuchillos Largos”, y a Hayrich, uno de los artífices de la Solución Final, la resistencia checa. Antes de caer en manos del Ejército Rojo, en el “bunker” de Berlín, se suicidan Hitler y Goebbels. Acompañados. Hitler de Eva Braun. Goebbels de sus hijos y su esposa.

Seis. En Alemania, una moda historiográfica tendrá lugar décadas después. El testimonio de las secretarias que sobrevivieron a la muerte de los jerarcas que las emplearon. Tal es el caso de Brunhilde Pomsal, una de las secretarias del Ministro de Propaganda e Instrucción.

Siete. A quien Thore D. Hansen, sociólogo, periodista, localiza, filma y convierte en personaje del libro Mi vida con Goebbels. A disposición, ya en español, de quienes deseen conocer el nivel de complicidad, anuencia silenciosa, vil lavado de manos de Pilatos, irresponsabilidad ciudadana, al que puede ser conducida una sociedad, por la manipulación y la enajenación ideológicas de los hombres del poder.

Ocho. Después de desempeñarse en la radio oficial parda, a Brunhilde se le traslada al Ministerio de Propaganda, desde el que su jefe Goebbels, a través de la radiofonía, el cinematógrafo, la prensa y la publicidad inoculaba a la población alemana el veneno del que es recipiente el libro Mi lucha.

Nueve. Terribles, pero aleccionadoras, resuenan hoy por hoy las palabras de la Pomsal, ya rehecha y reunificada Alemania, ya derrumbado el Muro, ya transformados los campos de concentración en lugares de peregrinación turística.

Diez. “En lo que a mí respecta, siempre he respondido igual a la eterna pregunta de la culpa: no, no soy culpable. No tengo ni pizca de culpa. ¿Culpable de qué? No me considero culpable de nada, es la verdad”.

Once. Y añade, quien compartiera el mismo espacio, y ceremonias, y festejos de oficina, con uno de los más brutales criminales del nazismo, responsable de la indoctrinada educación alemana, Joseph Goebbels, lo que cito a continuación.

Doce. “A menos que haya que culpar a todo el pueblo alemán de haber allanado el camino de los nazis, claro. Porque en ese sentido sí que tuvimos todos nuestra parte de responsabilidad, también yo”.

Trece. De haber allanado el camino, apoyado el ejercicio del poder, consentir sus atrocidades, participar de mil maneras en lo que se prometía catástrofe, perfecta tormenta aniquiladora.

Catorce. De eso se trata, históricamente. De inconsciencia colectiva, resguardo a toda costa de las zonas de confort, dosis proféticas milenaristas; pero objetiva complicidad pasiva, ante situaciones cuyos despropósitos y demasías son plenamente visibles para quienes saben, y sobre todo, quieren ver. Para quienes cierran los ojos (y con los ojos el sano juicio), no.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.