Los diarios de Alfonso Reyes
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Los diarios de Alfonso Reyes

COMPARTIR

···

Los diarios de Alfonso Reyes

11/10/2019

Uno. Asistí gustoso, y la neta nostálgico, el pasado 25 de septiembre, a la Capilla Alfonsina, para la presentación del último tramo de los diarios (1924-1959) de su constructor. Aunque la tarde, lluviosa, congestionada de tráfico, parecía desalentar la concurrencia, la sala estaba al tope. Los tomos en cuestión, fueron el V (editado por Javier Garciadiego), el VI (editado por Víctor Díaz Arciniega) y el VII (a cargo del que suscribe y de Belem Clark y con la colaboración de América Viveros). Condujo la mesa Alberto Henríquez Perea, y estuvimos los involucrados, salvo Javier, que regresaba con retraso de Madrid (no pude evitar la humorada, de que, si España carecía aún de Gobierno, ¿cómo esperar puntualidad en su sistema de aeropuertos?).

Dos. Derivaba la nostalgia de un cúmulo de situaciones. Mi larga amistad con Alicia Reyes, nieta, heredera y generosa directora a la sazón de la Capilla Alfonsina. Que, en más de un exilio político universitario, la Capilla fuera mi sitio de acogida. Que, en sus reservorios investigara vida y obra y papeles de don Alfonso, parte importante mi quehacer académico. Que ahí fraguáramos con Alicia, el proyecto, enseguida apoyado con decisión por José Luis Martínez (su coordinador general), Gabriel Zaid, Belem Clark y Javier Garciadiego, entre quienes recuerdo, que culminaría con la edición completa de los diarios de Alfonso Reyes; edición completa, ejemplo desusado en nuestro medio, de transversal colaboración de investigadores e instituciones. Con los de Federico Gamboa, uno de los “desaparecidos” por culpa de la Guerra Sucia Cultural Post 68, los diarios de Reyes, levantan dos de nuestros monumentos literarios.

Tres. Antes que ocuparme del contenido anecdótico, riquísimo, del tomo VI (1951-1959), expuse “14 puntos de literatura testimonial”. Ese género de literatura (epistolarios, diarios, autobiografías, memorias, entrevistas de fondo a lo Emmanuel Carballo), que tanto desdeñaran las autoritarias modas estructuralistas y post estructuralistas, y, en fin, todos aquellos críticos e investigadores que juzgan a la literatura apátrida, especie de autarquía del lenguaje. Como si los autores nacieran de la nada, sin referentes nacionales, geográficos (y hasta geopolíticos), generacionales, contextuales, personalísimos.

Cuatro. A inocentada cognitiva me suena el intento de analizar, estudiar, predicar sobre, la obra vasta de Reyes (o de Tablada, o de Guzmán, o de Revueltas, o de Rulfo), dejando fuera sus respectivas vidas y circunstancias. Ya lo precisó Joseph Conrad: obra y vida corren juntas; un escritor “vive en sus obras”; su obra es la única “realidad en medio de un universo inventado, entre objetos, acontecimientos, personas imaginadas. Al escribir de todo ello, el novelista no hace otra cosa que escribir acerca de sí” (Crónica personal). Y lo que vale para la narrativa, vale para la poesía y para esa varía invención (prosa, poesía) de la que Reyes, al igual que no pocos de sus co-ateneístas (Torri, Silva y Aceves, Vasconcelos, Díaz Dufoo Jr., el citado Guzmán), dio esmeradas muestras. Al mismo tiempo, narradores, poetas, ensayistas (incluso tratadistas en el caso de Reyes), periodistas culturales. Vidas que no inhiben, antes sazonan, la apuesta estética.

Cinco. Hablar de don Alfonso es hablar de Monterrey, las familias Reyes y Ochoa, su padre mi general Bernardo Reyes (condenado, todo lo acusaba así, a suceder a Porfirio Díaz en una especie de porfirismo sin Díaz, ya plenamente moderno y quizá dando lo suyo al fin a la sensibilidad social); un casi infantil debut literario; las aventuras ateneas; el ametrallamiento del progenitor frente a Palacio Nacional; las desgarraduras, el exilio; la formación cabal en Madrid del escritor y de la persona; una carrera diplomática de excepción en Europa y Sudamérica; un regreso definitivo a la patria en el que poco a poco presidirá la República de las Letras, participará en la creación de El Colegio de México y de El Colegio Nacional, la hará digamos de CEO del exilio español republicano (listas, alojamientos, colocaciones), y ocupará su inagotable tiempo en tres vastos proyectos: las Obras Completas, Historia documental de mis libros y, por supuesto, las entradas, hasta el último aliento, de sus Diarios.

Seis. No pude menos que ocuparme del enojoso, manipulador, laico-evangélico, asunto de la edición oficial de su Cartilla Moral. Texto bajo pedido, aunque guiado por pluma poderosa, de un nivel conceptual e imaginativo por debajo de otras realizaciones alfonsinas (sobran los ejemplos: de Visión de Anáhuac a Junta de sombras, de Cinco minutos por Mallarmé a Berkeleyana, de El plano oblicuo a Discurso por Virgilio, de A lápiz a cualquiera de las series de Marginalias).

Siete. Autor verdaderamente grande en las letras hispanoamericanas, pero apenas leído, Reyes merece sin lugar a dudas el empujoncito del Estado promotor de la lectura (de la cultura literaria). Si el criterio en juego no fuera el coyuntural de la absorbente “grilla”, Cartilla moral no sería el texto aconsejable a promover, popularizar. Pero así andamos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.