Fernando Curiel

Recinto surrealista

El autor hace un recorrido de la obra de Leonora Carrington, ante la noticia de que sus descendientes donaron a la UAM el estudio de la artista. Tal y como ella lo habitó hasta su deceso.

A Liliana Mercenario Pomeroy

Uno. No obstante haberlo estudiado entre los ismos fundamentales del siglo XX, tales como el Futurismo y el Cubismo, reconocerle su carga revolucionaria, consignar el paso del pontífice André Breton por nuestros lares (que al punto justipreció “surrealistas”), y que aquí hallaron buen puerto dos de sus principales exponentes, la inglesa Leonora Carrington y la española Remedios Varo, el Surrealismo nunca ganó mi plena adhesión. Si exceptuamos a Magritte.

Dos. Siempre pensé que la sub o intra realidad no podía contenerse, so pena de reducirse a pálida sombra o miniatura, en el corto espacio de un poema o de un lienzo o incluso un mural. Idea que hizo trizas el descubrimiento de Carrington escultura, modalidad que la pintora profesó ya avanzada su edad. Si el surrealismo nace y se expresa en los terrenos del sueño, fijas han quedado no obstante muchas de sus piezas hasta ahora dadas a conocer.

Tres. Por las décadas pasadas entre nosotros, pintando, escribiendo, desarrollando su honda personalidad, y a la postre revelándose como extraordinaria escultora, la de la Carrington se impone como vida mexicana. Que ya anciana vigorosa, realizara esculturas de gran formato, materialización de su imaginación onírica tradujo para mí una revelación.

Cuatro. Con una contundencia corpórea, plena a la mirada, se alzaban figuras fantásticas que mantenían presas telas y marcos. Animales, seres, objetos que las buenas maneras museográficas prohibían tocar, aunque inmóviles se animaban al momento de observarlas de frente o a los costados, rodearlas. Y no faltaba la que parecía seguirte.

Cinco. En el elenco de museos o casas de nuestros plásticos, aun arquitectos y escritores de enorme calado, una ausencia se hacía ostensible, la del lugar de creación de Leonora. Eso que puede llamarse la “Cocina” del creador y que en algún momento nos llevó a fraguar una “La cocina del escritor”, proyecto del que ahora sólo recuerdo los testimonios de Inés Arredondo y de Rubén Bonifaz Nuño.

Seis. Rituales de la creatividad. ¿Meditación? ¿Rezos? ¿Invocaciones? ¿Colocación particular de los instrumentos de trabajo? ¿Algún fetiche? ¿Cierta intoxicación? ¿Genuflexiones? ¿Determinadas lecturas sabidas llaves eficaces para abrir las primeras frases, las primeras pinceladas? ¿Luz natural, artificial? Rituales pienso que podrían extenderse al acto de lectura.

Siete. No todos leemos de la misma forma. Alguien requiere mullido confort. Otros lo hacen de pie, el libro en las manos o reposando en un atril. Y no falta, me cuento entre ellos, que gusten hacerlo caminando.

Ocho. Como tantas en el mundo, la Ciudad de México, de acuerdo, sigue enclaustrada, por lo menos sus recintos culturales, museos, teatros, salas de conciertos, bibliotecas, menos cada vez sus librerías. Pero, cambios de luz del semáforo epidemiológico aparte, la esperanza rabia, se empecina. Los tiempos de recuperarla vendrán más temprano que tarde.

Nueve. De ahí que motivo de celebración ha sido la noticia de que los descendientes de Leonora Carrington hayan dispuesto donar a la Universidad Autónoma Metropolitana el estudio de la artista. Tal y como ella lo habitó hasta el momento de su deceso.

Diez. Ahora que la buena nueva se acompaña de una singular novedad. En vez de su obra pictórica, casi toda ella vendida y por tanto en manos de sus adquirentes, el estudio se puebla de manera principal con sus piezas escultóricas. Más de 60 hasta donde tengo noticia.

Once. No importa que la peste, ya en su segundo año letal (y tan inepta y desdeñosamente encarada por nuestro gobierno, ocupado en el auto bombo), impida por ahora el traslado a la calle de Chihuahua de la Colonia Roma.

Doce. El momento llegará en que abrirá sus puertas la casa del número 194 y se pueda acceder a la Cocina, la de la creación, de la prodigiosa artista. Sus instrumentos de labor, recuerdos, cosas preciadas, fotos, libros, incensarios, ceniceros. Recorrido atestiguado por esculturas, modeladas en plastilina o ya fraguadas en bronce.

Trece. Nacida en Lancanshire, Inglaterra, en 1917, la pintora, escultora, grabadora, escritora Leonora Carrington, vivió la Europa de fascismos, demencias bélicas y subversiones estéticas, descensos a antros psiquiátricos y convivencia con Dalí, Miró, Picasso, Ray, Bretón, Ernst, Buñuel y congéneres. Su relación sentimental con Marx Ernst, la interrumpe la detención del pintor.

Catorce. Para escapar del infierno en que se convirtió Europa, casa con un diplomático mexicano, el poeta por valorarse a cabalidad Renato Leduc. Tras un año en Nueva York, llega a nuestro país en 1941. Donde fallece en 2011, a la edad de 94 años. No sin dar su apoyo al feminismo y encontrar en la escultura la materialidad de sus sueños.

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