Uno. El largo confinamiento (que se enquista), salvo para quienes el trabajo expuesto es cosa de vida o muerte (choferes, puesteros, servidumbre, personal médico, quienes tuvieron que abordar la fatídica Línea 12 de Metro la noche del 3 de mayo), ha implantado enajenaciones que ya se venían pronunciado: gadgets, plataformas, series combustionadas por el morbo, computadoras, celulares y cuanta adminículos alivien la vida aprisionada.
Dos. Otro efecto, este positivo, podría ser el del regreso a la costumbre perdida de la lectura de novelas de aventuras, en las que esplenden los nombres de Julio Verne, Salgari, Jack London, Stevenson y tantos otros; sobre todo las que se despliegan en la vasta geografía. La tierra ya descubierta o por descubrir; los océanos en su superficie y en sus profundidades; el espacio aéreo y aún sideral. Todo lo que apareje movimiento, rutas, novedad, aire libre, exclaustración.
Tres. Hablo de una sanadora experiencia personal reciente. La embebida “aplicación” a La vuelta al mundo en 80 días; ocasión de evocar el significado que en la literatura universal guarda la copiosa obra de Julio Verne, a él mismo, a la iniciación infantil y juvenil en la lectura (y al despropósito de colocar a nuestro “Cantinflas” al lado de David Niven en la versión cinematográfica).
Cuatro. Nacido en Nantes en 1828, y fallecido Amiens en 1905, el francés Julio Verne incursionó en géneros narrativos existentes en su época y por existir en las venideras; de la muy frecuentada novela de aventuras a la ciencia ficción; larga brega narrativa en la que su inagotable imaginación fue prefigurando prodigios tecnológicos, máquinas, aparatos, que hoy nos parecen de crédula normalidad. El cohete espacial. El submarino.
Cinco. Sólo que no hay tal. Exigencias de producción y consumo de una literatura en apariencia sólo rocambolesca, saltarina, episódica; reclamo de públicos lectores de avidez aventurera; el crecimiento de una industria editorial que de nacional pasó a transnacional; obligaron a no pocos autores, Verne a la cabeza, a soltar las amarras del numen, internarse en lo ya sabido, pero también en lo desconocido, fantasear al empuje de la necesidad compulsiva de la acción.
Seis. Los episodios históricos, la leyenda, la geografía, la ciencia, los medios de locomoción y de comunicación, las costumbres nacionales, el folklore. Guerras y conflictos del pasado, mitologías, tierra y mar y cielo escudriñados, realidades y posibilidades del conocimiento, transportes marineros de toda suerte y por supuesto los caminos de hierro del ferrocarril.
Siete. El recuento de la producción de Verne así lo constata. Nada de asombroso tiene el título de su primer “best seller”, Cincos semanas en globo, aparecida en 1863. Y siguieron, como más señaladas, Viaje al centro de la tierra en 1864, De la tierra a la luna en 1865, Veinte mil leguas de viaje submarino en 1870 y la que aquí traigo a cuento, La vuelta al mundo en 80 días (1873, reitero). Novela ésta de las que, en términos de aventuras, espacios, medios de transporte, las anteriores semejan preparación.
Ocho. De cualquier manera, todas y cada una, gran repertorio de desplazamiento, novedad territorial, para estas sociedades de 2021 varadas, reducidas al estrecho cerco de cuatro paredes. Leyendo a Verne vivimos la experiencia prohibida del viaje. Lo pruebo.
Nueve. Londres. Phileas Fogg, reservado pero excéntrico caballero solterón, tiene su domicilio en Saville Row, la misma casa en la que muriera al formidable orador Sheridan, y es miembro del Reform Club sito en Pall Mall al que asiste a diario. Su actuar en la morada y en el club están marcados por la reserva y la exactitud. Corre el miércoles 2 de octubre de 1872. Antes de marchar al Reform, contrata a un nuevo sirviente, alias “Picaporte”. Francés de origen.
Diez. En su club, Fogg forma desde siempre una mesa de whist con un grupo de socios. De un robo audaz al Banco de Inglaterra, la conversación se traslada a la imposibilidad de darle la vuelta al mundo en 80 días. Fogg afirma que sí. El resto que no. Se traba una apuesta. Fogg regresa a Saville Road, apresta a “Picaporte” y de inmediato se inicia la aventura.
Once. No invado la primera o enésima lectura de tan afortunada, sobre todo en estos tiempos, novela verneana, que emociona y revela parajes inesperados del mundo. Innúmeras son las peripecias, todos los medios de transporte, a porrillo los episodios que se suceden guiados por mano maestra (envidia que sería de cualquier guionista o equipo de guionistas de Netflix). Y oportunidad inmejorable de don Julio de prodigar datos geográficos, astronómicos, históricos, gastronómicos de los puntos tocados.
Doce. Phileas Fogg regresa a tiempo, cual manecilla de reloj. Oportunidad tiene “Picaporte” de probar en China, en Japón, en la India, en aquellos Estados Unidos que acababa de expandirse a costa de nuestro país, sus talentos. El apostador gana la apuesta. Aunque antes había ganado el corazón de una hermosa viuda hindú a la que rescató de la hoguera en la que el fanatismo intentó inmolarla.