Fernando Curiel

Torri en Tabasco

En Tabasco está resguardada la biblioteca de Julio Torri, poeta en prosa, autor de minificciones, de encapsulados ensayos, dado al redondo aforismo.

Uno. Para gran contento de Vicente Quirarte y el que suscribe, sus compiladores, la Secretaría de Cultura del Gobierno de Tabasco, recién publicó el libro Julio Torri de la A a la Z. Modo de participar en el homenaje por el medio siglo (más un año) de ausencia del excepcional escritor nacido en Saltillo, Coahuila, el 27 de junio de 1889, y fallecido en la Ciudad de México el 24 de mayo de 1970. Longevidad que lo convirtió, junto con Martín Luis Guzmán, en el último par de sobrevivientes del Ateneo de la Juventud (Guzmán lo sobrevivirá seis años).

Dos. ¿Por qué Tabasco? Por la sencilla razón de que Tabasco resguarda la biblioteca de don Julio (biblioteca con lo suyo mitológico: algunos de sus libros empastados con ropas nupciales o piel humana). Merecimiento que se robustece ahora con la edición, si bien en formato de bolsillo dueña de esmerada elegancia, dando pie además a una serie que, en el nombre, “Varia”, mienta inevitablemente a Torri. Poeta en prosa, autor de minificciones, de encapsulados ensayos, dado al redondo aforismo.

Tres. Escasa fue la obra de Torri, merced quizá a su dictado de que, a partir de cierta edad, la única labor del escritor consistía en producir obras maestras. En 1917, dio a la estampa Ensayos y poemas; entre 1925 y 1926, Sentencias y lugares comunes; en 1942, De fusilamientos; y en 1964, Prosas dispersas. Amén de que, en 1954, publicara Historia de la literatura española, fruto de sus clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Docencia mantenida hasta el (casi) último suspiro.

Cuatro. El desaparecido amigo, francés, canadiense y mexicano, Serge Zaïtzeff, dedicaría no pocos de sus empeños de investigador al rescate y publicidad de la dispersa obra de un escritor que huía tenaz de los reflectores, enigmático, pero precursor de ese furor ciclista que está marcando el ritmo urbano, por lo menos (hasta ahora) de la Ciudad de México. De la corta y al parejo deslumbrante textualidad del hijo de Saltillo, tomé noticia en el taller literario Mester, de uno de sus geniales devotos: Juan José Arreola. Pero no se me ocurrió, y lo lamento, que nos llevara a visitarlo. Río de la Plata quedaba a tiro de piedra de la Plaza Finlay, lugar de residencia del secreto Julio Torri.

Cinco. De alguna manera, más que en una obra copiosa, a lo José Vasconcelos, o de plano descomunal a lo Alfonso Reyes, la impronta torriana habrá que buscarla en otros quehaceres. Su participación en el equipo vasconcelista. Su jefatura del Departamento Editorial, que fusionaba los sellos de la Universidad Nacional de México y de la recién estrenada Secretaría de Educación Pública, y en cuyos hornos se fraguó, entre otras colecciones, la de Clásicos. Su coautoría de la Editorial Cvultvra, y en la de inmediato naufragada revista La Nave (en gran medida, segunda revista del Ateneo de la Juventud, después de Savia Moderna). Su honda huella en las direcciones de avanzada de la literatura patria. Sus traducciones de Pascal y de Heine.

Seis. ¿Por qué Julio Torri de la A a la Z? Por su mencionada honda influencia entre los suyos y las generaciones subsecuentes (incluso entre los muy jóvenes que, desconociendo la matriz, exploran la obligada brevedad de formatos y plataformas electrónicas). En 1989, Vicente Quirarte como Secretario de Redacción, y yo como titular, cumplíamos la empresa, acordada de tiempo fijo, determinado (lo que impele a echar todo el tiempo al asador toda la carne), y en la introducción del libro bajo comentario, hago mérito al formidable, multidisciplinario comité editorial que nos acompañó en la corta aventura.

Siete. Tenía lugar el centenario del nacimiento de don Julio. ¿Cómo celebrarlo más allá de rituales de boca para afuera? Con el registro de su huella en diversas épocas, con el objeto de ofrecer la lectura polifónica de un autor de la significación, y aura, de Torri. Convocatoria atendida con puntualidad y fervor, fervor crítico. Cerca de cuarenta colaboraciones, que usted puede fruir, a falta explicable de aquel número de Revista de la Universidad de México, en el librito tabasqueño. Sin desdoro de otras plumas (Cardoza y Aragón, García Cantú, Martínez, Carballo, Batis, Espejo, Elizondo, Zaid, etcétera), me detengo en quien me descubriera al coahuilense. Arreola.

Ocho. Por demás afortunado, en sí un texto, el título que eligiera: “Don Julio, en su torri de marfil”. El tiempo de cierre se cernía fatal, y la contribución, ineludible, no llegaba; cuidadosas exhortaciones telefónicas de mi parte, la salud de Juan José mermaba; pero el texto llegó al fin, de mano de su hermano Antonio. Agradezco volver a leer el Torri de Arreola. En breves párrafos un retrato de cuerpo entero. Invito a constatarlo.

Nueve.  Sólo un pasaje. Torri ha ido a, y regresado de, Mascarones, montado en su bicicleta. Arreola y Ernesto Mejía Sánchez, lo interceptan para acompañarlo a su casa. La ocasión se pinta calva, y surge la pregunta de por qué el perfecto prosista no escribe más. Clara pero festiva respuesta, sin perder el control del manubrio, frenar suavemente: “Por favor, no escriban de más ni para los demás, que viene a ser lo mismo. Escriban para ustedes mismos, y si otros los escuchan leyéndolos, magnífico, y basta con que sean dos o tres”. Ingresan a la casa, a la biblioteca, a la biblioteca casa. Y Torri alcanza el cénit.

Diez. Pone a la vista una edición con las obras completas de Baudelaire; informa que “empastadas con la piel de una mulata asesinada en Londres por celos”. Y, como si nada, prosigue: “¿Saben ustedes cual es el mejor tratamiento para conservar frescos los libros encuadernados en piel?” Sin esperar la respuesta de Arreola, todo un sibarita en el trato del libro, ni de Mejía Sánchez, que no se quedaba a la zaga, suelta la fórmula, que consigna Juan José.

Once. “Sencillamente manosearlos, pasárnoslos por la piel, para que se impregne de nuestra viva y crasa sustancia de mamíferos”. Y acto seguido, recuerda el autor de Bestiario, “se pasaba y repasaba un libro por toda la cara, el cuello y los brazos, como si fuera un jabón”. En efecto: Julio en su torri, tal cual vivió su reservada y extravagante existencia.

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