Uno. En el marco del Estado moderno, han florecido diversas especies, unas benéficas, otras insulsas, y no pocas malignas, de regímenes monárquicos a secas o parlamentarios, democráticos o semidemocráticos, fascistas, totalitarios, autoritarios; inclusive ahora que “se lleva” (como en toda moda) lo post: post monárquicos, post democráticos, post fascistas, post totalitarios, post autoritarios.
Dos. ¿Qué por qué me meto en este papasal? Pues porqué de repente añoro mis estudios de Derecho (primera carrera universitaria), seguidos de su práctica en la Suprema Corte de Justicia (la de los 60 del pasado siglo); años luz en que me tironearon el Derecho Constitucional, la Teoría del Estado y el Derecho Penal (que se llevó la partida). Y porque la ferocidad y las bajezas de la campaña electoral, tienden a ocultar lo que, me temo, está de fondo: el propósito de dinamitar el régimen dispuesto por la Carta Magna de 1917. Remendada, en jirones, pero mexicana Carta Magna.
Tres. Dialéctica síntesis del acontecer social, político y cultural, a raíz de la Guerra de Independencia: paso de mera Colonia Ultramarina del (entonces) Imperio Español, a Estado-Nación Americano. Primera emancipación, política, jurídica, nuestra; a la que seguiría la liberal de la Reforma, la artística del Modernismo y la estructural de la Revolución Mexicana (las Revoluciones Mexicanas, mejor dicho).
Cuatro. ¿Cómo nos conformó la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos vigente? Como República Federal, soberana, representativa, popular, dividida (equilibrada puede decirse) en tres Poderes: el Ejecutivo unipersonal, el Legislativo colegiado y el Judicial asimismo colegiado. Con una célula administrativo-comunal, el Municipio Libre; y la innovación para la época, de unas Garantías Sociales parejas a las Garantías Individuales. En esencia. Cosa diversa es y está siendo la de su aplicación.
Cinco. ¿Dinamitarla, o para no sonar exagerado, burlarla, por qué y para qué? ¿Qué demontres tiene que ver la letra y el espíritu de disposiciones constitucionales que fraguaron una agenda todavía moderna de Nación, con la disputa por el poder, las ambiciones y no pocas veces infundadas megalomanías personales por no decir personalistas? Los cuatrienios y después sexenios, pasan, se los traga casi siempre la historia sin reparar (si los hubo) en aciertos estadistas. La Constitución permanece (o debería).
Seis. Para el asunto de la historia y la tipología, sus matices y vasos comunicantes, de los distintos regímenes políticos (algunos queriéndose sociales, mentales, introyección, lavado de cerebro), traigo a cuento un clásico, escrito (pensado, investigado) por un teórico de la política, de origen español, profesor de la Universidad de Yale, y que, sólo accesible en idioma inglés, merece una pronta traducción al español (y si ya existe, la desconozco).
Siete. El autor del que hablo es Juan J. Lenz, y el clásico al que hago propaganda, se intitula Totalitarian and authoritarian regimes, y lleva por subtítulo “With a major new introduction” (lynne Rienner Publishers. London, 2000). Esto en razón de que el libro de marras pasó por dos etapas. Publicado por vez primera en 1975, como parte de un “handbook” sobre ciencia política, décadas más tarde, se plantea una nueva edición, lo que impone a Linz un dilema. ¿Reescribirlo? ¿Ampliarlo?
Ocho. Si fascismo italiano, nazismo, Guerra Fría, “Deshielo” soviético, Transición Posfranquista, correspondían a un pasado muy o menos lejano, en 1989 la caída del Muro de Berlín, en efecto dominó, había arrastrado consigo a la Europa Socialista, la que se pudría tras el Telón de Acero, y a la propia Unión Soviética. Lejos del 2000 quedaban, en cambio, la corrosión democrática de Nicolás Maduro, el American First neo fascista de “Bóreas” Trump y el México de 2021, en trance de “ampliaciones” de períodos de poderes no previstos por la Constitución.
Nueve. Sin abandonar el alto vuelo especializado que demanda la pesquisa de los sutiles distingos entre totalitarismo y autoritarismo, o entre totalitarismo y post totalitarismo, por citar obvios casos, el estudio de Lenz auxilia indudablemente para la comprensión de sucesos que la pandemia y sus antecedencias, agudizan, fuera y dentro de nuestro país; caso concreto del que, si bien no emite conceptualización alguna el autor, juzga “complex and fluid” (quedándose, creo, corto).
Diez. Y si digno de atención es el enfoque del régimen “Sultanistic”, en lo personal encuentro por demás jugosa la categoría “Chaocracy” en la que, puedo jurarlo, nos debatimos. Fluido (aunque no pocas ocasiones, estático, anquilosado); complejo (y en veces de una simplicidad propia de la política menor); sultanesco, en todos los estratos del poder, político económico, “mediático” (aunque desaparecido Octavio Paz no en el cultural); e incuestionablemente “caocrático”; se exhibe el México de hoy, mañana y pasado mañana. Que también son los tiempos de la peste.