Uno. Intermedio en la pandemia, gasté unos días en Taxco, mi pueblo adoptivo aquejado por calamidades varias: la peste en su segundo año, el adelgazamiento del hilo del turismo, la controvertida candidatura al gobierno del estado (el INE le pasa al Trife, que en jugada de pared le devuelve al INE). Pero otros aires, gratos rencuentros, y el azar de mi desorden bibliotecario (aquí y en la Ciudad de México). Pero, ¡bingo!
Dos. Me topo con una colección, testimonio de pasadas bonanzas institucionales, hoy sometidas a tozudos recortes. Colección auspiciada por la Fundación para las Letras Mexicanas (en la que acabara la Fundación Octavio Paz pastoreada por el entonces “Preciso” Zedillo), el Tecnológico de Monterrey (y en su seno una otra Capilla Alfonsina, distinta a la original de la Condesa chilanga) y el Gobierno del Estado de Nuevo León; editada por el Fondo de Cultura Económica; y coordinada por (ni más ni menos) Carlos Fuentes.
Tres. Intento, uno más, por conducir a Alfonso Reyes, uno de nuestros escritores con mayor donaire tocados por la gracia (como Torri, como Arreola), a playas populares. Serie de diez tomitos que sospecho negociada, con sus estiras y aflojes, toma y daca; tanto así que faltan temas (¡no está, con pelos y señales, Monterrey!), incluye nombres que sólo explica la grilla, y su tiraje de sólo dos mil ejemplares desdice el propósito divulgador (no confundirlo con la maniobra evangélica de la que ya nadie se acuerda).
Cuatro. Me afano en el primer tomo, México, prólogo y selección de Carlos Monsiváis. Don Alfonso y don Carlos, recluidos ya en sus respectivos paraninfos: el Helicón y el Camp. Sabedor de la reluctancia del segundo al Ateneo de la Juventud, tropa de la clase media porfírica, sin excluir la del poder (caso de Reyes), viva curiosidad me producía su interpretación, y selección. Reconozco, a la par, justeza y agudeza. Bien respondida queda la pregunta inaugural. ¿Qué interrogante?
Cinco. Cito: “¿Qué significa México (el término, las realidades, las mitologías) en la obra y la actitud de Alfonso Reyes?”. Me place anticipar la respuesta. En don Alfonso, al igual que en muchos escritores, a través de la “nación” (digo que se antojaba una mayúscula inicial), “les corresponde la herencia que es la biografía colectiva y la autobiografía”.
Seis. Alfonso Reyes, hijo sí de sus circunstancias, pero igualmente de elecciones vitales acordes con sus numerosos talentos de excepción, firme timón entre tropiezos y adversidades en la singladura por Europa, América del Sur, México de nueva cuenta. El trazo de los pasos queda bien contado. El Helicón y el Camp dialogan con soltura (lo que no puede decirse de otros de los títulos, a los que ni por pienso, yo me asomaría).
Siete. ¿La selección? No menos afortunada. Amén de Visión de Anáhuac, de México en una nuez, de Yerbas de tarahumara (que lastimara la prepotencia de Antonio Castro Leal, causándole entripado a su autor), de un fragmento de Pasado inmediato, redondo ejercicio de historia intelectual al que sólo faltó la Segunda Vuelta del Ateneo, la Revolución Mexicana en plena marcha (¡ay qué tiempos señores Obregón y Vasconcelos!); dos muestras que competen al presente (a la puritita deriva).
Ocho. Un notable ensayo alfonsino de 1939, y un par de reflexiones de 1946. En el contexto de la Casa de España, que derivaría en El Colegio de México, su presidente, Reyes, se da a la justiciera tarea de publicar, por vez primera en texto separado, un clásico de la historiografía nuestra, La evolución política del pueblo mexicano, del inmenso Justo Sierra. Uno de los “Nilos benéficos” de América. Y, en la revista Todo, se explaya con “Alfabeto, pan y jabón”, y “Las características actuales y las futuras”. Del mexicano, por supuesto.
Nueve. Cito de la primera reflexión: “¿Qué dará de sí nuestra gente cuando haya resuelto y edificado la base de sustentación? A veces me he echado a soñar con ese México, no digamos ya feliz porque eso sería mucho y aún imposible: siquiera suficiente. Hasta hoy todos vivimos aquí un poco a trompicones, y menos mal los que de veras podemos llamarnos privilegiados. Pero nosotros mismos traemos cara de mala conciencia. Sabemos que hay cadáver en la bodega”.
Diez. Y sigue: “Cuando pensamos en el país, vagamente nuestra subconsciencia nos representa inmensos reductos de poblaciones que arrastran una existencia infrahumana. ¿Qué será este pueblo, una vez que todos sus hombres hayan tenido acceso al Hombre? Entonces y sólo entonces sabremos lo que da de sí nuestro pueblo”. Vías: alfabeto, pan y jabón. “Y todo lo demás se os dará por añadidura”.
Once. Entre premonitorio y realista se exhibe Reyes, respecto a las notas definitorias de lo mexicano. Opina que lo manifiesto y lo posible es frenado por “las estrechas circunstancias de angustia vital en que nos desenvolvemos hasta ahora”. ¿1946 distinto a 2021?