Uno. Como es bien sabido, el invento, que llegó para quedarse, el rascacielos, mismo que data de finales del siglo XIX; reorientó el crecimiento, y simbolismo y gloria, de las ciudades. Al suelo y subsuelo, se agregó el cielo, y edificaciones cada vez con mayor altura, disputaron el prestigio, si natural de ríos, si cultural de templos y museos (que se quisieron templos, hasta que llegó la moda de su deconstrucción, en la que seguimos con todo y su cierre/apertura/cierre, pandémicos).
Dos. Conjuntaron los rascacielos, a especuladores inmobiliarios, estado del arte de la ingeniería, y ambiciones arquitectónicas. Máximos rendimientos en menor espacio para los primeros; innovaciones en estructuras y materiales respecto a lo segundo; y oportunidad de imprimir un nuevo sello al paisaje urbano, en el tercer caso.
Tres. Aparejó, el rascacielos, la factura de ascensores (ese mecanismo al que falta su antropología), y otorgó, con el Empire State, su tumba (y sitio de peregrinación), al Rey Kong, King Kong (recientemente exhumado por Hollywood, junto con Godzilla; como si terrores nos faltaran). Revolución semejante, no volverá a producirse sino hasta la puesta en escena, en el transporte globalizado, del contenedor (aunque en la ruta marina, un gigantesco barco acaba de ocluir el tránsito del Canal de Suez).
Cuatro. En el libro Cómo construir rascacielos (H. Blume, 2017), su autor, John Hill (apellido que ni mandado a hacer), abunda en los tres elementos arriba destacados, y muestra una selección de 46 de ellos, sobre la base de una obsesión: la diferencia, que ningún rascacielos se parezca a otro. Por lo menos ni en altura ni en fisonomía. Por lo que se refiere a la altura, a la fecha de publicación del libro, el laurel correspondía al rascacielos Burj Khalifa, en Dubai. En cuanto a la fisonomía, no cabe duda que en gustos se rompen géneros.
Cinco. Si se me preguntara, respondería que mi preferidos siguen siendo el Flatirion (1902), de 87 metros de altura y con 21 plantas; y el Chrysler (1930), de 319 metros de altura y con 77 plantas; ambos de la ciudad de Nueva York, que he fruido no pocas veces. Aunque añadiría, la Terminal Tower (1928), de Cleveland, Ohio, con sus 216 metros de altura y 52 plantas; que sólo he visto en fotografías. Por el contrario, me purga, el alzado en la esquina de Churubusco e Insurgentes, donde estuvo el cine Manacar, y al que llamó, apenas exacto, “El Puñetazo” (así de agresivo resulta).
Seis. Aunque tarde, la Ciudad de México no podía sustraerse a la corriente, y, al hacerlo, modificar su dominante paisaje de edificios bajos y cúpulas y torres de iglesias. Se cuenta, como el primero, o uno de los primeros, el que albergaría a la Lotería Nacional. Tuvo que ver con el desarrollo de la Colonia Tabacalera, y se destinó a oficinas públicas. Su avanzada cimentación, flotante, se debió al ingeniero José Antonio Cuevas. El proyecto arquitectónico, corrió a cargo del arquitecto Manuel Ortiz Monasterio, teniendo de colaboradores a sus colegas Bernardo Calderón y Luis Ávila. Mientras el arquitecto Vicente Mendiola diseñó el vestíbulo y el salón de sorteos. 107 metros de altura, 22 pisos.
Siete. El estilo Art Deco, característico del precedente Edificio Ermita (del que ya nos hemos ocupado), de la Colonia Hipódromo-Condesa, y de la Colonia Tabacalera, impuso su particular sello al imperial Paseo de la Reforma. Inaugurado en 1945, se le llamó El Moro, por semejar, para la imaginación urbana, una tienda morisca. Fue el primero en colocar un letrero con gas neón; y, en 1950, alzó la antena de la televisora XHTV, que inició sus transmisiones. El ritual del salón de sorteos, el color del uniforme de los niños “gritones”, mensajeros de la Diosa Fortuna (tan veleidosa), sus esperados controles remotos, se cuecen aparte.
Ocho. Sé perfectamente que el “avilacamachismo” carece de carisma; que se le culpa del movimiento hacia el centro del péndulo revolucionario, desplazamiento que con Alemán se tornaría complicidad de política y negocios, con Echeverría delirio, con Salinas prestidigitación, y con Peña Nieto, bandidaje (por citar a los más señalados pri-próceres); que suele olvidarse, el atentado de que fue objeto, su régimen en pañales; y que, ni entre los cultivadores del pasado puma, se subraya que a la sazón se expropiaron los terrenos en los que se construiría CU.
Nueve. Pero lo que no pude soslayarse, es que, con Ávila Camacho, emprendieron su ruta, tres procesos definitorios del presente sin futuro en el que nos estamos haciendo bolas, con la peste como puntilla: la urbanización, la industrialización y el imparable ascenso de la clase media, en particular de su estamento intelectual.
Diez. El rascacielos de la Lotería Nacional de 1945, se inscribe de manera neta en el primero de los procesos mencionados (y no sin sus vasos comunicantes con el tercero). Arremetida que pasando por la Torre Latinoamericana de una década después, y las torres-guetos de Santa Fe de Camacho de los 90, estallará con las torres y torrecitas que, cual ortigas, infestan Insurgentes y los costados del Periférico. Por citar dos ejemplos.
Once. El nuevo edificio de la Lotería Nacional, que se construirá a un lado del original Decó, significará, en términos de estilo arquitectónico, una derrota, morder el polvo.