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Innovación financiera

El auge de las stablecoins y los registros distribuidos abre la puerta a un nuevo sistema financiero, aunque plantea retos regulatorios y riesgos para economías como la mexicana.

El sistema financiero internacional está siendo reescrito. En 2025, el volumen de transacciones en stablecoins alcanzó 28 billones de dólares. Esa es precisamente la historia que el Banco de Pagos Internacionales (BIS) cuenta en su más reciente reporte económico anual: la programabilidad y los registros distribuidos tienen el potencial de rediseñar el sistema financiero. Pero lograrlo requiere algo más que innovación tecnológica.

La tecnología de la que hablamos tiene como origen al Bitcoin y a su fundamento tecnológico que es la cadena de bloques. Ésta es un registro de la tenencia de valor con elementos que le dan seguridad. El cambio básico es el siguiente: el dinero electrónico tradicionalmente se registra en los sistemas de un banco o alguna institución financiera y es esa misma institución la que tiene acceso a la información.

Con un registro distribuido, como lo es una cadena de bloques, la información es accesible de forma más general. Este es un cambio sencillo, pero poderoso.

Para entender el alcance de este cambio, es necesario recordar algunos inconvenientes del sistema actual. El BIS menciona que el hecho de que los registros financieros estén en bases de datos de propiedad exclusiva que no se conectan mutuamente hace que se requieran cadenas de mensajes, compensación y liquidación para hacer pagos.

En cambio, el BIS destaca que la combinación de programabilidad y registros distribuidos cambia la forma en la que los activos son transferidos y crea nuevas oportunidades para el pago entre pares y la liquidación. El beneficio principal está en que se ofrece un registro a prueba de manipulaciones maliciosas que permite una liquidación instantánea en el mismo registro. Además, el proceso se puede ejecutar de forma automática a través de contratos inteligentes (este es el elemento programable) las 24 horas del día, 365 días al año.

El ejemplo más claro de estas ventajas está en los pagos transfronterizos. El sistema actual de pagos a través de bancos corresponsales, los procesos secuenciales, la superposición limitada de horarios operativos y las múltiples transferencias aumentan la complejidad y los costos. En cambio, el uso de dinero programable en registros distribuidos como lo son las monedas estables o stablecoins hacen el proceso más sencillo con un flujo coordinado y liquidación inmediata de todos los balances de pago. De hecho, algunas empresas en México ofrecen ya este tipo de servicios a través de stablecoins con un impacto importante en pagos hechos por empresas y en envío de remesas.

El BIS también documenta riesgos que no conviene minimizar. El primero es de integridad financiera: las stablecoins circulan en blockchains públicos donde el pseudonimato y el uso de carteras no custodiadas dificultan los controles contra el lavado de dinero y el financiamiento al terrorismo. A diferencia de los bancos, que verifican identidades, monitorean transacciones y pueden revertir pagos sospechosos, las redes públicas carecen de mecanismos equivalentes de supervisión rutinaria. Las empresas que hoy ofrecen estos servicios formalmente en México sí cumplen con estos controles.

El segundo riesgo es técnico pero relevante: los precios de las stablecoins en mercados secundarios se desvían de la paridad con el dólar, y las fricciones en la redención son comunes — lo que hace que, en la práctica, se parezcan más a instrumentos de inversión que a medios de pago convencionales.

Finalmente, para economías como México, el BIS advierte un riesgo estructural: una adopción masiva de stablecoins en dólares podría erosionar el papel del peso como unidad de cuenta y debilitar la transmisión de la política monetaria de Banxico.

El Bitcoin nació como una alternativa al sistema financiero tradicional. Las stablecoins, su evolución más pragmática, apuntan a ser un complemento. La distinción importa: no se trata de reemplazar la arquitectura de confianza que sustenta al dinero sino de mejorarla con programabilidad y liquidación instantánea. El BIS lo plantea con claridad: el camino hacia el sistema monetario de próxima generación pasa por traer las ventajas tecnológicas hacia la arquitectura existente, no por construir una paralela.

Para México, eso implica una pregunta concreta: ¿tendremos la regulación inteligente para aprovechar la ola, o llegaremos tarde?

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