Pocas veces en una sola semana se había concentrado tanta diplomacia de alto voltaje como en la que terminó.
Mientras Nueva York albergaba el debate de la Asamblea de la ONU, Washington recibía a Xi Jinping en la primera visita de Estado de un líder chino a la capital estadounidense en once años. Ambos hechos dicen mucho del mundo que se asoma para los próximos meses y años.
Empecemos por la visita del presidente Xi Jinping.
La coreografía que tuvo fue singular. Trump lo recibió al pie del avión en la base Andrews, hubo salvas de 21 cañonazos, cena de Estado con la élite tecnológica y empresarial, té entre las dos parejas presidenciales y una visita conjunta a los Archivos Nacionales, donde se resguarda la Declaración de Independencia.
Los resultados fueron lo opuesto a la escenografía, muy escasos.
Lo tangible fue la prórroga, por dos meses, de la tregua comercial que vencía el 10 de noviembre y que ahora llega al 10 de enero de 2027. En los demás aspectos, como aranceles, tierras raras, compras agrícolas, controles a la exportación de chips o Taiwán, no hubo acuerdos de fondo.
El terreno donde ambos quisieron mostrar sintonía fue la inteligencia artificial. Xi planteó que las dos potencias tienen la responsabilidad de que la IA permanezca “siempre bajo control humano”; Trump, que ha mostrado poco apetito por límites vinculantes, aceptó continuar la conversación y se definió una cumbre sobre seguridad de la IA en Shenzhen, en noviembre, quizás en el marco de la cumbre de APEC, que será 18 y 19 de noviembre.
La lectura de conjunto es que las dos mayores economías del planeta optaron por administrar su rivalidad “en abonos”.
Desde la cumbre de Busan, en octubre pasado, y la visita de Trump a Beijing en mayo, la relación funciona a base de treguas con fecha de caducidad, no de tratados.
Es un sistema de prórrogas: evita lo peor, pero no resuelve el fondo, y cada quien negocia con sus palancas: China, las tierras raras y su mercado; Estados Unidos, aranceles, chips y acceso a su mercado, con el fentanilo en la agenda.
El segundo frente de la semana diplomática fue Irán, y ahí las señales fueron todavía más contradictorias.
Desde el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron ataques contra territorio iraní y Teherán respondió cerrando de facto el estrecho de Ormuz, el mercado petrolero vive su mayor disrupción en décadas. El Brent, que comenzó el año cerca de 68 dólares, llegó a superar los 120 en los momentos más agudos y en las últimas semanas se ha movido en torno a los 100, con episodios cercanos a 110, pese a la liberación de reservas estratégicas coordinada por la Agencia Internacional de Energía.
Hubo un intento serio de salida: el Memorando de Entendimiento de Islamabad, firmado a distancia el 17 de junio con mediación de Pakistán, que preveía el fin de las hostilidades, la reapertura del estrecho y una ventana de 60 días para negociar un acuerdo definitivo sobre el programa nuclear.
El entendimiento se descompuso en semanas, cada parte acusó a la otra de incumplirlo y el plazo expiró en agosto sin que las negociaciones siquiera comenzaran.
Sobre ese telón de fondo, la semana de la ONU dejó un muestrario de mensajes cruzados. Trump dijo desde la tribuna que un acuerdo con Irán es posible después de las elecciones intermedias de noviembre... o que la alternativa es “aniquilar” a la República Islámica.
Marco Rubio confirmó que las opciones militares siguen sobre la mesa, pero aseguró que el presidente está abierto a un pacto, aunque dudó de que los negociadores iraníes puedan comprometer al conjunto del régimen.
En Teherán conviven dos gobiernos, el civil y el de la Guardia Revolucionaria. E Irán, por su parte, entregó a través de mediadores una propuesta para reabrir Ormuz y reanudar las pláticas rumbo a un acuerdo definitivo, con un plazo de siete días y condiciones que, dice, no van más allá de lo ya firmado en Islamabad.
Es la diplomacia del ultimátum: cada quien pone plazos y condiciones, y los mercados calculan probabilidades. La prima de riesgo del petróleo es, por ahora, el impuesto que el mundo entero paga por esa incertidumbre.
¿Y la ONU? La Asamblea tuvo un tono de despedida. Fue la última de António Guterres como secretario general y su diagnóstico fue sombrío: pidió cooperación entre las potencias en inteligencia artificial y clima, justo cuando el país anfitrión usó la misma tribuna para cuestionar a la institución y pedir a sus miembros abandonar la Corte Penal Internacional. Cerca de 130 jefes de Estado y de gobierno hablaron ante un organismo con cada vez menos capacidad de decidir.
La paradoja es evidente: nunca los problemas habían sido tan globales —guerras, energía, inteligencia artificial, clima— y pocas veces la gobernanza global había sido tan débil.
Si algo dejó la semana que termina son tres rasgos del mundo que viene.
Primero, el tránsito de las reglas a los acuerdos. Lo relevante se decide menos en instituciones y más en mesas bilaterales, de Washington con Beijing, de Washington con Teherán vía mediadores, o de los enviados de Trump con el Kremlin, que también se vieron en Nueva York.
Segundo, una estabilidad provisional, con calendario. Las elecciones intermedias del 3 de noviembre, la cumbre de inteligencia artificial en Shenzhen, el vencimiento de la tregua comercial el 10 de enero, la ventana de siete días que puso Irán.
El mundo vive de plazo en plazo; más que una ruta, tiene un calendario de mechas.
Tercero, una economía rehén de la geopolítica. El petróleo arriba de 100 dólares convive con el mayor ciclo de inversión en inteligencia artificial en décadas, dos fuerzas que jalan en sentidos opuestos a la inflación y al crecimiento.
Para México, ese paisaje tiene doble filo. Un crudo caro alivia parcialmente las finanzas públicas vía Pemex, pero encarece los combustibles que importamos y presiona la inflación; y una economía global frenada por los costos de la energía no es buena noticia para un país que vive de exportar manufacturas.
En un mundo que se administra por acuerdos, el T-MEC —con su revisión en curso— es de los pocos anclajes de certidumbre disponibles. Habrá que cuidarlo, porque la rivalidad entre Washington y Beijing también se jugará en nuestra mesa: las reglas frente a productos, inversiones y transbordos chinos apuntan a ser tema central de esa revisión.
La imagen final de la semana fue la de Trump y Xi contemplando la Declaración de Independencia en los Archivos Nacionales. El simbolismo puede ser tentador, pero la realidad es más prosaica: el mundo que viene no se parece a un tratado; se parece más bien a una prórroga.