Ayer el INEGI presentó los resultados de la Encuesta Intercensal 2025, con lo que reveló que en México residen 130.9 millones de personas.
Pero hay otro dato relevante que surge del reporte: el año en el que alcanzamos esa cifra.
Las Proyecciones de Población 2020-2070 del Consejo Nacional de Población estimaban para 2025 una población de 133.4 millones de habitantes. La realidad llegó unos 2.5 millones de personas por debajo de lo proyectado, con apenas cinco años de horizonte transcurridos, es decir, la población está creciendo menos que lo anticipado.
El faltante importa porque sobre esas proyecciones se planea casi todo: pensiones, infraestructura de salud, matrícula escolar y hasta las estimaciones del PIB potencial.
El calendario demográfico que sirve de base a la planeación del país quedó viejo ayer por la mañana.
La velocidad del cambio es el corazón del asunto. La edad mediana de la población pasó de 26 años en 2010 a 29 en 2020: tres años en una década. Entre 2020 y 2025 subió de 29 a 32: tres años en un quinquenio. A diferencia de lo que sucedió con la población total, que creció menos de lo previsto, el envejecimiento duplicó su velocidad.
El proceso, además, avanza a ritmos muy distintos dentro del territorio: la Ciudad de México ya tiene una edad mediana de 37 años, mientras que Chiapas, la entidad más joven, registra 26. Once años de distancia demográfica dentro del mismo país.
La explicación está en la base de la pirámide poblacional, que dejó de ser pirámide. El grupo de 0 a 4 años representa 5.8 por ciento de la población, menos que el de 5 a 9 años,7.4 por ciento, y que el de 10 a 14, que representa el 8.3 por ciento. La cohorte nacida entre 2020 y 2025 es casi 30 por ciento más pequeña que la nacida diez años antes.
No se trata de un efecto pasajero de la pandemia. La tasa global de fecundidad bajó de 1.9 hijos por mujer en 2019 a 1.2 en 2024, y ninguna entidad federativa alcanza ya el nivel de reemplazo de 2.1. La más alta es Chiapas, con 1.8; la Ciudad de México registra 0.8, un nivel comparable con el de Corea del Sur, el país con la fecundidad más baja del planeta.
En estas condiciones, el bono demográfico —la etapa en que la población en edad de trabajar crece más rápido que la dependiente— se está acortando por tres vías simultáneas.
La primera es evidente: nacen menos mexicanos. La tasa de crecimiento poblacional del quinquenio, 0.7 por ciento anual, es la menor de la serie que arranca en 1990.
La segunda es más sutil. De acuerdo con la estructura por edades de la encuesta, la razón de dependencia se mantiene cerca de su mínimo histórico, alrededor de 46 dependientes por cada 100 personas en edad laboral, pero su composición está rotando de dependencia infantil a dependencia de vejez, que resulta más costosa para las finanzas públicas: pensiones y salud frente a educación básica.
La tercera vía es la menos comentada: la emigración se lleva precisamente al grupo que constituye el bono. En el quinquenio emigraron 1.26 millones de personas, 57 por ciento más que en el periodo anterior, y 71 por ciento tenía entre 15 y 34 años; siete de cada diez fueron hombres. Alrededor de 900 mil integrantes del núcleo productivo salieron del país. El bono no solo se acorta: una parte se exporta.
Las proyecciones oficiales ubican el máximo poblacional en 2052, con 147 millones de habitantes. Con la fecundidad y la emigración observadas, ese pico llegará antes y en un nivel más bajo. La ventana para convertir estructura demográfica en crecimiento económico es más corta de lo que suponíamos.
¿Qué palancas quedan? La propia encuesta las señala. La participación económica de las mujeres subió de 38.8 a 41 por ciento entre 2020 y 2025, apenas 2.2 puntos, frente a 70.6 por ciento de los hombres. Ahí está la principal reserva demográfica interna: cada punto adicional de participación femenina incorpora a más de medio millón de personas a la actividad productiva, sin esperar una generación.
La otra palanca es la productividad: en un país donde la fuerza de trabajo dejará de crecer por inercia demográfica, cada hora trabajada tendrá que rendir más.
La factura, mientras tanto, ya asoma en el propio reporte: las personas pensionadas y jubiladas dentro de la población no económicamente activa pasaron de 8.2 a 10.9 por ciento, los hogares donde alguien recibe una jubilación o pensión subieron de 13.0 a 16.6 por ciento, y una de cada diez personas en el país tiene 65 años o más.
El México de 130.9 millones no solo es noticia por su tamaño. Es noticia porque llegó antes de tiempo a una estructura de edades que las proyecciones oficiales situaban hacia el final de la década.
Medirlo era tarea del INEGI, y ya está cumplida. Ajustar los sistemas que se diseñaron con el calendario anterior es tarea de quienes deben formular las políticas públicas con la evidencia de las cifras.