Coordenadas

La visita recíproca del TMEC

La presidenta Claudia Sheinbaum respondió el jueves pasado con un argumento políticamente hábil: el T-MEC “lo hizo Trump, es uno de sus mejores logros”.

La próxima semana se realizará en Washington la segunda ronda de negociaciones entre México y Estados Unidos rumbo a la revisión del TMEC. Y llega en un momento complicado: apenas el miércoles pasado, Donald Trump declaró desde la Oficina Oval que “no está buscando” renovar el tratado.

La ronda está prevista para el 16 y 17 de junio. Marcelo Ebrard encabezará la delegación mexicana, acompañado de Altagracia Gómez, coordinadora del Consejo Asesor Empresarial, y del nuevo embajador en Washington, Roberto Lazzeri. Al final, el secretario de Economía sostendrá una reunión con el jefe negociador estadounidense.

La primera ronda, celebrada el 28 y 29 de mayo en la Ciudad de México, dejó un saldo oficialmente “positivo”, pero con una tema complicado sobre la mesa, que no fue reconocido oficialmente pero no se pudo ocultar: la exigencia estadounidense de que al menos 50 por ciento del valor de cada vehículo fabricado en Norteamérica provenga específicamente de Estados Unidos.

Ebrard rechazó la propuesta, pero México no ha presentado públicamente una contrapropuesta numérica. Ese será uno de los nudos de esta semana, pues la agenda retoma las reglas de origen automotrices y suma dos temas nuevos: agricultura y condiciones de competencia equitativa.

El sector automotriz está el corazón del asunto. Una regla de contenido estadounidense de esa magnitud rompería la lógica de integración que convirtió a Norteamérica en la plataforma manufacturera más competitiva del mundo y golpearía de lleno a diversas plantas instaladas en México.

Las declaraciones del presidente estadounidense merecen leerse con cuidado: “No sé si voy a renovarlo porque, para ser honesto, a Estados Unidos le va mucho mejor. No necesitamos nada de lo que tiene Canadá, no necesitamos nada de lo que tiene México”, dijo Trump, quien además celebró que lo que más le gusta del tratado es, precisamente, su cláusula de terminación.

Los datos lo desmienten. Tan solo entre enero y abril de este año, el intercambio comercial entre México y Estados Unidos sumó 317 mil 336 millones de dólares, y el comercio trilateral ronda 1.6 billones de dólares anuales. Las cadenas automotrices, agroalimentarias y de electrónica están tan entrelazadas que un divorcio elevaría costos de producción y precios al consumidor en los tres países, empezando por el propio Estados Unidos.

Por eso la lectura predominante entre los analistas es que se trata de presión negociadora más que de una intención real de abandonar el acuerdo. Trump entiende la cláusula de terminación como su principal palanca: mantener viva la amenaza de salida maximiza las concesiones que puede extraer.

Pero ojo: el costo de esa táctica no es gratuito. Cada amago erosiona la certidumbre que es, al final, el activo más valioso de un tratado comercial. Las decisiones de inversión de largo plazo —las que México necesita para capitalizar el nearshoring— requieren reglas previsibles, no sobresaltos cada que se le ocurre decir algo a Trump.

Hay que señalar también que lo que se negocia no es la “renovación” del TMEC. El Tratado está firmado hasta el 2036 y lo que debe definirse, ahora o en el futuro, es si se extiende hasta el año 2042 o si se sigue revisándose anualmente mientrás esté vigente. No está en la mesa si el TMEC sigue en el corto plazo, aunque Trump lo diga.

La presidenta Claudia Sheinbaum respondió el jueves pasado con un argumento políticamente hábil: el T-MEC “lo hizo Trump, es uno de sus mejores logros”. Y añadió una consideración económica correcta: las economías de Norteamérica son complementarias, no sustitutas. Aumentar el empleo manufacturero en México no resta empleo en Estados Unidos; la evidencia apunta a que ambos crecen juntos porque producen cosas distintas dentro de las mismas cadenas de valor.

Sheinbaum recordó, además, que los aranceles ya encarecieron los vehículos en Estados Unidos, y que mantener el tratado ayudaría a bajar precios en plena discusión inflacionaria. “Yo creo que el T-MEC se va a mantener”, remató.

Tres claves para seguir esta semana. Primera: si México pone sobre la mesa una contrapropuesta numérica en reglas de origen, sabremos que la negociación va en serio. Segunda: el tono de la reunión final entre Ebrard y el jefe negociador estadounidense será el mejor termómetro del estado real de la relación. Tercera: cualquier avance en agricultura, donde los intereses de los agricultores estadounidenses juegan a favor de México, pues ellos son de los principales beneficiarios del libre comercio regional.

Conviene no perder de vista el calendario. El 1 de julio no es una fecha fatal. La tercera ronda se realizará a partir del 20 de julio en la Ciudad de México, será la instancia clave para saber si hay acuerdo este año o si el proceso deriva en revisiones anuales con la incertidumbre crónica que ello implicaría.

El escenario central sigue siendo que el tratado sobreviva, porque a todos conviene, incluido Trump, que lo presume como obra suya. Pero entre el escenario central y el desenlace media una negociación dura, con un interlocutor que ha hecho de la imprevisibilidad su método.

Esta semana, en Washington, sabremos si el amago era eso: solo un amago.

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