Coordenadas

El escenario que no teníamos dado de alta

El secretario de Hacienda me comentó en una entrevista que confía en que el impacto global en las finanzas públicas se limite gracias al crecimiento de los ingresos de Pemex.

México necesita apertrecharse lo mejor que pueda ante el incierto entorno internacional.

Tal vez por muchos meses en los medios políticos, empresariales y académicos predominó la discusión respecto a las condiciones necesarias para recuperar en México un crecimiento más elevado.

En la Convención Bancaria de la semana pasada, la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a poner el tema sobre la mesa, reconociendo que el país no crece lo suficiente.

Ese debate debe persistir y profundizarse. Pero ahora un segundo debate lo ha desplazado en urgencia y fuerza: el del impacto que tendrá sobre la economía mexicana la crisis derivada de la guerra de Estados Unidos con Irán. Ambos estuvieron presentes en los pasillos de la Convención Bancaria, pero el segundo ha pasado a primer plano porque sus efectos pueden condicionar el margen de maniobra con el que contamos para resolver el primero.

En los mensajes de la presidenta Sheinbaum y del secretario de Hacienda, Edgar Amador, se puso énfasis sobre todo en la mitigación del impacto inflacionario del alza del petróleo, mediante el manejo del IEPS.

En la semana que hoy comienza ya se empezó a aplicar el estímulo fiscal derivado de la reducción del IEPS, que fue de un 24 por ciento a la gasolina regular o Magna; de un 7.5 por ciento a la gasolina Premium, y de un muy elevado 62 por ciento para el diesel.

Sin duda, el sacrificio fiscal que hará el gobierno ayudará a limitar el impacto en precios al consumidor de los mayores costos de los combustibles.

El secretario de Hacienda me comentó también en una entrevista que le hicimos el viernes pasado que confía en que el impacto global en las finanzas públicas se limite gracias al crecimiento de los ingresos de Pemex.

La estimación es razonable, como ya hemos señalado en esta columna: con el precio del barril de la mezcla mexicana por encima de los 90 dólares, la empresa podría generar ingresos adicionales que compensen en buena parte —aunque probablemente no en su totalidad— el costo del subsidio a los combustibles.

Sin embargo, hay un escenario que sería más complicado para las finanzas del gobierno. Se trata del que deriva del impacto económico global de un conflicto más prolongado.

Es cierto que regiones como Asia y Europa son las más susceptibles a sufrir, por su mayor dependencia del petróleo y gas del Golfo Pérsico. Norteamérica está comparativamente menos expuesta en ese canal directo.

Pero México no es inmune: un alza sostenida del crudo elevaría los costos de producción en toda la cadena manufacturera; una desaceleración global afectaría la demanda de nuestras exportaciones, muy concentradas en el mercado de Estados Unidos; y la incertidumbre geopolítica podría presionar al alza el tipo de cambio, amplificando el efecto inflacionario interno. Son tres canales de transmisión concretos que no podemos ignorar.

Sheinbaum dijo en la Convención Bancaria que ella tiene que ser optimista por ser la presidenta de la República. En efecto, debe hacer su tarea infundiendo un ánimo positivo.

Sin embargo, desde la trinchera del análisis económico, financiero y geopolítico, hay la obligación de poner objetivamente los acentos en los riesgos que existen.

Si la guerra sigue sin cambio significativo o con mayor gravedad cuando llegue el mes de abril, creo que va a ser necesario explorar los escenarios contingentes que serán indispensables para afrontar un entorno que no teníamos dado de alta apenas hace unas contadas semanas.

La clave en ese caso, como ocurrió en el 2020, será mitigar los efectos negativos en el crecimiento, el empleo y la inflación.

Vale la pena recordar qué funcionó entonces: la política monetaria respondió con rapidez para anclar expectativas; el tipo de cambio actuó como amortiguador; y se desplegaron apoyos focalizados para los sectores más golpeados. No todas esas herramientas están disponibles hoy con la misma holgura —el espacio fiscal es más estrecho y los niveles de deuda son más altos—, pero la lógica de intervención temprana y coordinada sigue siendo válida.

Ojalá se trate de escenarios que luego se desechen porque no se dieron las premisas para que ocurrieran. Ojalá la guerra se limite y se diluya poco a poco en los siguientes días.

Pero lamentablemente, la posibilidad de que escale y se prolongue existe.

En ese caso, el gobierno debería activar desde ahora al menos tres líneas de acción: preservar el espacio fiscal disponible para una respuesta anticíclica oportuna, mantener una coordinación estrecha con Banxico para evitar que la inflación se desborde, y acelerar la diversificación de las exportaciones que el nearshoring ya está promoviendo.

Prepararse no es catastrofismo; es la diferencia entre responder con estrategia y simplemente reaccionar a un escenario que no existía hace apenas algunas semanas.

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