Coordenadas

EU da palos de ciego la guerra con Irán

La pregunta no es únicamente si Estados Unidos va a escalar o contenerse, sino que da la impresión de no tener claro qué quiere conseguir, cuánto está dispuesto a pagar y cómo piensa salir.

En Wall Street ya le habían puesto nombre al método. “TACO”, el acrónimo de Trump Always Chickens Out, surgió entre operadores para describir una táctica reconocible: tensar al máximo, amenazar sin medida y retroceder en cuanto los mercados, las encuestas o la realidad imponen límites.

Ese mismo patrón está reapareciendo ahora en Medio Oriente, con consecuencias potencialmente más graves que cualquier arancel.

Por un lado, Trump sugirió que Estados Unidos podría ir reduciendo gradualmente su actividad militar en la región. Por otro, filtraciones del Pentágono y declaraciones de funcionarios contemplan escenarios de mayor involucramiento, incluida la posibilidad de tropas terrestres en Irán.

No son matices ni diferencias de énfasis: son mensajes que se contradicen y revelan algo más delicado que una simple disputa burocrática. Revelan ausencia de objetivos claramente definidos y la impresión de que Washington está reaccionando a los acontecimientos, no conduciéndolos.

Cuando ese zigzagueo ocurre en política comercial, todavía hay margen para la especulación y la ironía bursátil. Cuando ocurre en una guerra, el costo potencial es incomparablemente más alto. La pregunta no es únicamente si Estados Unidos va a escalar o contenerse, sino que da la impresión de no tener claro qué quiere conseguir, cuánto está dispuesto a pagar y cómo piensa salir. Esa clase de incertidumbre no solo inquieta a los aliados y envalentona a los adversarios. También altera, de manera medible, la lectura de los mercados.

Este viernes los datos lo dijeron sin ambigüedad. El crudo Brent cerró el viernes en 112 dólares por barril; el índice VIX que mide los vaivenes financieros cerró casi en 27 puntos, señal de un mercado en régimen de alta volatilidad; y el S&P 500 cerró en 6,507, con una caída del 1.5% que consolida cuatro semanas consecutivas de pérdidas —la racha más prolongada en todo un año.

Los mercados no estaban descontando únicamente el riesgo geopolítico derivado del conflicto. Estaban descontando algo más corrosivo: el riesgo de improvisación por parte de la Casa Blanca. Hay una diferencia crucial entre una estrategia arriesgada y una estrategia errática.

La primera puede ser peligrosa, pero permite anticipar escenarios y calcular daños. La segunda multiplica el margen de error, acelera las sobrerreacciones y coloca a todos los participantes —gobiernos, empresas, inversionistas— en una postura defensiva permanente.

Ese es hoy el verdadero foco rojo. El estrecho de Ormuz lleva ya casi tres semanas efectivamente cerrado, cortando el 20% del suministro mundial de petróleo. Si el conflicto se prolonga y persiste la amenaza sobre instalaciones petroleras y gaseras, el problema dejará de ser una historia de volatilidad pasajera para convertirse en una amenaza real para el comercio y las finanzas globales.

Con el Brent más de 35 dólares por encima de su nivel de hace un año, esa aritmética ya no es hipotética. El mundo puede absorber, al menos por un tiempo, un petróleo más caro. Lo que le cuesta mucho más trabajo procesar es la combinación simultánea de rutas marítimas inseguras, primas de seguro disparadas, infraestructura energética bajo ataque y bancos centrales obligados a recalibrar al mismo tiempo sus expectativas de inflación, tasas y crecimiento.

La cadena de transmisión es conocida, pero conviene no naturalizarla: el alza del crudo se traslada a fletes, fertilizantes, petroquímica y tarifas de transporte; en semanas empieza a permear la economía real vía inflación; y si el conflicto dura más, la pregunta deja de ser cuánto subió el petróleo para convertirse en cuánto daño le causó al crecimiento mundial.

Trump parece atrapado entre dos impulsos antagónicos: la retórica maximalista que lo hace aparecer como hombre de acción, y el instinto político de frenar cuando el petróleo se encarece, las bolsas se tambalean y la opinión pública se inquieta. Esa tensión puede producir titulares estridentes. Lo que no produce es claridad estratégica. Y sin claridad estratégica, la política exterior de la mayor potencia del mundo empieza a parecerse a lo que hoy muestra con demasiada frecuencia: un ejercicio de tanteo, una secuencia de decisiones tomadas sobre la marcha. Exactamente eso: palos de ciego.

El riesgo más grave no es la escalada deliberada, sino la escalada involuntaria. Un mensaje ambiguo puede leerse como amenaza; una amenaza mal calibrada puede provocar una respuesta desproporcionada; y una respuesta desproporcionada puede arrastrar a todos a un terreno que nadie había definido como objetivo. Así empiezan muchas de las crisis que después se juzgan inevitables, aunque nacieron de la confusión o la arrogancia.

Para México, este conflicto no es una historia lejana. Un mayor precio del petróleo puede darle a Pemex algún respiro momentáneo, pero ese eventual beneficio sería apenas una parte del cuadro.

El canal más inmediato y subestimado es el cambiario: si el riesgo global profundiza la aversión hacia mercados emergentes, el peso absorberá una presión que Banxico no podrá ignorar, reduciendo aún más el margen para recortes de tasa que la economía necesita. A eso hay que sumar el enfriamiento previsible de la economía estadounidense —nuestro principal motor externo—, mayores presiones inflacionarias importadas y una caída del apetito inversor que ningún discurso de estabilidad fiscal compensará.

La gran pregunta para las próximas semanas no es si Trump optará por la retirada gradual o por una escalada mayor. La pregunta de fondo es si Estados Unidos puede seguir dando palos de ciego en una de las regiones más sensibles del planeta sin que el resto del mundo pague una factura creciente.

La respuesta, por desgracia, está a la vista: en una zona donde la improvisación se mide en barriles, tasas y tipos de cambio, el desorden no reduce el riesgo. Lo multiplica, y lo exporta.

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