Coordenadas

La palanca negociadora de México con EU

México no llega a la revisión del T-MEC solo como un país que necesita preservar su acceso al mercado estadounidense. Llega también como un engrane sin el cual cadenas productivas estratégicas de Estados Unidos no operan.

No hay en el mundo una integración comercial comparable a la de México y Estados Unidos. Y sin embargo, durante años se asumió que esa relación era, para México, fundamentalmente una vulnerabilidad: depender tanto de un solo socio significaba estar a su merced.

Esa lectura merece revisarse. Hoy, a pocos días de que comiencen formalmente las mesas de negociación para la revisión del T-MEC —proceso que la Secretaría de Economía y la USTR han confirmado para este trimestre—, la evidencia sugiere que la ecuación es bastante más compleja de lo que parece.

Pero no siempre fue así. Ni siquiera después de varios años de vigencia del entonces TLCAN.

Remontémonos a 2015. En ese entonces, según cifras del Census Bureau de Estados Unidos, México ocupaba el tercer lugar como socio comercial de ese país, con 524 mil millones de dólares en intercambio bilateral, sumando exportaciones e importaciones. China encabezaba la lista con 578 mil millones, y Canadá se ubicaba en el segundo puesto con 545 mil millones.

El mundo cambió con la primera llegada de Trump a la Casa Blanca, en enero de 2017. Para 2019, México ocupó por primera vez el primer lugar como socio comercial de Estados Unidos. Canadá quedó muy cerca y China, a mayor distancia.

Con Biden en la presidencia, a partir de 2021, el reacomodo de la política arancelaria devolvió el primer sitio a Canadá, el segundo a México y el tercero a China, aunque con diferencias relativamente menores entre los tres. Ese equilibrio, sin embargo, era más precario de lo que parecía.

Lo que vino después no fue una variación marginal, sino una ruptura de tendencia.

En 2024, el comercio global de México con Estados Unidos llegó a 868 mil millones de dólares, casi 14 por ciento por arriba de Canadá y alrededor de 50 por ciento superior al intercambio con China, de acuerdo con el Departamento de Comercio de Estados Unidos.

En 2025, esa ventaja se ensanchó: México acumuló 872 mil millones de dólares en comercio bilateral, 21 por ciento más que Canadá y más del doble que China.

Y este año la tendencia no se detuvo. Las cifras que el Departamento de Comercio dio a conocer esta semana muestran que en enero el comercio de Estados Unidos con México superó al de China en 115 por ciento y al de Canadá en 5.3 por ciento.

Estos números no son una anécdota estadística. Reflejan una transformación estructural: cadenas regionales de suministro construidas durante una década, relocalización de procesos manufactureros, cercanía geográfica, integración logística y una red de intereses empresariales que ya no puede desmontarse sin costos enormes para todos.

Es cierto que la asimetría persiste: México destina al mercado estadounidense alrededor del 80 por ciento de sus exportaciones totales, mientras que Estados Unidos envía a México poco más del 16 por ciento de las suyas. Esa diferencia de escala es real. Pero en una negociación lo que importa no es solo el volumen de lo que está en juego, sino la dificultad de sustituir al otro.

Y ahí está el punto central.

México no llega a esta revisión solo como un país que necesita preservar su acceso al mercado estadounidense. Llega también como un engrane sin el cual cadenas productivas estratégicas de Estados Unidos no operan: manufactura avanzada, sector automotriz, bienes intermedios, equipo eléctrico, maquinaria y alimentos.

Por eso, la discusión sobre el T-MEC no puede entenderse bajo la lógica de una ruptura. Lo que viene es una negociación sobre los términos de una integración que ya es irreversible: reglas de origen, energía, mecanismos de solución de controversias, compromisos laborales y el papel que China deberá tener —o no— en la región.

El punto de mayor fricción probable es el sector automotriz, donde la presión de Washington para reducir la participación de componentes foráneos es más específica y urgente que en cualquier otro frente.

Habrá presiones y amenazas. Habrá intentos de arrancar concesiones y redefinir ventajas. Pero el costo de una ruptura sería demasiado alto para todos, y de manera particular para Estados Unidos en un momento electoral y en un entorno global de competencia económica y geopolítica cada vez más intensa.

Por encima de la retórica arancelaria, los números cuentan otra historia.

La integración comercial entre México y Estados Unidos no solo explica lo que ha ocurrido en la última década. Define también el margen de maniobra de la negociación que está por comenzar.

En una disputa entre desiguales, la palanca no siempre la tiene el más grande: la tiene quien es más difícil de reemplazar. Y hoy, ese lugar lo ocupa México.

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