El pasado 3 de febrero, el INEGI dio a conocer un dato que funciona como un indicador adelantado del clima económico y que merece algo más que una lectura superficial: la confianza empresarial.
Esta volvió a deteriorarse en enero y, en comparativos anuales, todos los sectores registraron retrocesos. El Indicador Global de Opinión Empresarial se ubicó en 48.0 puntos en enero de 2026, con una caída anual de 3.4 puntos. No se trata de un ajuste marginal ni de un tropiezo coyuntural, sino de una señal clara de que el sector productivo ha entrado en una fase de mayor cautela.
Conviene detenerse en cómo se interpretan estas cifras. Los indicadores de confianza empresarial están construidos como índices de difusión, en los que el umbral de 50 puntos separa el optimismo del pesimismo. Lecturas por arriba de ese nivel indican que predominan las respuestas favorables; valores por debajo reflejan que son más las opiniones negativas o de deterioro. Cuando el índice se mantiene bajo 50 durante varios meses, suele anticipar decisiones defensivas: menor inversión, prudencia en la contratación y aplazamiento de proyectos. No es solo un cambio de ánimo, sino un ajuste en la conducta económica.
El retroceso observado fue generalizado. En manufacturas, el indicador se colocó en 48.4 puntos; en construcción descendió a 45.5; en comercio cayó a 47.1, con el mayor ajuste anual; y en servicios privados no financieros se ubicó en 48.8. Ningún sector logró sostenerse en terreno optimista y, en todos los casos, los niveles actuales son inferiores a los de hace un año. El dato es relevante porque no refleja un problema aislado, sino una pérdida de confianza que atraviesa al conjunto de la economía.
Algunos descensos son particularmente preocupantes. La debilidad en comercio y construcción afecta directamente al mercado interno, al empleo y a la inversión local. Incluso en manufacturas, donde el vínculo con el exterior suele amortiguar los ciclos domésticos, el deterioro es claro. Esto sugiere que ni siquiera la integración exportadora ha sido suficiente para sostener el ánimo empresarial.
El detalle de los componentes refuerza esta lectura. El rubro que evalúa si es un buen momento para invertir registra niveles claramente contractivos. En comercio y construcción se ubica en rangos que históricamente han estado asociados con frenos importantes de la inversión fija, mientras que en manufacturas el descenso también fue significativo. El mensaje es contundente: las empresas siguen operando, pero no están dispuestas a comprometer capital nuevo bajo las condiciones actuales.
¿Qué explica este deterioro? La confianza empresarial responde a la acumulación de señales. En el frente externo, persiste un entorno internacional más frágil, con tensiones comerciales latentes, ajustes monetarios globales y una elevada incertidumbre sobre la relación con Estados Unidos. Para una economía tan integrada como la mexicana, estos factores pesan directamente sobre las expectativas de mediano plazo.
En el ámbito interno, las causas son distintas, pero no menos relevantes. Persisten dudas sobre la estabilidad de las reglas del juego, la consistencia regulatoria y la velocidad con la que se toman decisiones estratégicas. A ello se suman preocupaciones en materia de seguridad, costos de operación y viabilidad financiera de proyectos públicos clave. Ninguno de estos elementos, por sí solo, explica la caída de la confianza; juntos, construyen un entorno en el que la prudencia se vuelve la respuesta racional.
Un rasgo llamativo es que, en varios sectores, las expectativas de largo plazo sobre el país no se han desplomado. Sin embargo, la evaluación del presente sí se ha deteriorado y, sobre todo, la disposición a invertir. Es la fotografía de un empresariado que quiere creer, pero que no encuentra todavía condiciones suficientes para acelerar decisiones.
En este contexto, el Programa de Infraestructura presentado esta semana apunta en la dirección correcta, no tanto por el volumen anunciado, sino por su potencial efecto sobre las expectativas. El verdadero desafío es aterrizarlo con reglas claras, certidumbre jurídica y tiempos definidos.
Y, sobre todo, dejar claro que la inversión privada es parte central de la estrategia de crecimiento, no solo la de los grandes consorcios, sino la de miles de empresas nacionales que sostienen la actividad económica cotidiana.
Cuando los índices de confianza se mantienen por debajo de 50 durante periodos prolongados, lo que está en juego no es el ánimo de un mes ni una encuesta desfavorable. Lo que se juega es la inversión que no se realiza, el empleo que no se crea y el crecimiento que se pospone.
La confianza no se recupera con discursos, sino con decisiones que reduzcan la incertidumbre y vuelvan a hacer claramente rentable apostar por México.