Coordenadas

La difícil objetividad

Los indicios señalan que en 2023 se instalarán más empresas extranjeras en México o las que ya están ampliarán operaciones.

Diversos lectores me hicieron llegar comentarios a propósito del artículo que publiqué el día de ayer respecto a posibles focos amarillos en el comportamiento de la inversión extranjera directa.

Hay dos constantes en esos comentarios.

Por un lado, resulta que lo expresado en el artículo que titulé “Focos amarillos en la inversión extranjera directa”, contrasta con la forma en la que se manejó mayormente la información que se dio a conocer la noche del martes, pues en la mayor parte de las publicaciones se destacó que había un récord en la inversión foránea hasta el tercer trimestre de este año, lo cual es correcto.

El segundo comentario apunta a una afirmación que he hecho frecuentemente en este espacio y en otros foros, en el sentido de que como la inversión extranjera directa tiene una visión de largo plazo, tiende a crecer en México más que la inversión privada total, porque toma en cuenta en mayor grado las fortalezas del país, como su ubicación geográfica o las características demográficas y menos los problemas inmediatos.

Las dos afirmaciones son correctas.

Pero, vamos por partes.

Como ayer le explicaba, es perfectamente compatible el hecho de que haya un crecimiento de la inversión en lo que va del año (hasta septiembre) junto con una caída en el lapso junio-septiembre. Creció fuerte en los primeros dos trimestres y cayó en el tercero, pero esta caída no alcanza a neutralizar el alza de la primera parte del año.

Como ayer escribí aquí mismo, existe también la posibilidad de que la caída pueda deberse a un problema de registros contables y no a un cambio de tendencia, aunque no puede descartarse tampoco un giro en las percepciones de los inversionistas.

No existen aún evidencias suficientes para llegar a una conclusión. Por eso señalé que había “focos amarillos”.

De estar seguro de que hay un cambio de percepciones, los focos serían rojos.

En la estadística de la inversión extranjera hay regularmente un retraso entre el momento en el que se realiza la inversión y en el que se registra.

Es muy usual que las cifras preliminares, como la que se dio a conocer esta semana, sean inferiores a las cifras definitivas.

Le pongo el ejemplo del año pasado. Las cifras preliminares al mes de septiembre indicaban un monto de 24 mil 800 millones de dólares, mientras que la contabilidad final fue de 28 mil 400 millones, una cifra 14.5 por ciento superior a la preliminar.

En una circunstancia de recortes presupuestales y cambios organizacionales en diversas dependencias públicas, como la Secretaría de Economía, no sería extraño que se hubieran acentuado los rezagos de registro.

Pero, también es factible que factores como el temor a una recesión en 2023 o la incertidumbre derivada de las consultas en materia energética en el marco del TMEC realmente hubieran incidido en el resultado.

Pasando al segundo punto, sigo sosteniendo que los inversionistas foráneos tienden a ver sobre todo el largo plazo.

Y con ese horizonte, las perspectivas de la economía mexicana tienen fortalezas fundamentales como su cercanía al mercado norteamericano, la existencia del TMEC o el hecho de que somos un país joven respecto a otros, con una edad promedio de 29 años.

Sigo pensando además que el proceso de nearshoring va a traer a México un importante volumen de inversiones, que por cierto sería mucho mayor si la política eléctrica del país no le apuntara a aniquilar la competencia, y si tuviéramos realmente una política activa en materia de energías renovables.

Pero, con todo, los indicios señalan que en 2023 se instalarán más empresas extranjeras en México o las que ya están ampliarán operaciones.

Pero, la tendencia positiva dominante de largo plazo no excluye que pueda haber baches a los que haya que atender.

Como le he comentado en otras ocasiones, las cifras no son para ver todo negro, pero tampoco para hacer fiesta.

Y, vaya que cada vez resulta más difícil para la sociedad ponderar la realidad sin caer en la euforia o en el tremendismo.

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