Enrique Cardenas

Literal, ‘pobreza franciscana’

No se trata de que el gobierno sea ‘austero’, no. Se trata de que la población se conforme con poco, que deje de ser ‘aspiracionista’, que tenga un nivel de vida bajo.

Universidad Iberoamericana de Puebla y Universidad de Guadalajara.

Ha sido ampliamente documentado (por ejemplo, por Spin, Causa en Común y Signos Vitales) que el presidente López Obrador miente abiertamente todos los días, tergiversa hechos y da información que es frecuentemente incorrecta, falsa o incluso inexistente. Pero también, entre líneas y en ocasiones abiertamente, muestra sus cartas y sus intenciones verdaderas que, muchas veces, suenan inverosímiles por su frivolidad o confrontación con el sentido común. Por ejemplo, aquello de que la lucha contra el COVID se haría con una estampilla religiosa. Fue una afirmación inverosímil que, sin embargo, resultó cierta: no hubo realmente una política pública coherente para combatir la pandemia ni en lo sanitario ni en lo económico y mucho menos en lo social. Más bien, la política fue que cada quien se rascara con sus uñas y que se pusiera a rezar para que ‘no le toque’.

En la última semana, el presidente nos informó que de la ‘austeridad republicana’ pasará ahora a la ‘pobreza franciscana’. La ‘austeridad republicana’ ha consistido en disminuir los presupuestos gubernamentales eliminando programas y dotación de servicios públicos de toda índole, como estaciones de medición de la calidad del aire, estancias infantiles, escuelas de tiempo completo y mantenimiento de la infraestructura pública (como el de la Línea 12 del Metro que colapsó). Todo el dinero, porque sigue aumentando el gasto público, se ha ido a pagar los déficit de Pemex, de la CFE, y los despilfarros en obras emblemáticas que tendrán, en el mejor de los casos, una rentabilidad económica o social muy baja. Ya no digamos la destrucción de nuestro patrimonio natural, como en la Riviera Maya. Es decir, dicha austeridad es selectiva y ha probado ser dañina para el bienestar de la mayor parte de la población. Los programas sociales, como también ha sido demostrado, sirven propósitos esencialmente clientelares con fines electorales.

El anuncio de que dicha tendencia seguirá llega a un nuevo nivel. No se trata de que el gobierno sea ‘austero’. No. Se trata de que la población se conforme con poco, que deje de ser ‘aspiracionista’, que tenga un nivel de vida bajo. Se trata de multiplicar a los pobres a costa de las clases medias y los ricos. Así de increíble o ilógico que pueda parecer, los hechos muestran que ha sido justamente su política desde antes de iniciar el sexenio. Visto así, hacen sentido una serie de decisiones que ha tomado el presidente. Enumero algunas.

La cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México de Texcoco ha significado, entre muchas otras cosas, que la productividad del país, la competitividad de nuestra economía y la creación de empleos sufran graves estragos. La política energética también disminuye las posibilidades de desarrollo al encarecer la energía y dejar de proteger la calidad del medioambiente y combatir el cambio climático. La pésima gestión de la pandemia que implicó el casi nulo otorgamiento de apoyos a las familias, a los trabajadores y a las empresas contribuyó a la contracción económica, el empobrecimiento de la población y su endeudamiento. Sólo el aumento de las remesas (y del presunto lavado de dinero por esa vía) permitió paliar parcialmente el golpe.

El propósito de multiplicar los pobres se ha concretado en muchas decisiones presidenciales que han afectado la inversión, a tal grado que hoy tiene el nivel que tenía en 2011: la violación de las leyes y reglamentos que llevan a la judicialización por la falta de cumplimiento de los contratos; la fiscalización creciente que a veces se asemeja más a una extorsión que al cumplimiento de la ley; la negligencia en el ataque a la inseguridad que se traduce en doble tributación por el cobro de piso, el robo de camiones o de mercancía; la continuada corrupción que ya costaba hasta 10 por ciento del PIB según el Banco Mundial, y un largo etcétera. El resultado es el colapso de la inversión que significa menos creación de empleos, menos bienestar y por tanto más pobreza.

El presidente ha sido exitoso en su propósito de que más gente ‘alcance’ la pobreza. Inegi y el Coneval mostraron el año pasado que el número de pobres pasó de 51.9 a 55.7 millones entre 2018 y 2020. Los ingresos de toda la población, salvo el 10 por ciento más pobre, se contrajeron dramáticamente en esos años. Eso sí, la distribución del ingreso ‘mejoró' ligeramente, pero debido a que los ingresos de la clase media y los más ricos disminuyeron más que los ingresos de los más pobres.

Así, lo que podría parecer un sinsentido de López Obrador, afirmar que debemos transitar a la ‘pobreza franciscana’, es en realidad un propósito firme del presidente que ha conseguido en sus tres años de gobierno. Este objetivo declarado se ha traducido en decisiones personales y de política pública que han logrado, efectivamente, hacer que haya más mexicanos pobres. Suena absurdo, pero no lo es para López Obrador. Seguramente tiene motivos políticos ‘de gran peso’, como quizás hacer depender a más población de las dádivas del gobierno y mantenerlos como clientes seguros de su régimen. Horror, pero así es.

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