Enrique Cardenas

Un ‘déjà vu’ que viven nuestros niños

México tardó en restaurar la presencialidad en las escuelas, lo cual ha implicado daños gravísimos en la salud mental de las niñas y niños, y en su desarrollo social y académico.

Universidad Iberoamericana de Puebla, Puebla contra la Corrupción e Impunidad.

El doctor Francisco Moreno, una de las voces científicas más relevantes para sobrellevar la pandemia, dijo con particular claridad: permitamos que los niños sean parte de la solución en esta pandemia, en lugar de seguir excluyéndolos.

A principios de 2020, en todo el mundo y en México en particular, experimentamos un parteaguas por el cierre de todo tipo de actividades. La vida cambió para todos, pero para las niñas y niños pasó más de un año para que su vida social empezara a recuperarse. México fue uno de los últimos países en restaurar la presencialidad en las escuelas, lo cual ha implicado daños gravísimos en la salud mental de las niñas y niños, y en su desarrollo social y académico. La desatención que sufrieron los niños por más de un año la siguen enfrentando todos los días: alta deserción (con baja probabilidad de revertirla), rezago y brecha exacerbada por el acceso inequitativo a la educación digital y las secuelas en su salud física y mental.

Este año inició con un déjà vu para la gran mayoría de las niñas y niños de nuestro país: de la noche a la mañana ya no asistirían a la escuela. En el mejor de los casos, su regreso tomaría solo unas semanas. Regresar a la estrategia del cierre total en muchas entidades del país es recurrir a una estrategia no solo fallida, sino a todas luces irresponsable. Se ignoran las lecciones aprendidas durante los últimos 22 meses de pandemia y minimiza los daños que derivan de excluir a las infancias de sus escuelas. Menciono tan solo tres lecciones:

1. Existen protocolos eficaces para evitar la propagación de contagios. En estos 22 meses de pandemia, hemos aprendido sobre cómo se comporta el virus, las maneras más comunes de contagio y las formas más eficaces para evitarlo. Por ejemplo, en 2020, lavábamos cada producto que comprábamos en el supermercado y abundaban los tapetes con cloro en casi todas las entradas de espacios cerrados. Ahora sabemos que es la ventilación, el lavado de manos y, sobre todo, un cubrebocas bien puesto (por arriba de la nariz) la mejor manera de evitar el contagio, de la mano de evitar eventos masivos y otros espacios con poca ventilación y mucha población. Parece que esta primera y básica lección la han echado por la borda en muchas partes del país: se pospusieron las clases a rajatabla sin considerar si estas medidas se habían implementado o si incluso el entorno lo requería.

2. La segunda lección es que las escuelas no son un foco de contagio; por el contrario, aplicando esas medidas, las escuelas son una zona segura. A nivel internacional, pero también en México, se ha confirmado que los contagios no incrementaron debido al regreso a las aulas sino por el contrario, había pocos contagios. El colectivo AbreMiEscuela, por ejemplo, documentó que en Querétaro se abrieron 900 escuelas en agosto y solo hubo dos brotes. UNICEF ha reiterado que las escuelas deben ser lo último en cerrar y lo primero en abrir. Quedarse en casa expone mucho más a las niñas y niños. En el mejor de los casos estarán bajo el cuidado de algún adulto que los expondrá a la necesidad de acompañarlo al trabajo, de compras, al doctor, etcétera. En cambio, dentro de sus aulas, todas las personas –tanto docentes como alumnos– portan un cubrebocas, se puede abrir una ventana o salir al patio para tener ventilación. Las escuelas que sí instalaron un comité de salud formado por mamás, papás, maestros y directivos, hoy en día enfrentan las nuevas variantes del virus con decisiones informadas y no con base en ocurrencias o en el miedo.

3. La vacunación protege y salva vidas. No obstante, el gobierno federal ha determinado que los infantes no requieren de vacunación. En contraste, en Colombia, Argentina y Chile el gobierno decidió vacunar a niñas y niños mayores de tres años; en Panamá, Bolivia, Costa Rica y Uruguay, quienes rebasen los cinco años recibirán esa protección. Excluir a las niñas y los niños de la estrategia de vacunación los deja aún más desprotegidos y expuestos. No solo es discriminatorio sino que minimiza –una vez más– la importancia de su derecho a la salud. (Si los niños votaran, quizá sí los vacunarían). Los niños, implicando su salud mental, física y desarrollo académico, pagan una factura altísima por no asistir a la escuela. No vacunarlos perpetúa ese daño y los deja en un estado completo de desprotección.

Ante este escenario de déjà vu, la principal lección es que nuestras infancias merecen estar al inicio y no al final de la lista de prioridades.

Con la colaboración de Ana Cárdenas G. de C.

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