Enrique Cardenas

Una buena y una mala

Los logros más importantes de la 4T casi sin excepción están acompañados de otros, más bien negativos, que incluso parecen peor que el primero.

Universidad Iberoamericana de Puebla, Puebla contra la Corrupción e Impunidad.

Conozco muchas personas sensatas y críticas que todavía no se convencen que este gobierno ha sido un fracaso. Me he esmerado en encontrar algunos de sus logros más importantes, pero casi sin excepción encuentro que ese punto positivo está acompañado de otro, más bien negativo, que incluso parece peor que el primero. Algunos ejemplos.

En el ámbito de seguridad, por ejemplo, se habla de que un logro es la reducción de la incidencia de algunos delitos, como el secuestro y el asalto en casa habitación. Se habla también de que ha habido menos abusos del Ejército al entablarse en enfrentamientos con el crimen organizado y que la violación de derechos humanos por excesos en el uso de la fuerza se ha reducido. Desgraciadamente, los homicidios dolosos así como los feminicidios no han disminuido, ni tampoco otros delitos de alto impacto. Los enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas y miembros del crimen organizado sí han sido menos, pero por instrucciones superiores de no entrar en confrontación, a costa de que los cárteles y los grupos del crimen organizado amplíen sus zonas ocupadas en el territorio nacional. A tal grado que hay evidencia de que la intervención del crimen organizado afectó las elecciones de varias contiendas electorales, dos de ellas a nivel de gubernatura. Pero quizás lo más preocupante es la institucionalización de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior, gracias a una modificación legal que ha sido controvertida a nivel constitucional, pero la Suprema Corte sigue sin resolver. Ya casi son dos años de ello. De modo que es difícil encontrar un saldo positivo en este ámbito.

En la economía se habla del equilibrio presupuestal y del tipo de cambio como un logro que agradecen los mercados financieros y brinda estabilidad macroeconómica. En efecto, los niveles de déficit fiscal, y de superávit primario aunque pequeño, muestra sensatez macroeconómica en tiempos normales. El peso se ha mantenido en niveles que implican si acaso una pequeña sobrevaluación, pero sin afectar gravemente todavía la balanza de pagos. Lamentablemente, el equilibrio fiscal se ha conseguido a costa de varias políticas. Primero, por el lado de los ingresos, mediante la utilización de diversos fondos de contingencia y de los recursos de fideicomisos que se deben extinguir, cuyos fines específicos han afectado instituciones académicas y de investigación, la provisión de salud, cuidado ambiental y muchos otros fines. También por el lado de los ingresos, la recaudación proveniente de causantes mayores permitió que en 2020 los ingresos tributarios no se contrajeran significativamente. La mayoría de estos recursos estaban en litigio entre las empresas y el SAT, cuya resolución estaba pendiente. Mediante la ‘torcedura” del brazo el SAT consiguió que muchas de esas empresas se desistieran y que abandonaran su defensa, y que saldaran sus ‘deudas’ de inmediato. Hubo una reacción internacional demandando al gobierno que las empresas pudieran defenderse y que respetaran el Estado de derecho. Y por el lado del gasto, la reducción presupuestal en la mayoría de las entidades, la obligación no escrita de generar subejercicios o ‘ahorros’ para ser destinados por la Secretaría de Hacienda a otros proyectos o a otras necesidades, y la eliminación de fondos diversos para las entidades federativas y los municipios, le permitieron al Ejecutivo mantener a raya el gasto público en épocas de crisis sanitaria. A pesar de la pandemia no aumentó el gasto en salud ni educación, ni se apoyó a las familias ni empresas en tiempos de gran necesidad por la pandemia. Y finalmente, en cuanto al tipo de cambio, el ingreso extraordinario de dólares por las remesas y la exportación de manufacturas por encima de las importaciones al caer drásticamente el ingreso en México en 2020, además del diferencial positivo de tasas de interés entre México y Estados Unidos, generaron equilibrio en el mercado de cambios a pesar de la creciente inversión de mexicanos en el exterior.

Estos son dos ejemplos, pero podríamos hablar de otros en donde se pueden ver logros o buenas intenciones, pero cuyo costo es elevado y donde los efectos secundarios parecen ser mucho más elevados que el beneficio. Además de los casos paradigmáticos del Tren Maya, Dos Bocas y el aeropuerto de Santa Lucía, se podrían mencionar los casos de la política energética, los programas sociales, el aumento al salario mínimo y la reforma de pensiones, la reforma laboral, la firma del TMEC, la relación con Trump y la política exterior, la cercanía con el Cártel de Sinaloa, la lucha contra la mafia del poder, entre otros.

Por ello, sigo sin explicarme por qué personas sensatas e inteligentes sigan argumentando que este gobierno ha hecho, en general, las cosas bien.

COLUMNAS ANTERIORES

Mi umbral
Ni ellos se ponen de acuerdo

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.