Eduardo Guerrero Gutiérrez

Calladitos se ven más bonitos

Lo que la historia reciente nos enseña es que la decapitación de los cárteles no es, por sí sola, un remedio eficaz contra la violencia criminal. Por el contrario, puede convertirse en un dizque remedio que empeore la enfermedad.

El país vive en tensa calma. Tras la captura de El Mencho hemos entrado en territorio desconocido. No existen precedentes comparables, por su magnitud, al ‘abatimiento’ del domingo 22 de febrero, pero lo que la historia reciente nos enseña es que la decapitación de los cárteles no es, por sí sola, un remedio eficaz contra la violencia criminal. Por el contrario, puede convertirse en un dizque remedio que empeore la enfermedad. Así ocurrió con la organización de los Beltrán Leyva, con el Cártel de Juárez y con Los Zetas. Después de que sus principales líderes fueron detenidos o abatidos, estas organizaciones atravesaron procesos de fragmentación. Los subsecuentes conflictos entre facciones antagónicas explican, en buena medida, por qué la tasa de homicidios en México se triplicó entre 2007 y 2011. En un texto publicado en la revista Nexos ese último año, titulado “La raíz de la violencia”, describí con datos el proceso que conduce de la neutralización de líderes criminales a la fragmentación de los cárteles y al escalamiento y la dispersión de la violencia.

Sin embargo, mi pronóstico para el futuro próximo –al menos en lo que concierne a la evolución de la violencia– es de optimismo cauteloso. La razón es que, a diferencia de lo que ocurrió con las neutralizaciones de capos durante el sexenio de Felipe Calderón, la caída de El Mencho no sucede en un vacío. Fue un evento extraordinario –sí, y necesariamente sorpresivo–, pero se inserta dentro de una lógica más amplia. Al revisar los datos del monitoreo de arrestos de alto perfil que coordino, resulta evidente que en el último año se puso en práctica una estrategia dirigida contra la organización de las cuatro letras: trimestre tras trimestre, el número de capturas vinculadas a dicha organización fue en aumento. Para el cuarto trimestre de 2025 se contabilizaron 224 miembros del CJNG arrestados en operaciones de alto perfil (de lejos, el mayor registro en los seis años que llevo realizando el monitoreo). Este patrón de operativos constantes reproduce, a escala nacional, la estrategia que Omar García Harfuch implementó como secretario de Seguridad en la Ciudad de México para debilitar la estructura de La Unión Tepito.

Las acciones contra la organización de El Mencho se intensificaron durante las primeras semanas de este año. Uno de los golpes más emblemáticos fue la captura, el pasado 5 de febrero, de Diego Rivera Navarro, alcalde de Tequila. Rivera Navarro distaba de ser una pieza clave en la estructura del CJNG. Sin embargo, su caída tuvo una importancia simbólica. Fue una noticia de ocho columnas que, por cálculo o por coincidencia, envió una advertencia a las redes de funcionarios coludidos que el cártel tiene diseminadas en decenas de ayuntamientos y corporaciones estatales. Y no sólo a ellos, sino también a quienes mueven los hilos en Morena y en los demás partidos: a esos dirigentes a quienes no les conviene que preguntemos quién recomienda y quién palomea a los candidatos del narco. Luego, el 19 de febrero, vinieron las investigaciones y sanciones, tanto en México como en Estados Unidos, contra los operadores del Hotel Kovay Gardens, en Puerto Vallarta.

La reacción de las huestes del CJNG tras el abatimiento de El Mencho cimbró al país durante unas horas. Las imágenes de los incendios y los bloqueos –las reales y las generadas con inteligencia artificial– le dieron la vuelta al mundo. Sin embargo, dada la magnitud del personaje abatido y el poder de fuego del cártel, la respuesta fue relativamente contenida. No me queda la menor duda de que el CJNG tenía capacidad operativa para mucho más, y que quienes tomaron las decisiones del cártel ese domingo 22 de febrero optaron, en la mayoría de los casos, por no exponerse demasiado. Los bloqueos fueron aparatosos, pero se evitaron ataques que pusieran en riesgo directo la vida de civiles. Los sucesores de El Mencho entendieron que, como están las cosas, calladitos se ven más bonitos.

También vale la pena apuntar que el operativo en Tapalpa envió otra poderosa advertencia a los criminales: el Tío Sam los tiene bajo vigilancia constante. De acuerdo con un artículo publicado por The New York Times, fueron las imágenes capturadas por un dron estadounidense las que permitieron inferir, desde el jueves 19 de junio, que El Mencho se encontraba en el conjunto de cabañas donde se desarrollaría el operativo tres días después. Una razón más que los nuevos líderes del CJNG tienen para mantener un perfil bajo.

En conclusión, me parece poco probable un escalamiento súbito de la violencia (un escenario que, por ejemplo, ponga en riesgo la celebración de los partidos del Mundial previstos para Guadalajara). Sin embargo, es casi inevitable que alguna de las franquicias que integran el CJNG inicie un conflicto en Baja California, en Michoacán, en Veracruz o en alguna otra plaza estratégica.

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