Eduardo Guerrero Gutiérrez

Las cifras engañosas

Por ganarse la aprobación del Presidente, se fabrican logros espectaculares en la disminución de delitos que son de risa para cualquier observador cuidadoso y ofensivos para las víctimas.

En todas las secretarías, imagino que en prácticamente todas las oficinas de gobierno, hay un pequeño staff responsable de generar presentaciones e informes con ‘logros’. Este grupo asesor conoce bien su oficio. No se trata de mentir, al menos no de forma descarada. Pero la secretaria o secretario, directora o director, no puede quedar mal. Como mínimo, hay que cuidar que el vaso se vea siempre medio lleno. A veces hay que sacarle lustre a las cifras.

Una de las mañas más sencillas y más eficaces consiste en la selección del periodo base (es decir, el mes, el trimestre o el año que se utiliza para estimar si algún indicador registró una disminución o un aumento). Si las cosas no van del todo bien, si los ‘logros’ no lucen o si de plano las cosas empeoraron, se puede probar con un periodo base distinto. Hay varias alternativas que no suenan demasiado forzadas. Se puede tomar como referencia, por ejemplo, el primer mes del actual gobierno, el último mes del gobierno previo, ‘el mismo mes del año pasado’. Desde siempre, los asesores que elaboran las presentaciones de los funcionarios son hábiles para usar estas alternativas, guardando cierto recato, para no ser demasiado burdos. Una regla no escrita es que, por lo menos, en una misma presentación, el periodo base se use de forma consistente.

En la mañanera del pasado 21 de febrero, hubo una muestra de ese procedimiento. Para hacer el cálculo en la variación de los delitos no se tomó como referencia un periodo base único, sino que para distintos tipos de delitos se utilizaron distintos periodos base, según resultara más conveniente. En algunos casos se optó por alguna de las alternativas estándar. Por ejemplo, para los delitos del fuero federal se tomó como referencia el primer mes del sexenio, diciembre de 2018. Al comparar con la cifra de enero de 2022 se obtuvo una favorable reducción de 41 por ciento.

En otros casos, sin embargo, se optó por la curiosa práctica de elegir como referencia el máximo histórico. Para el feminicidio, por ejemplo, ese máximo apenas se alcanzó en agosto del año pasado. Al hacer la comparación con ese mes, el gobierno puede presumir una disminución de 32 por ciento. Siguiendo este innovador método, hasta la extorsión, que sabemos que está desatada en varias regiones del país, reporta una sorprendente disminución de 15.6 por ciento (sin embargo, si se compara el nivel de extorsiones reportado en enero de 2022 con enero de 2021, se observa un aumento de 27 por ciento).

El método de usar como referencia el máximo histórico para cada delito es infalible: pase lo que pase, es imposible que en las comparaciones haya aumentos. Es también un método bastante burdo. Algo equiparable sería que el Inegi buscara, para cada uno de los productos que integran el Índice Nacional de Precios al Consumidor, el mes en el que el precio ha sido históricamente más elevado y que tomara ese mes como referencia. Por arte de magia ya no habría inflación.

Lo más lamentable es que todo este ejercicio de hacer comparaciones mañosas, se hace a pesar de que los datos ni siquiera son un reflejo confiable de la incidencia delictiva. Mes con mes el gobierno federal insiste en publicar como “incidencia delictiva” cifras que en realidad se deberían de llamar “delitos denunciados” (pues proceden de la estadística, de por sí bastante deficiente, que las fiscalías de los estados arman, y que sólo toman en cuenta denuncias presentadas ante el Ministerio Público). La variación en estas cifras muy probablemente refleja cambios en el porcentaje de delitos que se denuncian, más que una variación real de la incidencia. Sabemos, por ejemplo, que de 2019 a 2020 la tasa de denuncia bajó de 11.2 a 10.2 por ciento. Este cambio, por sí sólo, supone que en ese año hubo una caída de 9 por ciento en las denuncias que no es atribuible a una disminución real en la incidencia delictiva.

Mi intención aquí no es desacreditar la estrategia de seguridad del gobierno federal. Hay claroscuros. Los homicidios, que se habían mantenido en niveles críticos desde finales del sexenio de Peña Nieto, finalmente muestran, de acuerdo a distintas fuentes, una tendencia moderada de disminución. Los secuestros probablemente también han bajado en los hechos. Sin embargo, el triunfalismo y los malabares estadísticos son preocupantes. Reflejan falta de sensibilidad, y también ceguera de taller. En el afán por ganarse una estrellita del Presidente, se fabrican logros espectaculares en la disminución de delitos que son de risa para cualquier observador cuidadoso, y ofensivos para las víctimas.

COLUMNAS ANTERIORES

La amenaza de El Abuelo Farías
Filtros silenciosos para aspirantes de Morena

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.