El 1 de julio, a tres años de su triunfo electoral, el presidente López Obrador dijo que, a pesar del complejo panorama que le tocó “heredar”, durante su gobierno no han aparecido nuevas bandas o grupos criminales. No me propongo entrar aquí en una discusión bizantina sobre la génesis de las organizaciones criminales. Los grupos criminales rara vez surgen de la nada. Por lo general los nuevos nombres que escuchamos son producto de reacomodos, escisiones o meros cambios de imagen, por medio de los cuales los nuevos liderazgos ocupan lugares de viejas generaciones. También es frecuente escuchar un nuevo nombre cuando quienes estaban relegados a un papel secundario dentro de una organización mayor (típicamente los jefes de sicarios) deciden que están listos para operar por su cuenta. Muchas de las mafias que hoy operan por todo el país evolucionaron de esta forma, a partir de los grupos que ya se dedicaban al narcotráfico hace décadas, como el Cártel de Guadalajara o el Cártel del Golfo.
El tema importante no es si los grupos que operan a mediados de 2021 son nuevos o son los mismos que ya estaban desde tiempos de Peña Nieto. En lo que nos tenemos que fijar si queremos hacer una evaluación de este gobierno es si hay nuevos conflictos y otras dinámicas criminales que afecten a la población. En ese sentido, las cosas no marchan bien.
En algunas regiones del país hay mejoras. Es justo reconocer que algunas de esas mejoras son reflejo del trabajo diario del gabinete de seguridad que el Presidente mencionó en su discurso del jueves pasado. Gracias al seguimiento diario, desde Palacio Nacional se ha logrado fortalecer la presencia del Estado en algunas de las regiones donde los gobernadores antes dejaban operar libremente a los criminales. Al comparar los últimos 30 meses del gobierno de EPN, con los primeros 30 de AMLO, las víctimas letales del crimen organizado disminuyeron más de 50 por ciento en varios municipios de Guerrero (como Chilapa y Chilpancingo), y de Veracruz (incluyendo Alvarado, Córdoba y Tuxpan, además del Puerto de Veracruz).
Sin embargo, en otras regiones la tendencia ha sido de franco deterioro. Estas crisis regionales de violencia son resultado de nuevos conflictos que estallaron después de 2018 y que no fueron atendidos oportunamente. El más importante ha sido la conformación de una alianza de mafias locales, conocida como Cárteles Unidos, que el Cártel de Sinaloa (esa organización que a veces pareciera simpatizarle al Presidente) creó para hacerle frente al CJNG en seis estados, incluyendo Guanajuato y Michoacán. Este nuevo conflicto explica que las ejecuciones se hayan disparado en lugares como Celaya (donde aumentaron 147 por ciento), Morelia (115 por ciento) y León (127 por ciento).
Sin embargo, han explotado muchos otros conflictos criminales. Por mencionar otro ejemplo, en Sonora resurgió Rafael Caro Quintero, uno de los narcotraficantes más célebres en los años 80. Caro Quintero salió de prisión en 2013. Tras mantener un perfil bajo por algunos años, estableció en este sexenio el Cártel de Caborca, una organización que ha iniciado una guerra contra el Cártel de Sinaloa y que ha puesto fin a la relativa paz que había prevalecido por años en Sonora. Como resultado de este nuevo conflicto, las ejecuciones se duplicaron en Hermosillo y se triplicaron en Ciudad Obregón; en Caborca aumentaron 15 veces.
El balance es que los homicidios, junto con el enorme costo humano y social que causa la violencia del crimen organizado, se han mantenido a niveles escandalosos. La pacificación que el Presidente prometía en campaña y en los primeros meses de su gestión simplemente no ha llegado. Los grupos criminales tal vez siguen siendo los de siempre, pero han evolucionado, han buscado extenderse a nuevas plazas, han formado alianzas y están matando mucha gente en lugares que antes eran tranquilos. Este gobierno no le apuesta a generar inteligencia y como consecuencia no ha sabido anticiparse a estas crisis emergentes.
Lo más grave de las palabras de AMLO de la semana pasada es que suenan a derrota. El Presidente mencionó la disminución de algunos delitos. Sin embargo, el corazón de su mensaje fue de justificación. No va ni la mitad del sexenio y –al igual que sus antecesores– el Presidente ya empezó construir una narrativa para culpar a otros por los malos resultados de su gobierno. Ojalá no siga por ese camino, todavía es mucho lo que se podría hacer de aquí a 2024.