Eduardo Guerrero Gutierrez

La carretera de Aguililla

Es un hecho que en Aguililla se vive una situación crítica, en particular por la dificultad de la población para trasladarse.

Octubre de 2019. En una emboscada entre Aguililla y la comunidad de El Aguaje, en la carretera que lleva a Apatzingán, fueron asesinados 14 elementos de la Policía Estatal de Michoacán. Como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, el ataque tuvo lugar cuando los uniformados se trasladaban para cumplir una diligencia relacionada con una investigación judicial. El ataque se lo adjudicó en una cartulina el CJNG.

Desde entonces, de cuando en cuando, Aguililla se incendia; a veces a causa del conflicto entre las células del CJNG que operan en la región, y las mafias y grupos de autodefensa locales (que últimamente actúan de forma coordinada bajo el nombre Cárteles Unidos); a veces, por las agresiones y enfrentamientos de los criminales con elementos militares. Hace algunas semanas incluso circularon noticias alarmistas de que el CJNG había ocupado la cabecera municipal y que las Fuerzas Armadas habían optado por dejar a su suerte a la población. Al parecer estas últimas versiones no son más que un ejercicio de desinformación –habría que preguntarse con qué objeto– y Sedena siempre mantuvo en operaciones la base militar que tiene en Aguililla.

Sin embargo, es un hecho que en Aguililla se vive una situación crítica, en particular por la dificultad de la población para trasladarse. Incluso algunos de quienes se quisieran ir del municipio por la inseguridad reportan que, a pesar de la presencia militar en la cabecera, los continuos bloqueos del crimen organizado hacen difícil el escape. Al parecer, el CJNG y Cárteles Unidos se alternan el control de la carretera y son quienes deciden quién entra y quién sale de Aguililla, un municipio encerrado en la sierra Madre del Sur, que sólo es accesible por la ruta a Apatzingán (salvo que uno se quiera aventurar a circular por una brecha, algo todavía más peligroso).

La semana pasada la circulación se restableció brevemente con motivo de la visita del nuncio apostólico Franco Coppola (algo así como el embajador de El Vaticano en México). Sin embargo, a las pocas horas de finalizada la visita apostólica, los criminales nuevamente volvieron a bloquear la carretera con piedras. Así ha sido constantemente durante los últimos meses. Más tardan las autoridades en quitar piedras o tapar zanjas que los grupos armados en bloquear la carretera en otro punto.

Las organizaciones criminales en México no sólo son poderosas por el dinero y por las armas que tienen. De forma creciente, van logrando imponerse en las carreteras y este control prácticamente les garantiza el éxito, por eso se aferran a él. Por un lado, en cualquier conflicto armado quien controla la carretera juega con ventaja, sobre todo en lugares aislados como Aguililla. Cualquier ataque de un rival, o cualquier intervención de la autoridad, sólo puede ocurrir en cámara lenta y con aviso previo.

Por otro lado, el control de las carreteras es un negociazo, pues permite cobrar cuota a todos los particulares que requieren desplazarse, y sobre todo a quienes quieran mover mercancía. De esta forma, los criminales van configurando un sistema impositivo que recuerda mucho a las ‘alcabalas’, los arbitrarios y odiados impuestos al comercio interno que perduraron en México hasta bien entrado el siglo 19. Cuando los empresarios se niegan a pagar esta cuota, basta cortar el flujo de mercancías y dejar que la escasez de alimentos y medicinas obre su magia, como ya ocurre en Aguililla.

La crisis en Aguililla nos invita a replantear las prioridades que se deben seguir si lo que se busca es avanzar hacia una pacificación del país. Las comunidades y los transportistas saben bien en qué rutas no se puede circular sin el visto bueno de los malandros. Dónde es necesario pagar cuota para mover mercancía o por dónde es mejor, de plano, no pasar.

Este último ha sido el caso de varias carreteras que se adentran en la sierra Madre del Sur, como el tramo que comunica Apatzingán con Aguililla, o el que va de Coyuca de Catalán a Zihuatanejo, en Guerrero. Los criminales incluso tienen, de forma intermitente, control sobre algunas autopistas, lo que les permite operar un lucrativo negocio de robo a transporte de carga (el tramo que va de Puebla a Orizaba es emblemático en ese sentido).

La pacificación de México pasa necesariamente por la recuperación de la libertad de tránsito en todas las carreteras, en particular aquellos tramos donde es sabido que el control actualmente lo tienen los criminales. Se trata de una tarea prioritaria que hasta ahora ha estado ausente del discurso del Presidente y a la que poco o nada ha contribuido la Guardia Nacional (que, dicho sea de paso, heredó esa responsabilidad de la División de Seguridad Regional de la Policía Federal, y que no ha sido capaz de borrar los recurrentes señalamientos de corrupción a los elementos responsables de patrullar las carreteras).

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