Opinión Edna Jaime

AMLO logró lo más indeseable: hacernos añorar el pasado

Lo que teníamos en la época pre-AMLO era mejor que lo que hoy vivimos, pero no lo que merecemos. Nos estancamos por la mediocridad de los políticos encumbrados de entonces.

La autora es directora de México Evalúa .

Los insultos y descalificaciones en Twitter son frecuentes, entre todos los bandos que participan en esta red social. Una pregunta dirigida como reclamo que recibo con frecuencia es dónde estaba yo en las administraciones pasadas, cuando se perpetraba el saqueo de la nación. Acusan que digo ahora lo que callé en el pasado. Estos mismos comentarios los reciben muchas, muchas otras personas y organizaciones que fueron particularmente duras (no por ello imprecisas) en sus juicios sobre gobiernos anteriores (y lo siguen siendo con el actual). En su momento, ese conjunto de juicios, señalamientos y análisis contribuyó a generar un ambiente de opinión favorable para el cambio. Y esto lo aprovecho AMLO para conquistar la presidencia.

Hoy creo que es necesario hacer un balance, lo más objetivo posible, de lo que teníamos en la era pre-AMLO, la que el presidente llama 'neoliberal'. Esta tarea sería particularmente importante para los partidos políticos ahora en la oposición. Un autoexamen que les permitiera reconocer los errores, limitaciones y abusos de los gobiernos que encabezaron y plantear una visión y una agenda renovada a partir de ese balance. Esto quizá los ayudaría a entender el sentir ciudadano, como punto de partida para reconectar con ellos. Porque, por lo visto hasta ahora, parece que los anima un afán de restauración: regresar al mundo pre-AMLO tras pagar una factura bastante cómoda.

El presidente López Obrador está logrando lo impensable: que añoremos lo que teníamos. Porque con todo, habíamos logrado algunas certezas. Como que al prender un interruptor, habría luz (por supuesto, para los que teníamos acceso a electricidad). O que la ventanilla pública o privada nos podía surtir completa una receta médica. En el tema de la salud, el más sensible para nosotros hoy, los yerros de la actual administración hacen ver como meros juegos de canicas los problemas del pasado. Porque había un entramado de instituciones que operaban con cierta eficacia. Pienso en las campañas de vacunación universal que resolvían complejidades logísticas, de abastecimiento o distribución, de una manera que parecía natural.

Ciertamente también las carencias eran obvias. La corrupción estaba presente en casi toda transacción importante del gobierno. Recibíamos servicios públicos de mediana calidad, porque había fugas de recursos por todos lados. Pero lo que enfrentamos ahora es más que el hecho de no controlar a los bribones: es un proceso de desinstitucionalización que pulveriza capacidades construidas en años.

Para responder a la pandemia, el presidente hizo a un lado mecanismos que le hubieran permitido hacerse de más información, tomar decisiones con base en ella, conocer opiniones de expertos, coordinarse con otros órdenes de gobierno y sectores de la sociedad, e incluso con su propio equipo. Acabó imponiendo su manera de gestionar los asuntos públicos, que consiste en centralizar al extremo las decisiones, despreciar la evidencia y hacer a un lado los mecanismos existentes para gestionar un problema (en este caso, una crisis sanitaria de proporciones inéditas). Y así nos va.

El proceso de vacunación que recién inició en el país es un corolario de todo anterior. No podíamos esperar que de este gobierno pudiera nacer una estrategia clara, transparente, que ofreciera certidumbre a todos. Tenemos a servidores de la nación operando la estrategia como operan la elaboración de padrones de beneficiarios de los programas sociales: con una lógica electoral, de construcción de bases territoriales para su partido. Así se maneja una crisis de esta magnitud.

Pero, además, en la escala global de producción y distribución de la vacuna la voluntad del presidente no pinta nada. Es decir, el esfuerzo de vacunación será viable cuando la producción sea de una escala suficiente para que llegue a los que no se pusieron vivos en las negociaciones iniciales. ¿Creíamos que habría un reparto equitativo? Resulta que no hay tal.

Y de estos errores no se derivan consecuencias inocuas. Son vidas humanas lo que perdemos.

A pesar de todo este alegato, confirmo que no me gustaría regresar al pasado. A la era pre-AMLO. Lo que teníamos era mejor que lo que hoy vivimos, pero no lo que merecemos. Nos estancamos por la mediocridad de los políticos encumbrados de entonces, los que con una mano hacían algo provechoso para el país, pero con la otra abusaban de él. Qué gran derrota si regresáramos a lo mismo.

Reitero, tenemos que hacer un buen balance para recuperar lo positivo del pasado y, de una vez por todas, trazar una ruta que, sin ambajes, nos lleve a otro estadio de desarrollo. Con políticos que entiendan el reto y no busquen regresar a su paraíso perdido. El próximo proceso electoral nos dirá si algo cambió para bien o si todo cambió para seguir igual… o peor.

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