Las recientes elecciones en Hungría han despertado esperanza entre las fuerzas democráticas y detonado una necesaria —aunque aún incipiente— deliberación sobre la democracia.
Para ser justos, dicha discusión se ha concentrado principalmente en el ámbito electoral, lo cual, si bien es relevante, resulta insuficiente si queremos comprender lo ocurrido y, a partir de ello, pensar cómo blindarla.
Reducir la democracia a los comicios es, precisamente, una de sus mayores debilidades.
Vayamos por partes. El prototipo de lo que el propio Viktor Orbán denominó “iliberalismo” parecía destinado a perpetuarse durante un largo periodo.
Esto, por razones internas —cambios constitucionales, control de medios, centralización del poder, dominio del Congreso y del Poder Judicial— y por el pragmatismo de la geopolítica internacional.
Así, actores enfrentados en otros escenarios encontraban coincidencias en Hungría: Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamín Netanyahu coincidían en que el régimen húngaro era funcional a sus intereses.
En cuanto a las razones externas, los acontecimientos se agolpan y resulta sorprendente la aparente fragilidad de la memoria colectiva.
Los magiares, divididos tras la Primera Guerra Mundial, pasaron de la derrota del Imperio austrohúngaro a la invasión nazi, su integración al bloque soviético, la represión rusa de 1956, la apertura democrática tras la caída del Muro de Berlín, su incorporación a la OTAN en 1999 y a la Unión Europea en 2004, hasta el ascenso de Orbán en 2010.
Este llegó por la vía electoral y, posteriormente, utilizando su “supermayoría” parlamentaria, impulsó reformas constitucionales para perpetuarse.
Ello le permitió, por ejemplo, que en 2014 obtuviera el 67% del Parlamento con apenas el 45% de los votos.
Sin embargo, ese mismo mecanismo ahora se le ha revertido, Péter Magyar, líder de la oposición y próximo primer ministro, con el 53% del sufragio, contará con el 69% del Parlamento y con ello de mayoría constitucional.
Conviene recordar que Magyar y su partido, Tisza, provienen de las mismas filas del régimen al que derrotaron.
Para lograrlo, enfrentaron un aparato que controlaba el Parlamento, el Poder Judicial, los medios de comunicación y a grupos empresariales beneficiados por el sistema, que dominan buena parte de la economía.
Anne Applebaum, en “El ocaso de la democracia”, describe esos breves procesos en los que el entusiasmo democrático se transforma rápidamente en su contrario.
En un artículo reciente sobre Hungría, plantea una tesis más amplia, el iliberalismo no es un destino inevitable; las democracias pueden recuperarse.
Las elecciones siguen siendo relevantes, incluso en sistemas sesgados a pesar del apoyo internacional que puedan tener.
Todo lo anterior podría parecer lejano a nuestra realidad. Sin embargo, las recientes elecciones en Hungría ofrecen aprendizajes valiosos, pues siguen patrones comparables a los que hemos observado en México y en otros países, salvando las distancias históricas y geográficas.
El modelo que siguió Orbán presenta similitudes con el diseño político de la llamada Cuarta Transformación, encabezada por López Obrador, en su intento por reconstruir el Estado mexicano y generar condiciones para darle continuidad a su movimiento.
Primera lección, un régimen que ha concentrado el poder, debilitado instituciones autónomas, influido en los medios de comunicación, que cuenta con la complacencia de importantes nuevos y viejos grupos empresariales y enfrentado a una oposición fragmentada puede parecer invencible.
Sin embargo, incluso reconociendo que la democracia no se agota en lo electoral, una ciudadanía que ejerce el voto puede revertir ese tipo de regímenes.
El gran reto de Péter Magyar será no utilizar la estructura que heredó para perpetuarse, sino, por el contrario, aprovechar su mayoría parlamentaria para revertir las reformas que debilitaron el equilibrio de poderes y reconstruir una democracia sustantiva, más allá de lo electoral.
Está por verse si el cambio de gobierno representa una verdadera transformación o simplemente la continuidad bajo otro signo.
Volviendo al caso de México, a lo largo de las últimas décadas la sociedad ha demostrado que regímenes aparentemente invencibles pueden ser derrotados en las urnas, ocurrió con el priismo, con el panismo y podría ocurrir nuevamente con la 4T, como ya se demostró en 2021 y podría repetirse en los procesos electorales de 2027 y 2030.
No obstante, para que los cambios no sean frágiles y fácilmente revertibles, la democracia no puede limitarse al ámbito electoral.
Para consolidarse, los gobiernos emanados de ella deben ir más allá de las elecciones y atender los problemas estructurales: la desigualdad, la pobreza extrema, la salud, la educación y, de manera central en nuestro caso, el grave problema de la inseguridad que ha penetrado todas las esferas de la vida pública. El caso húngaro deja, sin duda, múltiples lecciones.
POSDATA: Los acontecimientos se agolpan y tras los comicios húngaros, algunos de los autodenominados “gobiernos progresistas” se congregaron en Barcelona bajo el título “En defensa de la democracia”, y bajo ese paraguas se presentó la presidenta Sheinbaum, vaya paradoja.