Parece anticlimático que en un momento como este, en el que se ha desatado la violencia, escriba sobre democracia y partidos políticos, pero considero que justo es cuando más hay que insistir en ello.
El deterioro de la paz pública en nuestro país es resultado del empobrecimiento de la vida política, de la carencia de opciones, del escepticismo ciudadano producto de gobiernos que han llegado por la vía democrática y que, en su afán de perpetuarse y financiarse, se han coaligado con el crimen organizado.
Hagamos, pues, una breve reflexión al respecto. En las sociedades contemporáneas no podemos disociar democracia y partidos políticos. Y, sin embargo, persiste una paradoja, amplios sectores de la población consideran a la democracia un valor que debe defenderse y preservarse, pero desconfían profundamente de los partidos. Se les percibe más como grupos de interés que como vehículos de representación.
No obstante, los partidos son instrumentos indispensables de agregación y representación. Son espacios donde convergen corrientes sociales diversas con afinidades ideológicas, proyecto de país y propuesta de gobierno. Pensar la democracia sin partidos es, en términos prácticos, inviable.
La idea de una representación directa sin mediaciones puede resultar atractiva en el discurso, pero en la realidad conduce a formas inoperantes de toma de decisiones o, peor aún, a esquemas que pueden ser utilizados por liderazgos populistas que, en nombre de “escuchar al pueblo”, concentran decisiones y debilitan contrapesos.
México no es ajeno a esta tensión. A inicios de la presente década vimos movilizaciones ciudadanas en defensa de la democracia que, paradójicamente, excluían de manera expresa a los partidos políticos, como si fueran su antítesis.
Esa contradicción debe resolverse si queremos que la democracia no se reduzca al acto de votar cada tres o seis años, sino que funcione como un sistema permanente de representación, rendición de cuentas y ejecución eficaz de programas de gobierno.
La vía para ello pasa necesariamente por los partidos. La democracia debe ser funcional no solo para acceder a cargos públicos o a escaños legislativos, sino para articular de manera continua la pluralidad social.
Es a través de partidos abiertos, deliberativos y responsables que la ciudadanía puede exigir el cumplimiento de compromisos, expresar desacuerdos y, llegado el caso, sancionar con su voto el incumplimiento.
El problema en México ha sido que, durante décadas, los partidos —empezando por la vieja tradición priista— se burocratizaron y se alejaron de la sociedad (no ignoro la jaula de hierro). Se convirtieron en estructuras controladas por dirigencias poco representativas, perdiendo vitalidad ciudadana.
Las encuestas muestran niveles muy bajos de confianza en ellos, lo cual es grave; sin partidos sólidos y legítimos, la diversidad social se atomiza y con ello su manifestación se vuelve ineficaz para atender los problemas que nos son comunes.
De ahí que el desafío central no sea prescindir de los partidos, sino democratizarlos. Recuperarlos como auténticos vehículos de representación plural.
Pensar democracia sin partidos es abrir la puerta a la simulación y, en el peor de los casos, al autoritarismo que decide por la sociedad sin escucharla.
El riesgo de nuestro tiempo es claro: cuando la ciudadanía se distancia de la vida partidista, deja el espacio libre para que grupos cerrados concentren el poder bajo el amparo de una sigla.
Por eso, es momento de rehacer el sistema de partidos en México. Exigirles reglas democráticas, transparencia, competencia real por las dirigencias y candidaturas y mecanismos efectivos de participación ciudadana.
Sólo así se revitalizará la democracia y se evitará que el desencanto derive en mayor apatía o en la aceptación de fórmulas autoritarias.
En este contexto surge una nueva propuesta política: SOMOS MÉXICO. No se trata simplemente de una sigla más, sino de un intento por construir un partido con fundamento en la democracia interna. En la búsqueda de una sociedad que recupere su libertad y la garantía de poder transitar con seguridad por cualquier espacio a cualquier hora.
Su apuesta es clara: abrir un espacio de convergencia plural pero coincidente en la defensa de la democracia constitucional, en la construcción de una sociedad con igualdad de oportunidades que frene la extrema desigualdad, en el respeto a las libertades, la división de poderes y el Estado de derecho.
Lo distintivo de SOMOS MÉXICO es su énfasis en la ciudadanía como eje articulador y, de manera particular, en las juventudes. En un país donde los jóvenes suelen ser convocados solo como fuerza electoral, pero rara vez como protagonistas en la toma de decisiones, esta propuesta plantea integrarlos en la conducción misma del partido y en la definición de su agenda. No como cuota simbólica, sino como actores centrales en la deliberación y en la construcción programática.
En un entorno donde el poder tiende a concentrarse y a desdibujar contrapesos, una fuerza que asuma como principio la democracia interna, la pluralidad y la participación efectiva constituye una alternativa real frente a las tentaciones autoritarias.
SOMOS MÉXICO puede ser ese espacio, un partido que no sustituya a la ciudadanía, sino que la articule, que no hable en su nombre sin escucharla, sino que la incorpore en sus decisiones.
La democracia mexicana no se fortalecerá sin partidos renovados. Y los partidos no se renovarán sin ciudadanía activa, especialmente sin jóvenes comprometidos con los asuntos públicos.
SOMOS MÉXICO no solo se propone ampliar la oferta política, sino contribuir a preservar y profundizar la democracia frente a cualquier deriva autoritaria.