Las cortinas de humo han sido viejos recursos usados por los políticos para distraer la atención pública de problemas que les afectan, que les son adversos. El presidente López Obrador las usa sistemáticamente.
El problema no es que las use, el problema es que, dado el amplificador con el que cuenta, contribuye a la confusión y lo peor a la banalización de la vida pública.
Un ejemplo maravilloso de lo que refiero, lo vivimos el jueves pasado. Ese día el Coneval da a conocer los datos sobre pobreza; el Frente Amplio por México informa sobre los finalistas para encabezarlo, inicia el debate entre ellos; siguen las manifestaciones alrededor de los libros de texto y se judicializan; se exhibe el alcance internacional y desestabilizador de los cárteles mexicanos y mil cosas más, y el presidente dedica la “mañanera”, con buena parte de su gabinete, para anunciar el rescate de una vieja marca con la que bautiza una nueva línea aérea.
Habilidad sin duda, recurre a la nostalgia, hace “justicia social y laboral”, ofrece vuelos baratos acercando el transporte aéreo al pueblo y sigue empoderando a las Fuerzas Armadas, etcétera, etcétera.
Lo ha hecho a lo largo de un sexenio que está por terminar y el método lo fue perfeccionando durante lustros en los que estuvo en campaña, en la que sigue por cierto. La cuestión es que la estrella se apaga.
Las razones van desde el cansancio de la audiencia hasta el natural desgaste que conlleva el ejercicio público (no es lo mismo ser francotirador que ser blanco), pasando porque quienes, desde sus propias filas, pretenden relevarlo han ido definiendo su propia dinámica y tienen que demostrar que cuentan con vejigas propias.
El evento del jueves no dejaría de ser una anécdota más del “estilo personal de gobernar” (personal, no institucional, 50 años después parecería que hay pretensiones que se renuevan), tomando la lúcida expresión de Don Daniel Cossío Villegas, si no fuera porque el país vive un momento crítico que requeriría de la mayor atención. Momento crítico por las amenazas y también por las grandes oportunidades.
A las amenazas nos hemos referido en reiteradas ocasiones: pasamos de la inseguridad a un Estado retado e infiltrado por un poder de alcance internacional; un Ejecutivo federal que no cree en la democracia y no respeta el equilibrio de poderes; el resultado de las elecciones del próximo año en Estados Unidos marcará el tipo de renegociación en 2026 del Tratado de Libre Comercio, ¿seguimos?
Pero también hay que hablar de oportunidades, la geopolítica nos coloca en un lugar privilegiado de inversión que debería utilizarse para generar las condiciones de infraestructura, energías limpias, formación de recursos humanos de calidad a todos los niveles y garantías de legalidad para dar certeza a futuro sobre las condiciones de operación, inversión, laborales y demás.
Ante todo eso, el presidente está concentrado en preservar el poder y en su sucesión, lo que no ha tomado en cuenta es que en su “estilo de gobierno” está su debilidad. Al insistir en concentrar en su persona las decisiones concernientes al Ejecutivo federal en un país tan complejo como el nuestro y en un mundo que se reinventa económica, militar y tecnológicamente, el alcance efectivo de sus decisiones va menguando lo que se acentúa al entrar al último año de su gobierno.
La necia realidad impone condiciones y no espera a las instrucciones mañaneras. De manera tal que los diversos actores toman sus decisiones, los económicos invierten (los flujos de inversión extranjera directa han aumentado como nunca dados los buenos augurios del nearshoring, de la misma manera han crecido las remesas en virtud del tipo de cambio), los políticos incrementan su activismo, las corcholatas (triste denominación) aceleran su paso en pos de que las encuestas les favorezcan, aunque en eso vayan de por medio las reglas que el líder les dictó, y la oposición encontró una ventana de competitividad que a pesar de los oportunismos cortoplacistas difícilmente abandonará, en eso les va la vida.
Las tendencias económicas y el incremento en la competencia política son buenas noticias para un escenario que hace pocos meses atrás pintaba de un continuismo no sólo gris sino francamente regresivo en derechos y oportunidades de desarrollo. Sin embargo, a casi nueve meses de la jornada electoral que pondrá en juego los poderes Ejecutivo y Legislativo federales y un buen número de los locales, los riesgos son altos.
Nueve meses son pocos y a la vez mucho tiempo si de ambiciones políticas se trata. Un presidente que pierde fuerza y control de sus filas partidistas y de su gabinete, a pesar de la popularidad que las encuestas siguen documentando, pero que cuenta aún con la fuerza para enrarecer el ambiente si percibe que la continuidad de su proyecto está en duda. Si es el caso, acentuará las sospechas sobre la organización y calificación de las próximas elecciones, ya veremos.
Sí, la estrella del actual presidente se apaga y quiere cubrir ese ocaso y las insuficiencias y contradicciones de su gobierno tras cortinas de humo.
POSDATA: Como todo en la vida, lo que nos depara el destino próximo tiene que ver con el quehacer de muchos actores, esperemos que aquellos que militan en la oposición estén a la altura.
El autor es exsecretario ejecutivo del Instituto Nacional Electoral (INE).