Un sector de la oposición enfurece cuando se le nombra como “derecha prianista”. Les molesta porque los exhibe, pues esa expresión está lejos de ser una etiqueta para debatir en redes sociales.
Es, ya por décadas, el resumen, en una palabra, de una realidad política: desde el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988), los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional establecieron, con diversos matices, una suerte de cogobierno porque compartían ideas y una obediencia al credo neoliberal que se apoderaba del mundo.
Las privatizaciones de empresas públicas, la entrega de los recursos naturales a los capitales nacionales y extranjeros, el castigo sistemático a los ingresos de los trabajadores y el control de territorios mediante la violencia, así como la represión a quienes se oponían, fueron las marcas identitarias de esos gobiernos, fuesen azules o tricolores.
Con algunas diferencias de matiz —salvo el rechazo del PRI menos entreguista a la reforma energética de Felipe Calderón—, los presidentes del PRI y el PAN desplegaron políticas acordes con las recetas neoliberales que sólo ensancharon las filas de pobres y profundizaron la desigualdad.
El contrapunto fue el enriquecimiento sin medida de una élite que incluyó a los gobernantes corruptos.
En 2018, el hartazgo del pueblo frente a la pobreza, la violencia y los abusos estalló en una insurrección cívica y pacífica que llevó al poder, mediante el voto, a un gobierno que, por primera vez en décadas, volteó a mirar a los más pobres y a las causas del pueblo siempre ignoradas.
Ese triunfo se refrendó en 2024, con un margen tan amplio que no dejó duda de que no hay marcha atrás en la transformación del país.
Los cambios logrados en estos años son numerosos y trascenderán el tiempo. Este espacio es insuficiente para enlistarlos siquiera.
Baste, a guisa de ejemplo, nombrar tres: más de 13 millones y medio de mexicanas y mexicanos salieron de la pobreza; la mayoría de los hogares mexicanos reciben los beneficios de al menos un programa social, con los recursos que antes iban a los bolsillos de los corruptos; el índice de homicidios ha registrado una reducción de 49 por ciento, gracias a las acciones de seguridad del gobierno federal.
Por supuesto que muchos de los problemas del país persisten. Atenderlos y resolverlos no puede dar resultados inmediatos porque, en muchos casos, se trata de herencias que causaron daños profundos, estructurales.
Diversos sectores sociales siguen saliendo a las calles para protestar, para exigir derechos o mejores condiciones. Salen en toda libertad y el gobierno de la transformación dialoga con ellos y trata de resolver sus demandas en la medida que lo permiten los recursos públicos, que no son infinitos.
En ese escenario vemos a la derecha prianista apoyando a los docentes, las familias de desaparecidos u otras causas que para muchos son justas.
Es difícil encontrar mayor muestra de hipocresía: aquellos que crearon la crisis de violencia que llevó a la tragedia de los desaparecidos, hoy pretenden abrazar su causa.
Los que despreciaron, minimizaron y castigaron a maestras y maestros, se dicen hoy solidarios con su causa, con la lucha de docentes que rechazan una reforma aprobada, precisamente, por el PRI y el PAN.
En realidad, no apoyan ninguna causa porque sea justa, sino porque creen que hacerlo afecta al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum y el proyecto transformador.
Parafraseando la consigna callejera, se diría que “ese apoyo sí se ve”, pero se ve más falso que una declaración de paz de Donald Trump.
Hacen bien los movimientos sociales en dejar claro que la derecha prianista, y la ultraderecha de empresarios evasores nada tienen que ver con sus luchas.
La hipocresía de la derecha es incompatible con las causas justas.