'Mandy': cine sin concesiones
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'Mandy': cine sin concesiones

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'Mandy': cine sin concesiones

21/12/2018

El universo de Mandy, de Panos Cosmatos, es singular. Algo similar podría afirmarse de muchas películas de fantasía o ciencia ficción: la galaxia lejana de Star Wars, así como las normas que la rigen, solo existen en esa saga. Sin embargo, la rareza de Mandy va más allá del sitio en el que se desarrolla (la acción aparentemente ocurre en Estados Unidos en los 80, pero tengo mis dudas). Su estética, género, mitología y hasta sus diálogos son únicos. O bien, su mezcla es única. En cualquier otra cinta, una sola conversación críptica, como las que abundan aquí, estropearía la historia. Pero Mandy se sostiene porque es consistente con su peculiaridad.

En una cabaña dentro de un frondoso bosque, Red (Nicolas Cage) vive con su novia Mandy (Andrea Riseborough). Aunque su relación tiene aspectos idílicos –pescan, hacen fogatadas, hablan de su vida antes de dormir–, ambos parecen dos solitarios, con un difícil pasado a cuestas, refugiándose en esa cabaña. En esta primera parte, Cosmatos va y viene de la rutina de Red y Mandy a los embrollos de un culto, también escondido en el bosque, cuyos planes gravitan en torno a secuestrar a la pareja. La segunda mitad es una película de venganza dantesca.

Tal vez nada de esto suene particularmente extraño en papel, pero bastan cinco minutos de Mandy para que Cosmatos le imprima un ritmo y un estilo que la hacen casi inclasificable. Visualmente su composición es colorida, atravesada por lilas, amarillos, azules y naranjas. Cada cuadro parece visto a través de un caleidoscopio. Sus montajes empalman imágenes contrastantes, un recurso adecuado en una narrativa que aborda la dualidad, no solo entre lo femenino y lo masculino sino entre lo idílico y lo infernal. Al centro está Cage: tranquilo y sutil cuando vive con su novia, desbordado y frenético cuando la pierde.

Mandy no se vuelve más digerible a medida que avanza. Eso, sin duda, le ha ganado detractores. Yo admiré su compromiso consigo misma, con su estilo y estructura, incluso durante la primera parte, con sus largas conversaciones y pasajes que se extienden arbitrariamente. No hay concesiones en la obra de Cosmatos. Y eso, en esta o cualquier otra cinta, es digno de aplausos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.