Colaborador Invitado

Y ahora, ¿quién podrá protegernos?

Hoy la vida digital y analógica es ambivalente, facilita la vida cotidiana, el conocimiento colectivo, la comunicación y el libre mercado, pero a cambio nos desnuda y devela nuestra identidad.

Por Joel Salas Suárez, Comisionado del INAI y coordinador de la Comisión de gobierno abierto y transparencia.

Este verano leí 21 lecciones para el siglo XXI de Yuval Noah Harari. Esta lectura y los casos que resolvemos en el pleno del INAI me obligan a reflexionar en torno al valor de los datos personales. Hace tan solo 10 años navegábamos en la Internet sin ningún límite y pocos imaginaban que existiera una bocina inteligente que "platique" las noticias del día o que para hacer operaciones financieras desde el teléfono móvil tuviéramos que registrar nuestro rostro. Actuábamos sin ser conscientes de que estas operaciones implican revelar datos personales, preferencias e intereses, ocupaciones, conocimientos, ubicación, estados de ánimo. Hoy la vida digital y analógica es ambivalente, facilita la vida cotidiana, el conocimiento colectivo, la comunicación y el libre mercado, pero a cambio nos desnuda y devela nuestra identidad. Somos lo que tecleamos y dictamos a nuestros computadores y dispositivos.

Es tiempo de preguntarnos qué sucede cuando la nube digital colapsa, accidental o deliberadamente, y se revela aquello que somos. Esto es urgente dado que la tendencia es que la digitalización aumente. De acuerdo con el informe Global Digital 2019 el 57% de la población mundial utiliza la Internet y se conectan 11 usuarios nuevos por segundo. La tecnología nos hace la vida más fácil porque se ajusta a nuestras preferencias y necesidades gracias a los datos que recaba sobre nosotros, incluso nuestros comportamientos están siendo modificados en tanto dependemos de la tecnología para tomar ciertas decisiones como trazar una ruta, buscar fuentes de información o comprar un libro. Nosotros confiamos en la tecnología, pero ¿podemos confiar en ella para que proteja nuestros datos? Aún más, detrás de esa tecnología hay seres humanos organizados por empresas privadas y gobiernos, ¿podemos confiar en ellos para que protejan nuestros datos? La respuesta dependerá de la jurisdicción, hoy en México la respuesta es un rotundo no.

Las cifras evidencian que en nuestro país hay serias deficiencias en el blindaje tecnológico implementado por las empresas y los gobiernos para proteger los datos personales que recaban. Una muestra es el comercio electrónico. En México este no ha mantenido un crecimiento en la misma proporción que la escala mundial, pues tuvo una desaceleración por segundo año consecutivo. ¿Por qué? Puede ser debido a la desconfianza que surge de saber que el sector de servicios financieros es el más atacado por la ciberdelincuencia. México fue el país más ciberatacado a nivel mundial en 2018, ya que el 82% de las empresas mexicanas pudo haber sufrido una vulnerabilidad y que uno de cada cinco gerentes informáticos no sabe cómo fue atacado. Nuestro país ocupa el deshonroso segundo lugar de países donde se producen más robos de datos personales y donde cuatro de cada 10 intentos mensuales de operaciones delictivas en línea son exitosos.

El tema del robo de identidad merece especial atención. Para algunos delincuentes hay una mina de oro en los datos personales, pues al obtenerlos se hacen pasar por el titular a fin de tener acceso a su patrimonio o beneficio. México ocupa el octavo lugar a nivel mundial en robo de identidad, el cual puede ser físico, como cuando nos sustraen una identificación y la utilizan ilegalmente para tramitar un crédito, o virtual, como cuando recaban datos personales sin nuestro consentimiento y hacen transacciones en línea con ellos. Este delito aún se comete principalmente en su modalidad física, el 92% de los casos son causados por el robo o pérdida de documentos. El 8% restante son robos de identidad virtuales, pero esta cifra debe ser puesta en perspectiva. ¡De enero a marzo de 2019, los robos de identidad virtuales aumentaron 336% respecto del mismo periodo del 2018!

Reflexionar sobre el uso y el valor de los datos personales no debe ser solo un ejercicio teórico, debe llevarnos a emprender acciones y demandas concretas. En primer lugar, tomar conciencia de que nuestros datos valen; no es gratuito que hoy sean designados como el "nuevo petróleo", y actuar en consecuencia. En segundo lugar, exigir a las empresas y a los gobiernos que tomen medidas contundentes en sus respectivos ámbitos de acción. La revolución digital no se detendrá, pero sí debe tener límites. Al interactuar en la red dejamos una huella indeleble. Esta huella es nuestra identidad y debe ser protegida. Parafraseando a Harari, la capacidad que hoy tienen los algoritmos de predecir e incidir en nuestro comportamiento limita el libre albedrío y pone en riesgo dos premisas fundamentales de la modernidad y del pensamiento liberal: el cliente tiene la razón y el elector determina quién lo gobierna. Y ahora, ¿quién podrá protegernos? Sobre esto escribiré en la próxima entrega.

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