La evolución reciente de los bonos de 10 años y plazos mayores ha detonado una discusión profunda en los mercados financieros globales. Entre los factores que resultan útiles para explicar el crecimiento de las tasas de interés de estos instrumentos están los fiscales y demográficos. El debate cobra relevancia porque en el mercado de deuda el rendimiento de un bono a diez años es, en esencia, el promedio de las tasas cortas que se esperan para la siguiente década, más una prima por plazo.
Con base en datos de Bloomberg, el rendimiento real del bono del Tesoro estadounidense a diez años, esto es, descontando la inflación de la tasa nominal, se ubica en 2.75%, 85 puntos base más que al cierre de 2025, tocando el 2.98% a inicios de octubre, su nivel más alto en al menos un año. Explicaciones habituales atribuyen este comportamiento a la Reserva Federal y a los déficits fiscales de economías desarrolladas, pero existe otra que podría ser más profunda.
La infraestructura de inteligencia artificial se ha materializado, antes que una revolución tecnológica, en un enorme choque de demanda de capital. Según el consenso que recoge Bloomberg, el gasto de inversión de Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle pasará de 412 mil millones de dólares en 2025 a cerca de 780 mil millones en 2026, o como proporción del PIB de Estados Unidos de 1.3% a 2.4%. Además, en lo que va del año, cuatro de ellas han colocado alrededor de 230 mil millones en bonos. Van Nieuwerburgh estima que los campus de IA absorberán 3.6% del PIB estadounidense cada año hasta 2032. Justo ahí es donde aparece la duda, ¿quién va a ahorrar para pagar esas máquinas?
Es el tema que aborda el trabajo de investigación “Saving for the Machines”, que Jesús Fernández-Villaverde, de la Universidad de Pensilvania, publicó esta semana. En uno de sus escenarios, en ausencia de cambio tecnológico, la economía crecería 11.7% para 2045 si los hogares deciden óptimamente cuánto ahorrar, pero apenas 2.2% si el ahorro se mantiene en 23% del PIB. Lo anterior sugiere que podría haber un cuello de botella en la capacidad de financiar el capital antes de que ocurra en el avance tecnológico.
El mecanismo se explica como sigue. Conforme las máquinas asumen más tareas, se incrementa la participación del capital en el ingreso y, con ella, su rendimiento. Como resultado, los hogares reinvierten una fracción parecida a la actual de su ingreso de capital, pero como ese ingreso pesa cada vez más, el nivel de ahorro agregado tendría que superar 50% del PIB. Pero esto no es consecuencia de que las familias se vuelvan más previsoras, sino de un ajuste en quién se queda con el valor del producto. Por lo tanto, para convencer a las familias de posponer consumo a esa escala, la tasa real tiene que subir, y mucho.
Ahí está lo verdaderamente novedoso. En las simulaciones del trabajo citado, el anuncio de la ola de automatización no mueve la tasa corta, porque el acervo de máquinas de hoy no cambia. Pero la tasa real a diez años salta entre cuatro y ocho y medio puntos porcentuales, y la de treinta años, entre catorce y veintiocho. Es un empinamiento puro que no proviene de la inflación, de la política monetaria ni del riesgo fiscal, sino del precio de financiar el futuro.
Desde marzo, el rendimiento real en EU a dos años subió 157 puntos base; el de diez, 74; el de treinta, apenas 42. La curva real se ha aplanado, y la prima por plazo que estima la Fed de Nueva York no se ha movido en el año. Luce como la consecuencia de una revaluación de la tasa corta, no del ahorro para financiar las máquinas. Como resume Fernández-Villaverde, quien cree en la IA transformadora está en desacuerdo con el mercado de bonos, es posible que la parte larga esté barata como seguro.
Para México, la lectura tiene dos ángulos. Nuestro nivel de ahorro bruto ronda 18.3% del PIB, según el Banco Mundial, por debajo del 23% con que se calibra el modelo; en su lógica, estamos más cerca del caso de ahorro restringido que del auge, salvo como sede física de centros de datos. Los Udibonos, por su parte, no son un reflejo mecánico del TIPS: la correlación de sus movimientos diarios ha sido de apenas 0.33 en tres años. Pero este año el diferencial entre ambos se redujo de 270 a 205 puntos base, porque la tasa estadounidense subió más. Un ajuste de precios global encontraría un colchón más delgado entre ambas, y con este el ahorro doméstico hallaría incentivos para emigrar y financiar las máquinas de otros países.
Estos resultados sugieren que la factura de la inteligencia artificial se está gestando vía tasas de interés más altas en la parte larga de la curva, antes que en mayor desempleo o productividad. Para quien adopte la tecnología será el preludio de un crecimiento mayor, pero para quien participe como acreedor o espectador, podría ser una factura sin mercancía. Nuestro país enfrenta una disyuntiva que está en la forma que desea participar en este fenómeno global, es decir, capturando el beneficio de usar las máquinas o solo absorbiendo el cobro anticipado de financiarlas.
