Colaborador Invitado

El telar de Penélope

Penélope tejía de día el sudario de Laertes y lo destejía de noche, a la espera de un regreso cuya fecha nadie conocía. Así trabaja la ciencia económica, ya que lo que se teje con rigor también se desteja cuando la evidencia lo exige, de modo que la tela nunca se da por terminada.

Hay telas que tardan medio siglo en tejerse. La que reconoció esta semana la Real Academia de las Ciencias de Suecia empezó a urdirse a finales de los setenta, sobre los restos de otra que se había deshecho. La macroeconomía keynesiana de la posguerra prometía administrar el ciclo con relaciones estables entre agregados: más gasto público a cambio de menos desempleo, algo más de inflación a cambio de crecimiento. La estanflación desmintió esa promesa. Como resumió Timo Boppart, miembro del comité del premio, la receta funcionó hasta que dejó de funcionar.

Robert Lucas puso nombre al problema. Las correlaciones históricas se rompen cuando cambia la política, porque hogares y empresas no son engranes, sino agentes que anticipan. Durante un tiempo pareció que la conclusión inevitable era abandonar la idea misma de estabilizar la economía. Robert E. Hall y Michael Woodford, premiados el lunes por los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica, tomaron el camino contrario. Decidieron reconstruir la tela desde el hilo más fino: las decisiones de quienes gastan, ahorran y fijan precios mirando hacia el futuro.

Ese hilo tiene un nombre técnico, el canal de expectativas, y es lo que une dos obras que en apariencia tienen poco en común. El comité fue ambicioso al presentarlas. Sostuvo que, para los modelos que hoy usan bancos centrales y ministerios de finanzas de todo el mundo, simplemente no hay alternativas viables. La frase puede leerse como una muestra de confianza en el método o como una advertencia sobre el riesgo de un monocultivo intelectual.

Pocas horas después del anuncio, Olivier Blanchard ofreció una lectura que explica mejor que el comunicado por qué el premio es compartido. Los estilos de investigación de ambos, escribió, no podrían ser más distintos. Woodford construye catedrales piedra por piedra; Hall es una mariposa intelectual que busca ángulos nuevos. Y hacen falta los dos para que un campo avance. La imagen admite una traducción textil. Un telar necesita dos hilos: la urdimbre, tensa y longitudinal, que da la estructura, y la trama, que la cruza y dibuja la figura.

Hall es la trama. Su contribución más citada nació de un intento fallido. Combinó la hipótesis del ingreso permanente de Milton Friedman con expectativas racionales y llegó a una conclusión incómoda. Si el consumo ya incorpora todo lo que un hogar sabe sobre su ingreso futuro, sólo debería cambiar ante sorpresas, y las sorpresas, por definición, no se pueden anticipar. Justin Wolfers lo llamó el fracaso más exitoso de la economía: Hall intentó predecir el consumo, no pudo, y esa imposibilidad era la prueba de su teoría.

Su obra no se agota ahí. Con Frederic Mishkin estimó que alrededor de 80% de los hogares decide su gasto según el ingreso que espera, mientras el resto vive al día. Presidió durante más de tres décadas el comité del NBER que fecha las recesiones en Estados Unidos y coescribió una de las propuestas de impuesto plano más discutidas. John Cochrane confesó que había perdido la esperanza de verlo premiado precisamente por eso: Hall nunca ha sido de casarse con una sola idea.

Woodford es la urdimbre. “Interest and Prices”, el libro que Blanchard describe como una enciclopedia, tomó la intuición de Hall y le añadió empresas que fijan precios con rigideces y mirando hacia adelante. Si una empresa espera que suban sus costos y los precios de sus competidores, le conviene subir hoy el suyo. Con esas piezas, Woodford redujo modelos de docenas de ecuaciones a tres relaciones con fundamento en decisiones individuales, y dio a los bancos centrales un idioma común. La consecuencia práctica es que lo que un banco central dice sobre mañana importa tanto como lo que hace hoy. Moritz Schularick lo llamó el manual de operación de la economía moderna.

El dibujo, sin embargo, no coincide del todo con la etiqueta. Cochrane sostiene que este es un premio que vive más a la sombra de Friedman y Lucas que de Keynes. El trabajo de Hall socavó la lógica del estímulo fiscal tradicional, y el de Woodford formalizó, en el fondo, la idea de que el banco central debe subir tasas con firmeza ante la inflación. Quedan, además, hilos sueltos. El 20% de hogares que viven al día dio origen a una generación de modelos con agentes heterogéneos. La inflación de 2021 tomó por sorpresa a los modelos de los principales bancos centrales. Y el propio Woodford dedica hoy su investigación a entender cómo deciden personas con información y atención limitadas: el tejedor revisando su propia urdimbre.

Penélope tejía de día el sudario de Laertes y lo destejía de noche, a la espera de un regreso cuya fecha nadie conocía. Así trabaja la ciencia económica, ya que lo que se teje con rigor también se desteja cuando la evidencia lo exige, de modo que la tela nunca se da por terminada. El premio llega, además, cuando la Reserva Federal duda de la conveniencia de hablar sobre el futuro, que es justo el hilo que estos dos economistas enseñaron a tejer. Ahora que se discute la conveniencia de hablar de la guía prospectiva en la conducción de la política monetaria, vale la pena evaluar si la narrativa de la comunicación resulta útil para comprender este conjunto de incentivos.

Víctor Gómez Ayala

Víctor Gómez Ayala

Economista en jefe de Finamex Casa de Bolsa y Fundador de Daat Analytics

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