Pensemos en una mujer que entra todos los días a trabajar a las siete de la mañana.
Solo ha pisado una oficina de gobierno, el INE, para sacar su credencial y no precisamente para votar, para poder identificarse. No conoce a su diputado ni sabe quién preside el cabildo de su localidad. Pero todos los días convive con una institución que sí conoce a fondo, la empresa donde trabaja y donde pasa más de 8 horas al día.
Ahí aprende, sin que nadie se lo diga, si las reglas se cumplen o se negocian; si levantar la voz sirve de algo o trae problemas, si la autoridad se gana o simplemente se impone. Esas lecciones no se quedan en la puerta de la planta o de la oficina; se van con ella a casa, a la junta de vecinos y a la casilla el día de la elección.
Por eso los empresarios tenemos una responsabilidad cívica que va mucho más allá de pagar impuestos y generar empleos —somos o al menos deberíamos ser— una de las escuelas de ciudadanía más influyentes del país; porque ningún programa de formación cívica sobrevive a un director que se salta las reglas.
En primer lugar, la autoridad moral para hablar de lo público se construye, cumpliendo, antes de exigir. Por lo mismo, pagar impuestos completos, prestaciones de ley, cumplimiento de leyes como la NOM 035 o la política de cero sobornos ofrecidos o aceptados, se vuelve parte integral de la congruencia que se vive y se aprende en la empresa.
El segundo paso es participar. Hay espacios donde la voz empresarial hace falta, como en consejos ciudadanos, mesas de seguridad, comités de transparencia y organismos empresariales. Participar no es tomar partido, es defender las reglas del juego y las instituciones que las sostienen, gobierne quien gobierne.
El tercero es usar la voz con criterio. Una empresa no tiene que opinar de todo, pero sí puede pronunciarse con datos y propuestas en los temas que tocan a su comunidad, principalmente en relación con el Estado de derecho, la seguridad, la educación y el medio ambiente.
Conviene además empezar por lo cercano, lo que yo llamo “su metro cuadrado” y que en la esfera de una empresa puede ampliarse a la colonia, el municipio y las escuelas de alrededor.
Solemos pensar que el deterioro de la vida pública es un problema de los políticos, de falta de leyes o del abuso de las mismas. Pero la confianza en las instituciones también se construye, o se destruye, en espacios cotidianos. Una empresa donde las reglas se respetan y la voz de cada persona cuenta es una pequeña prueba de que otra forma de convivir es posible.
En este mismo sentido, hacer escuela de ciudadanía desde las empresas debería ser labor de todos, sin importar el tamaño de la empresa.
A continuación, algunas ideas:
1. Incentivando espacios de participación en la empresa, enseñando con el ejemplo qué implica votar, compartir, incidir y seguir las reglas.
2. Habilitando espacios de conocimiento y tiempo para que sean funcionarios de casilla, observadores electorales y tiempo para votar.
3. Estableciendo protocolos de convivencia, acompañados de canales de denuncia y seguimiento claros. Haciendo que el entendimiento de la justicia y los órganos internos de impartición de la misma sean transparentes, certeros y confiables para todo el personal.
4. Aplicando la comunicación asertiva desde arriba, pero también de manera horizontal. Estableciendo una política de confianza y cero tolerancia a cualquier tipo de violencia.
5. Fomentando la participación en temas de responsabilidad social, bien sea que la misma empresa los gestione o habilitando canales y tiempos para que los colaboradores puedan participar.
6. Ofrecer formación práctica y corta, útil para la vida diaria. Por ejemplo, cómo hacer una solicitud de transparencia, cómo reportar un bache o una luminaria al municipio, cuáles son sus derechos laborales.
La mujer que entra a trabajar a las siete de la mañana quizá nunca lea un tratado de ciencia política, y seguramente nunca verá el canal del Congreso o del Poder Judicial, pero si en su trabajo aprende que las reglas valen para todos y que su opinión importa, llevará esa convicción a su casa, a su colonia y a su voto.
Ese es el civismo que los empresarios podemos enseñar. ¿Estamos dispuestos a hacerlo?
