Seguramente has escuchado hablar de los 49ers. Aunque no seas aficionado al futbol americano, probablemente reconoces el nombre del equipo de San Francisco. Lo que quizá no todos recuerdan es que ese 49 no nació en un estadio. Nació con la fiebre del oro.
En enero de 1848, James Marshall trabajaba en la construcción de un aserradero para John Sutter en California. Mientras inspeccionaba el canal encontró unas pequeñas partículas brillantes. Era oro.
Intentaron mantener el descubrimiento en secreto… No funcionó.
La noticia corrió como fuego en pólvora y para 1849 miles de personas viajaban hacia California buscando fortuna. Fueron tantos que terminaron siendo conocidos como los Forty-Niners. Casi un siglo después, un equipo de futbol americano tomaría prestado el nombre.
Mientras miles corrían hacia las minas soñando con encontrar una pepita que les cambiara la vida, hubo otros que entendieron que la riqueza generada por la fiebre no estaba solamente debajo de la tierra. También estaba en resolver los problemas que aparecían alrededor de ella.
Samuel Brannan fue uno de los grandes promotores de la misma fiebre del oro, pero su verdadero negocio se desarrolló comercializando las palas, picos y otras herramientas necesarias para la minería. Wells Fargo desarrolló la infraestructura para mover oro, dinero y documentos de forma segura. Levi Strauss vistió a una economía que estaba creciendo.
Casi 180 años después estamos viviendo otra fiebre. Solo que ahora el oro se llama inteligencia artificial. Hoy, en casi todas las conversaciones de negocios, sale el tema de los algoritmos, los modelos de lenguaje, los agentes o las empresas que alcanzan valuaciones extraordinarias. Pero detrás de toda esa tecnología aparentemente etérea existe una realidad bastante más física.
La nube vive entre los fierros. Ahí la historia empieza a ponerse interesante para México.
Un estudio publicado en 2026 por el National Bureau of Economic Research encontró que los productos relacionados con IA representaron 23% de todas las importaciones estadounidenses de bienes durante 2025. Desde 2023 esas importaciones crecieron 73%. Más interesante todavía: México y Taiwán concentran aproximadamente la mitad del comercio estadounidense de estos productos.
Mientras muchos seguimos preguntándonos cómo utilizar la inteligencia artificial, parte de la industria mexicana ya está fabricando las palas y picos. Y no lo digo solamente por las estadísticas.
En los últimos meses he conocido empresas de nuestra región que participan en esa cadena desde lugares que difícilmente aparecerán en una conferencia sobre IA. Empresas que reciclan plástico que termina convertido en componentes, transforman chatarra en acero plano para fabricar gabinetes, ensamblan tarjetas electrónicas o producen enormes sistemas de enfriamiento para centros de datos. Es una cadena industrial que ya está tomando forma frente a nosotros.
Ninguna está desarrollando el próximo ChatGPT. Pero no hay LLM que funcione sin infraestructura.
Aquí creo que hay una oportunidad especial para nuestra región. Y no porque espere que desarrollemos el siguiente modelo de agentes inteligentes. Sino porque tenemos capacidad para fabricar componentes para sistemas de enfriamiento, maquinar piezas, integrar gabinetes, desarrollar proveedores especializados y convertirnos en parte de una cadena que está creciendo aceleradamente.
El punto es que seguimos mirando la fiebre desde la perspectiva del oro.
Medimos el avance de la IA por nuevos modelos, aplicaciones, agentes o empresas tecnológicas, cuando debajo de todo eso se está formando una economía industrial menos vistosa, pero igual de necesaria. Una donde se necesitan metales, plásticos, componentes electrónicos, sistemas de enfriamiento, energía, infraestructura y, sobre todo, empresas capaces de producirlos con calidad, volumen y entregas consistentes.
Ahí México no parte de cero. Ya tiene manufactura, experiencia exportadora, integración con Estados Unidos y empresas participando en esa cadena. El reto está en ampliar esa capacidad y desarrollar más proveedores capaces de cumplir con las exigencias que exige el mercado.
Durante la fiebre del oro, no toda la riqueza salió de las minas. Una gran parte se construyó alrededor de ellas. Con la inteligencia artificial está ocurriendo exactamente lo mismo. Y mientras todos miran el oro, México ya está fabricando palas y picos.
