Hay una pregunta que muchas empresas se hacen demasiado tarde: ¿qué encuentra alguien cuando nos investiga? No pienso solamente en clientes o periodistas, pienso en un fondo que evalúa invertir, un banco que analiza un financiamiento, una compañía interesada en una adquisición o un potencial socio antes de sentarse a negociar.
Hemos tratado la reputación como un asunto de comunicación. Importante para las marcas, sí, pero relativamente distante de las decisiones financieras, y esa frontera está desapareciendo. Hoy, la reputación forma parte de la información con la que terceros deciden si quieren hacer negocios con una empresa y bajo qué condiciones.
Lo he visto acompañando a organizaciones en momentos complejos, cuando una compañía enfrenta un señalamiento público, en realidad se abren dos procesos simultáneos, el jurídico y el reputacional. El primero tiene procedimientos, pruebas y eventualmente una resolución, mientras que el segundo no necesariamente tiene fecha de cierre.
Una controversia ocurrida hace años puede reaparecer mañana si un inversionista escribe el nombre de la empresa en un buscador; una investigación que jurídicamente terminó puede continuar entre los primeros resultados; un conflicto laboral, una acusación contra un directivo o una crisis mal gestionada pueden recuperar relevancia simplemente porque alguien inició un proceso de due diligence.
Por eso, las empresas deben entender que una crisis reputacional no termina cuando deja de ser noticia. La realidad es que termina, si acaso, cuando deja de influir en las decisiones de quienes importan para el negocio.
En fusiones y adquisiciones esto resulta especialmente evidente, quien compra una compañía no adquiere solamente activos, clientes, tecnología y flujos futuros, también adquiere una historia.
Esa historia puede contener litigios, investigaciones regulatorias, conflictos sindicales, prácticas laborales cuestionadas, problemas con proveedores o controversias relacionadas con accionistas y directivos. Algunos tendrán consecuencias legales y otros quizá nunca lleguen a un tribunal, pero todos pueden modificar la percepción de riesgo.
Y el riesgo en los negocios tiene precio. Un hallazgo reputacional puede generar nuevas investigaciones, modificar condiciones contractuales, exigir garantías adicionales, provocar una revisión de la valuación o, en casos extremos, hacer que una operación no ocurra.
La evidencia comienza, además, a poner números detrás de este fenómeno. The Global Reputation Economy, un estudio publicado por Burson en enero de 2026, analizó 66 empresas públicas y estimó que la reputación generó, en promedio, 4.78% de rendimiento anual adicional e inesperado para los accionistas durante el periodo revisado. Bajo su metodología, el valor de la llamada economía global de la reputación supera los 7 billones de dólares.
Más que quedarnos con una cifra, me parece relevante lo que representa, estamos comenzando a medir económicamente algo que las empresas siempre supieron que importaba, pero que pocas veces administraron como un activo.
Y aquí aparece uno de los errores más comunes, creer que gestionar reputación significa generar noticias positivas. No es así, la reputación que encontrará un inversionista se construye mucho antes de que exista una operación financiera: se construye en el gobierno corporativo, los estándares operativos, la relación con los empleados, la transparencia y la manera en que una organización responde cuando algo sale mal.
La comunicación tiene una responsabilidad adicional, y es conseguir que esa evidencia sea encontrable, comprensible y consistente. Porque el due diligence contemporáneo no ocurre solamente dentro de un data room, también se alimenta de fuentes abiertas, y esas fuentes se construyen todos los días.
Una empresa que documenta públicamente sus certificaciones, explica sus estándares y genera evidencia verificable sobre sus prácticas está construyendo hoy parte del expediente que mañana encontrará un tercero. Una que guarda silencio también está construyendo un expediente, solo que deja que otros lo escriban por ella.
Ahí veo una asignatura pendiente para muchas empresas mexicanas. Cuando se acerca una transacción, ordenamos contratos, revisamos estados financieros, contratamos abogados y construimos modelos de valuación. Pero pocas veces hacemos con suficiente anticipación una pregunta mucho más sencilla: ¿qué historia encontrará alguien que investigue esta compañía?
Intentar responderla cuando un fondo ya está haciendo due diligence es tarde, hacerlo durante una crisis lo es todavía más, porque cualquier esfuerzo puede ser leído como una reacción defensiva.
La reputación se construye precisamente cuando parece que no hace falta. Y no se trata de borrar el pasado ni de llenar internet de contenidos favorables, se trata de generar evidencia, corregir aquello que deba modificarse y construir una trayectoria pública suficientemente sólida para que una controversia no sea la única referencia disponible sobre la organización.
Una buena reputación tampoco garantiza que una empresa nunca tendrá una crisis, lo que puede darle es algo particularmente valioso: el beneficio de la duda. Por eso creo que debemos dejar de pensar en la reputación únicamente como un intangible, quizá todavía no aparezca como una línea independiente en el balance, pero ya participa en decisiones que sí terminan expresándose en cuánto cuesta financiar una compañía, cuánto riesgo acepta un inversionista o cuánto está dispuesto a pagar un comprador.
Para un empresario que piensa levantar capital, incorporar socios o vender una participación, la pregunta ya no debería ser si su reputación tiene valor. La pregunta es cuánto puede costarle descubrir, en plena negociación, que nunca se ocupó de construirla.
