Colaborador Invitado

El cuadrilátero

La macroeconomía se parece más a eso que a un cuerpo cerrado de respuestas definitivas: las preguntas centrales —crecimiento, estabilidad, distribución— llevan un siglo subiendo al mismo cuadrilátero, aunque el rival de cada generación tenga otro nombre: hoy se llama fragmentación geopolítica, reloj demográfico o inteligencia artificial.

Hay ganchos que noquean sin tocar la cara: llegan disfrazados de pregunta, entre asalto y asalto, cuando uno ya bajó la guardia. Hace unas semanas, en el gimnasio de box donde entreno desde hace años, un compañero de sparring —exalumno mío, hoy en una industria que no tiene nada que ver con la economía— me soltó uno de esos. Entre golpes, mientras recuperábamos el aire, me preguntó si valía la pena seguir discutiendo déficit, inflación y tipo de cambio, si al final son los mismos debates de hace cincuenta años, solo con números distintos.

No lo dijo con desdén. Lo dijo con la honestidad de quien dejó las aulas hace tiempo y observa la disciplina desde fuera, sin la obligación de defenderla. La pregunta se quedó conmigo más que el golpe que la precedió. Y la respuesta corta —los debates no son los mismos, aunque las categorías suenen iguales— merece algo más que un comentario entre asaltos.

Basta mirar lo que ocupa a los organismos internacionales este año. El Fondo Monetario, en su más reciente Perspectiva de la Economía Mundial, proyecta un crecimiento global de apenas 3.1% para 2026, arrastrado por un conflicto en Medio Oriente y por un gasto en defensa que erosiona el espacio fiscal de economías que apenas terminaban de consolidar sus cuentas. Es la misma variable —crecimiento— que se enseñaba hace medio siglo, pero atada hoy a un tipo de choque geopolítico que ningún libro de texto de los años setenta contemplaba con este peso.

Algo similar ocurre con la demografía. Un estudio reciente del NBER documentó que, hacia 2022, la tasa de fertilidad de América Latina cayó por debajo de la de Estados Unidos, revirtiendo un patrón histórico de décadas. Economistas como Jesús Fernández-Villaverde llevan meses insistiendo en que esa caída —universal, transversal a regímenes políticos y religiones— redefine la aritmética más elemental del crecimiento: sin fuerza laboral que se expanda, la productividad tiene que cargar sola con un peso que antes compartía.

Y está la pregunta que más inquieta a mis alumnos actuales: qué papel le queda a la economía cuando la inteligencia artificial promete hacer, mejor y más rápido, buena parte de lo que hasta ahora hacíamos los economistas.

Ese último punto lo he discutido, con más rigor que en el gimnasio, con un excompañero de generación en el ITAM —el que mejor entendía los modelos de crecimiento cuando el resto todavía luchaba con las curvas IS-LM, y que hoy trabaja como economista laboral. Coincidimos en que la inteligencia artificial cambiará las herramientas del oficio, quizá de forma radical.

Pero discrepamos en algo más de fondo: él ve una disciplina que necesita reinventar su método; yo veo una disciplina cuya utilidad nunca dependió del método, sino de la pregunta que hace posible formular. La inteligencia artificial puede optimizar un modelo de inflación. No puede decidir, por sí sola, qué disyuntiva vale la pena resolver primero, ni traducir esa disyuntiva en algo que un país entienda y esté dispuesto a sostener políticamente.

Esa distinción —entre la herramienta y la pregunta— es, después de once años impartiendo Economía II en el ITAM, lo que más me interesa transmitir. No es la materia más citada de mi carrera docente, pero sí la que enseño con mayor cuidado: son los principios de macroeconomía, el primer contacto que tienen con la disciplina alumnos de ingeniería, derecho, relaciones internacionales, actuaría o medicina, no solo de economía.

La mayoría no se dedicará profesionalmente a esto. Y ahí está, me parece, el punto: las preguntas que hoy definen el debate macroeconómico —cómo se sostiene una deuda con tasas más altas, qué hacemos con una fuerza laboral que deja de crecer, qué papel le queda al criterio humano cuando una máquina calcula más rápido— no son preguntas exclusivas de quienes se doctoran en economía. Son preguntas que un ingeniero enfrentará al diseñar infraestructura pública, que un médico enfrentará al operar en un sistema de salud con presión fiscal creciente, que un abogado enfrentará al redactar un contrato en un entorno de mayor fragmentación comercial.

Formar cuadros, en ese sentido, no significa formar más economistas. Significa dejar en cada disciplina algunas personas capaces de leer un déficit, de entender por qué una tasa de interés no es un número arbitrario, de distinguir una crisis cíclica de un cambio estructural. Once años después, esa sigue siendo, para mí, la única defensa honesta de por qué vale la pena seguir dando esta clase semestre tras semestre, aunque el salón cambie y las caras se renueven cada agosto.

Vuelvo al gimnasio. Un cuadrilátero no cambia de forma con los años: sigue siendo cuatro cuerdas, un espacio limitado, dos personas que tienen que resolver, en tiempo real y con las herramientas que traen encima, un problema que no admite pausa. Lo que cambia es quién sube, con qué guantes y contra qué tipo de golpe.

La macroeconomía se parece más a eso que a un cuerpo cerrado de respuestas definitivas: las preguntas centrales —crecimiento, estabilidad, distribución— llevan un siglo subiendo al mismo cuadrilátero, aunque el rival de cada generación tenga otro nombre: hoy se llama fragmentación geopolítica, reloj demográfico o inteligencia artificial. Enseñar esta materia, para mí, ha dejado de ser transmitir respuestas y se ha convertido en algo más parecido a lo que hago cada mañana en el gimnasio: preparar a alguien para que sepa pararse ahí, aunque yo ya no vaya a estar en la esquina para el siguiente asalto.

Víctor Gómez Ayala

Víctor Gómez Ayala

Economista en jefe de Finamex Casa de Bolsa y Fundador de Daat Analytics

COLUMNAS ANTERIORES

La IA y sus riesgos ya entraron a tu empresa (y nadie te avisó)
Súper peso: ¿nuevo equilibrio o una apreciación pasajera?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.